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La próxima movida de Europa

Desde que Francia y Holanda rechazaron el Tratado Constitucional propuesto por la Unión Europea, los líderes de la UE estuvieron ocupados apuntándose mutuamente con el dedo o culpando a los ciudadanos franceses y holandeses de no entender la pregunta que les habían formulado. Pero ni todas las acusaciones del mundo pueden ocultar el hecho de que, 50 años después de la creación de la Comunidad Europea, Europa necesita con suma urgencia un nuevo marco político, si no un nuevo proyecto, para apuntalar su unidad.

Sin duda, los ciudadanos franceses y holandeses no respondieron a la pregunta que supuestamente debían responder. Su voto fue una protesta contra la globalización, un rechazo del mundo contemporáneo, con sus mecanismos de gobierno distantes e incomprensibles. Al igual que el movimiento anti-globalización, el nuevo anti-europeísmo puede considerarse como el reclamo de un "mundo diferente" -en este caso, un "alter-europeísmo".

Las dos guerras mundiales y la Guerra Fría forjaron la integración europea como un proyecto de paz, de defensa de los valores fundamentales de Occidente y de prosperidad económica común. Pero el colapso del comunismo en 1989, y la posibilidad de superar las divisiones históricas del continente, ahora requerían una redefinición del proyecto europeo. Los Tratados de Maastricht (1992) y Amsterdam (1997) crearon una nueva estructura organizacional para la UE y sentaron las bases para instituciones políticas a la altura del poder económico de Europa. El Tratado de Niza (2000) fue el resultado de un acuerdo bastante pobre.

Las declaraciones de la canciller alemana, Angela Merkel, cuyo país asumió la presidencia rotativa de seis meses de la Unión Europea a comienzos de 2007, son muy claras: el período de reflexión, aprobado por la Comisión Europea en 2005, terminó. La presidencia alemana buscará implementar las resoluciones del Tratado Constitucional, y la Declaración de Berlín del 25 de marzo de 2007 -programada para coincidir con el 50 aniversario del Tratado de Roma- ofrecerá una visión del futuro de la UE. El objetivo es dejarles a los sucesores de Alemania en la presidencia de la UE -Eslovenia, Portugal y Francia- una hoja de ruta para una futura reforma.

En el pasado, cuando los políticos debatían el futuro de la UE, hablaban de una fórmula definitiva para la integración europea, como había definido el ministro de Relaciones Extranjeras alemán Joschka Fischer en una famosa conferencia en 2000. El debate intelectual sobre el tema, iniciado por los filósofos Jürgen Habermas y Jacques Derrida, definía la naturaleza de la identidad europea, por sobre todo, en contra del fracaso de Estados Unidos, pero también en términos de los desafíos planteados por la globalización. Hoy debería lanzarse un debate similar que aborde las cuestiones clave que conciernen al futuro de la UE.

En primer lugar, ¿cómo deberían definirse las relaciones entre los intereses europeos nacionales y comunes? Lo que se debate no es solamente la asignación de competencias, sino también la cuestión más fundamental de cuándo basarse en el acuerdo de los gobiernos nacionales y cuándo recurrir a las instituciones comunes de la UE, a saber la Comisión Europea y el Parlamento Europeo.

El segundo interrogante tiene que ver con el alcance de la UE. Europa es una combinación peculiar de geografía e historia, pero las fronteras de la UE -y, por consiguiente, las perspectivas para su futura ampliación- están determinadas tanto por su capacidad para integrar a los países candidatos como por las propias capacidades de adaptación de estos países.

Después del acceso de Bulgaria y Rumania, la UE tiene 27 miembros, mientras Turquía y Croacia, pero también los otros estados de los Balcanes, así como Ucrania y Georgia, esperan en fila. ¿La ampliación es la única política efectiva para la estabilización y la paz o la "política de vecindario" de la UE, que resulta insuficiente para la admisión plena de algunos de los países que golpean a la puerta, puede convertirse en un instrumento para apoyar el desarrollo y la estabilización, tanto como alguna vez el Plan Marshall lo fue para Europa occidental?

En tercer lugar, en lugar de un debate teórico fútil sobre los modelos "liberal" versus "social" de desarrollo económico, necesitamos comparar las experiencias de países como Gran Bretaña, Suecia, Alemania y Francia. ¿Sus experiencias son mutuamente exclusivas o la convergencia es posible? ¿Qué políticas de hecho reducen el desempleo? ¿Qué medidas pueden asegurar la competitividad global de la UE? ¿Cómo podemos achicar las diferencias existentes en materia de desarrollo y bienestar material dentro de Europa?

Cuarto, debe encararse la aspiración de la UE a una política exterior y de seguridad común. Las amenazas a las que se enfrenta el mundo hoy son supranacionales, de modo que se las debe neutralizar también de una manera supranacional. Pero esto es imposible sin una clara identidad europea -y, por ende, debe asegurarse y defenderse un interés común-. Recién entonces será posible un enfoque común de las cuestiones apremiantes, como los suministros de energía.

Este tipo de cuestiones podrían ser el tema de un referendo consultivo realizado simultáneamente en todos los Estados miembro. Sus resultados permitirían que se presentara el tratado en una versión simplificada para ser ratificada por los nueve Estados miembro que todavía no lo han hecho. La UE ganaría entonces una dimensión política y, a la vez, reglas claras de procedimiento.

La alternativa es la parálisis. Si la UE sigue rigiéndose por el Tratado de Niza, no habrá lugar para una futura integración política o ampliación. Las reglas actuales tampoco aseguran el funcionamiento efectivo de las instituciones de la Unión, tal como existen hoy, mientras que redactar un nuevo tratado constitucional probablemente requeriría incluso más tiempo del que se necesitó para la propuesta actual. En estas circunstancias, debería prevalecer el pragmatismo.

La democracia puede acarrear ciertos costos a corto plazo, pero siempre son inferiores que el daño a largo plazo que surge de la falta de participación popular. Sólo un nuevo debate europeo que incluya tanto a los ciudadanos de Europa como a sus instituciones puede combatir el "alter-europeísmo" de manera efectiva. Tal vez no haya llegado la hora de una verdadera constitución europea, pero confrontar en lugar de evadir las cuestiones fundamentales a las que se enfrenta la UE podría crear un contexto para revitalizar el tratado constitucional y preparar a la Unión para los desafíos de nuestros tiempos.

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