NUEVA YORK.– La grave situación económica en que se encontró inmersa la mayor parte de los países ricos en 2011 no resultó meramente de fuerzas económicas impersonales, sino en gran medida de las políticas implementadas, o no implementadas, por los líderes mundiales. De hecho, la notable unanimidad que prevaleció en la primera fase de la crisis financiera que comenzó en 2008, y que culminó con el rescate de $1 billón de dólares diseñado para la reunión en Londres del G-20 en abril de 2009, se disipó hace ya bastante tiempo. Ahora hay luchas burocráticas internas y errores por doquier.
Lo que resulta aún peor, los desacuerdos sobre las políticas coinciden en mayor o menor medida con las posturas nacionales. El centro del conservadurismo fiscal es Alemania, mientras que los países anglosajones aún se sienten atraídos por John Maynard Keynes. Esta división está complicando la cuestión enormemente, porque una intensa cooperación internacional es necesaria para corregir los desequilibrios mundiales que persisten en la raíz de la crisis.
Las dudas sobre la deuda soberana en Europa han girado alrededor del euro en tal medida que actualmente hay quienes se preguntan si la moneda única puede sobrevivir. Pero el euro ha sido una moneda incompleta desde el principio. El Tratado de Maastricht estableció una unión monetaria sin una unión política –un banco central común, pero no un tesoro común. Sus arquitectos eran conscientes de esta deficiencia, pero otros errores en su diseño solo quedaron a la vista luego del derrumbe de 2008.
El euro se construyó suponiendo que los mercados corrigen sus propios excesos y que los desequilibrios solo surgen en el sector público. Pero ocurrió que algunos de los mayores desequilibrios que alimentaron la crisis actual surgieron del el sector privado –y la introducción del euro fue indirectamente responsable.
En especial, la deuda soberana en la eurozona fue considerada libre de riesgo: los bancos solo debían mantener reservas mínimas contra los bonos de los países miembros, que el Banco Central Europeo aceptaba indistintamente en su ventanilla de descuento. Los países miembros podían pedir prestado prácticamente a la misma tasa de interés que Alemania, y los bancos estaban felices de ganar algunos centavos extra sobrecargando sus balances con deuda de los gobiernos con economías más débiles de la zona del euro. Por ejemplo, los bancos europeos mantienen más de 1 billón de euros (1,3 billones de dólares) en deuda española, más de la mitad de la cual está en manos de bancos alemanes y franceses.
En vez de la convergencia indicada por el Tratado de Maastricht, la disminución radical de los diferenciales en las tasas de interés generó divergencias en el desempeño económico. Países como España, Grecia e Irlanda desarrollaron burbujas inmobiliarias, crecieron más rápidamente, y desarrollaron déficits comerciales con el resto de la zona del euro, mientras que Alemania –que debía cargar con los costos de la reunificación– bajó sus costos laborales, aumentó su competitividad y desarrollo un superávit comercial crónico.
La convergencia de las tasas de interés se quebró cuando un gobierno recientemente electo en Grecia reveló que el déficit incurrido por su antecesor era mucho mayor que el informado hasta ese entonces. Las autoridades europeas reaccionaron lentamente, ya que los países miembros tenían puntos de vista radicalmente distintos.
Alemania, traumatizada por la inflación desbocada de la década de 1920 y sus terribles consecuencias políticas, se opuso categóricamente a cualquier tipo de rescate. Además, se acercaba a un ciclo electoral, lo que aumentó la rigidez de su posición. Con los líderes alemanes insistiendo en cobrar tasas punitivas para brindar asistencia, la crisis se enconó –y los costos del rescate continuaron creciendo.
En efecto, a medida que la incapacidad de los miembros de la eurozona para imprimir su propio dinero los relegaba de hecho a la situación de países menos desarrollados, que deben tomar créditos en moneda extranjera, las primas de riesgo aumentaron en consecuencia. Las autoridades, al no encontrar soluciones, continuaron pateando el problema hacia adelante –un enfoque que habitualmente funciona, porque los problemas resultan más fáciles de solucionar cuando los mercados se calman. Pero, en este caso, la crisis continuó aumentando, y las autoridades se quedaron sin margen de maniobra cuando el Tribunal Constitucional de Alemania falló en contra de ampliar las garantías del Fondo Europeo para la Estabilidad Financiera (EFSF) sin el consentimiento del Bundestag.
