LONDRES – Después de diez años, el euro es un éxito resonante. Es un peso pesado del mercado financiero y supera en rendimiento al dólar, al yen y, hasta hace poco, al yuan chino, mientras que las operaciones con bonos denominados en euros nada tienen que envidiar por sus dimensiones al mercado de los Estados Unidos.
Pero Europa debería obtener mejores resultados. Debería actuar con mayor imaginación para desencadenar mayor libertad y competencia económicas, dejar de abanderar la causa de las empresas nacionales y empezar a conceder más apoyo al Banco Central Europeo. Los encargados de la formulación de políticas de la zona del euro deben tomar también la iniciativa en los clubes económicos decisivos del mundo.
En particular, los miembros de la Unión Económica y Monetaria (UEM) de Europa deben abandonar sus puestos en el G-7 y en el Fondo Monetario Internacional. Puede haber cierta justificación para que cada uno de los Estados que pertenecen a la UEM esté representado en el G-8, pero no en las principales organizaciones económicas. Si se ofrecieran voluntariamente a actuar colectivamente en esos foros, Europa liberaría en la mesa en la que se celebran los más altos debates económicos mundiales un espacio muy necesario para otros países importantes, lo que fomentaría un mayor respeto por los encargados mundiales de la formulación de políticas.
En el plano interior, la forma mejor de calibrar el “éxito” de la zona del euro es la de recurrir al criterio del crecimiento económico. Muchos comentaristas citan las grandes disparidades entre las tasas de crecimiento de los miembros de la zona del euro como señal de fracaso, pero muchas otras zonas con una sola moneda, incluidos los Estados Unidos, presentan una divergencia similar. También debería resultar evidente que, a falta de mercados de divisas que actúen como “válvula” para las presiones económicas y financieras, la volatilidad económica puede aumentar.
De hecho, los dirigentes de la zona del euro deben preocuparse menos por las variaciones del ofrecimiento interior que por la clara evidencia de un deficiente rendimiento económico global. Si bien el crecimiento ha sido bastante estable desde que se inició la UEM, el PIB por habitante, probablemente el mejor criterio de que disponemos para calibrar el éxito económico, muestra que Europa ha ido rezagada respecto de otras regiones, aun adaptando las cifras al tamaño de la fuerza laboral. Como es sabido, la productividad europea va quedándose también rezagada, probablemente a causa de los mismos factores que hacen parecer a Europa floja, cautelosa y carente de ambición, cuando se la compara con muchos de sus competidores.
En cuanto a las políticas interiores en materia de competencia, la mayoría de los países europeos siguen encerrados conceptualmente en la “zona” nacional. Para que el euro contribuya a aumentar el crecimiento y la productividad europeos de forma importante alguna, los gobiernos deben permitir –fomentar, en realidad– unas mayores fuerzas competitivas en toda la zona de la UEM.
En materia de política económica exterior, los encargados europeos de la formulación de políticas han hecho muy poco para reaccionar ante los cambios en gran escala que están en marcha en la economía mundial… aparte de quejarse de las importaciones chinas y de la agresiva utilización de sus materias primas por parte de Rusia y, en época más reciente, de su embarazosa obsesión cada vez mayor por los llamados fondos soberanos.
Se trata de unos resultados deficientes tratándose de unos países que afrontaron con éxito los difíciles imperativos de la creación de la UE y de la unión monetaria. Después de la diplomacia y del esfuerzo que esos acontecimientos transcendentales requerían, los encargados europeos de la formulación de políticas deberían poder abordar la reforma del FMI, del Banco Mundial, del G-7 y del G-8. Sin embargo, todas esas instituciones reflejan aún el status quo posterior a la segunda guerra mundial, que sirve de poco en el mundo actual.
Por ejemplo, ¿por qué existe una organización económica internacional como el G-7 de la que no forma parte China, que está punto de superar a Alemania como tercera economía del mundo por su tamaño y desde 2000 ha contribuido casi tanto a la actividad económica mundial como toda la zona del euro? En la actualidad no se puede resolver la mayoría de las cuestiones económicas mundiales sin la adopción de medidas políticas en China. De hecho, ¿cómo puede tener el G-7 la audacia de hacer repetidas observaciones públicas sobre la divisa de un país exterior y esperar una respuesta positiva? Es casi grotesco.
Entretanto, Francia, Alemania e Italia están en el G-7, pese a que comparten la misma divisa y la misma política económica. Sería mejor que el BCE y los ministros de Hacienda de la UE adoptaran una posición común antes de la celebración de las reuniones del G-7 y después permitieran que un solo representante del Consejo y el Presidente del BCE representaran su posición conjunta. Como los ministros se reúnen antes de cada una de las reuniones del G-7, sería un procedimiento fácil de introducir.
De hecho, en la actualidad un “G-6 financiero” puede tener más sentido que el actual G-7, pero en el futuro podría dejar de ser así. Dentro de otros diez años, la India puede estar en la esfera más alta de las potencias económicas o Gran Bretaña podría haberse adherido al euro, con lo que su papel independiente resultaría superfluo. ¿Puede ocupar el Canadá su puesto mientras Rusia y el Brasil permanecen excluidos? ¿Y qué otros gigantes económicos están esperando entre bastidores?
Así, pues, es evidente que debemos idear un sistema para determinar la oposición de las organizaciones internacionales, que vele por que sus estructuras sean pertinentes, pero que, además, sea lo suficientemente flexible para permitir a sus miembros entrar y salir. Una forma de avanzar sería la de crear directrices numéricas –a semejanza del Tratado de Maastricht– para conceder la condición de miembro del G-7.
Europa debe guiar mediante el ejemplo, ofreciendo al mundo el beneficio de su profunda experiencia en materia de diplomacia financiera y ofreciéndose voluntariamente a dar los primeros pasos. Dado que Europa logró constituir la UEM, el Tratado de Maastricht y el pacto de estabilidad y crecimiento subyacente al euro, debería resultar relativamente fácil a los expertos de la zona del euro contribuir a idear un sistema para determinar la composición del G-7. Mientras los países europeos no tomen la iniciativa sobre la reforma institucional financiera mundial, seguirá siendo una causa perdida.


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