En la cumbre de la Unión Europea en Bruselas del 9 de diciembre, los países de la zona del euro acordaron estrechar su unión fiscal. Pero, cuando esta decisión fue tomada ya no bastaba para controlar la crisis financiera.
Las medidas introducidas por el BCE lograron avances importantes para aliviar los problemas de liquidez de los bancos, pero nada se hizo para reducir las elevadas primas de riesgo sobre los bonos públicos. Como las primas están íntimamente interconectadas con las deficiencias de capital de los bancos, una solución a medias no alcanza. A menos que la deuda soberana del resto de la eurozona se garantice sucesivamente, una cesación de pagos griega podría causar el colapso del sistema financiero mundial.
Incluso sin ese escenario de pesadilla en 2002, la cumbre sembró las semillas de futuros conflictos –sobre el surgimiento de una Europa «en dos velocidades» y la falsa doctrina económica que guía el pacto fiscal propuesto para la eurozona. Esa doctrina, al imponer austeridad en un período de desempleo creciente, amenaza empujar a la zona del euro hacia un círculo vicioso deflacionario del que será difícil escapar.


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parthasarathy Shakkottai
The world in balance sheet recession: causes, cure, and politics : Richard C. Koo (Nomura Research Institute, Tokyo) http://www.paecon.net/PAEReview/issue58/Koo58.pdf
Koo concludes “It is laudable for policy makers to shun fiscal profligacy and aim for self-reliance on the part of the private sector. But every several decades, the private sector loses its self-control in a bubble and sustains heavy financial injuries when the bubble bursts. That forces the private sector to pay down debt in spite of zero interest rates, triggering a deflationary spiral. At such times and at such times only, the government must borrow and spend the private sector’s excess savings, not only because monetary policy is impotent at such times but also because the government cannot tell the private sector not to repair its balance sheet….”
Japan deficit spent for 16 years keeping nominal GDP constant till the economy paid down the private sector debt. This is an operational proof of MMT.
For the Euro problem Koo suggests a form of quasi-monetary sovereignty:
One way to solve this eurozone-specific problem of capital shifts would be to prohibit member nations from selling government bonds to investors from other countries. Allowing only the citizens of a nation to hold that government’s debt would, for example, prevent the investment of Spanish savings in German government debt. Most of the Spanish savings that have been used to buy other countries’ government debt would therefore return to Spain. This would push Spanish government bond yields down to the levels observed in the U.S. and the U.K., thereby helping the Spanish government implement the fiscal stimulus required during a balance sheet recession.
The Maastricht Treaty with its rigid 3 percent GDP limit on budget deficits made no provision for balance sheet recessions. This is understandable given that the concept of balance sheet recessions did not exist when the Treaty was being negotiated in the 1990s. In contrast, the proposed new rule would allow individual governments to pursue autonomous fiscal policies within its constraint. In effect, governments could run larger deficits as long as they could persuade citizens to hold their debt. This would both instill discipline and provide flexibility to individual governments. By internalizing fiscal issues, the new rule would also free the European Central Bank from having to worry about fiscal issues in individual countries and allow it to focus its efforts on managing monetary policy.
In order to maximize efficiency gains in the single market, the new restriction should apply only to holdings of government bonds. German banks should still be allowed to buy Greek private sector debt, and Spanish banks should still be allowed to buy Dutch shares.
“No monetarily non-sovereign can survive long-term on internal taxes or borrowing.
By contrast, Monetarily Sovereign nations do not need money coming in from outside their borders, because they create unlimited money simply by paying bills.
For Greece and the other euro nations, long term survival requires one of two, and only two, events:
1. Adopt some form of a sovereign currency, and become Monetarily Sovereign
or
2. The EU give (not lend) euros to its member nations as needed.
There are no other solutions. None.” from http://rodgermmitchell.wordpress.com/2011/11/03/there-are-two-and-only-two-long-term-solutions-for-greece-and-the-other-euro-nations/
Patrice Ayme
It seems as if market worship will have to be abated. Markets do not self correct, and especially not when the markets' main actors feed the top politicians like pigeons (as can be seen clearly in the USA, but as the close connections between European deciders and the top bankers and industrialists also show; see the ex-German president, or the many Goldman Sachs creatures throughout the EU).
The irony is that many of those who thought the markets could do no wrong were members of socialist parties in the 1980s....