7

La guerra económica de desgaste de Europa

NEWPORT BEACH – Yo tenía nueve años de edad cuando Egipto entró en lo que se conoció como su “guerra de desgaste” con Israel. Durante aquel período “sin guerra ni paz”, las tensiones subyacentes se enconaron y una frágil tranquilidad quedaba interrumpida periódicamente por escaramuzas armadas.

La guerra de desgaste siguió a la guerra de junio de 1967, en la que Egipto –para inmensa sorpresa de la mayoría de sus ciudadanos y del mundo exterior– quedó demoledoramente derrotado. Su fuerza aérea quedó fuera de combate y su ejército prácticamente aplastado e Israel se apoderó de toda la península del Sinaí.

El ejército de Israel, situado en la ribera oriental del Canal de Suez, se encontraba tan sólo a poco más de cien kilómetros de El Cairo y, como los cazas israelíes seguían controlando el espacio aéreo, la capital de Egipto y sus más importantes centros de población estaban muy expuestos.

El relato oficial no lo reflejó apenas. Ya fuera por la televisión estatal o los periódicos controlados por el Gobierno –en aquella época no había prensa libre, ni red Internet ni canales de noticias–, se aseguró a los ciudadanos que Egipto había recuperado el control de su destino, pero ellos sabían que no era cierto.

Aún hoy recuerdo vívidamente la ansiedad general que reinaba entre los ciudadanos, acentuada por una profunda preocupación por lo que el futuro podía reservar. Había miedo a invertir y muchos se preguntaban si deberían emigrar en busca de un futuro mejor.

Como seguían sin abordarse las cuestiones subyacentes, a la guerra de desgaste siguió otra guerra total en 1973, que de nuevo sorprendió a la mayoría de la gente dentro y fuera de Egipto. Aquella vez, las fuerzas armadas egipcias ganaron varias batallas al principio y consiguieron un cese el fuego con el que recuperaron parte del Sinaí y que preparó el terreno para el acuerdo de paz de 1979 con Israel.

No repaso esta historia para hacer un paralelismo con el conflicto palestino-israelí actual, que, hace tan sólo dos semanas, tuvo como resultado muchas muertes civiles, la mayoría abrumadora de ellas en Gaza, sino porque veo demasiados paralelismos con lo que está sucediendo en la crisis europea de la deuda.

Los ciudadanos europeos –en particular los de las economías periféricas, como, por ejemplo, Grecia, Portugal y España– están inquietos. El desempleo es inaceptablemente elevado y sigue aumentando. Sus economías siguen implosionando, con las consiguientes contracciones acumulativas que están sentando nuevos precedentes trágicos. La pobreza va en aumento. No es de extrañar que una mayor emigración a los países más fuertes de la zona del euro (como, por ejemplo, Alemania) haya ido acompañada de mayores salidas de capital financiero.

Cierto es que, afortunadamente, los paralelismos distan de ser exactos. Europa no tiene conflictos armados. Los sentimientos de intensa inseguridad no están relacionados con bombas y sirenas. La amenaza es económica, en lugar de militar. Sin embargo, existe una sensación real de “ni paz ni guerra”.

El rumbo económico de Europa sigue estando obscuro por una razón sencilla: los gobiernos no han encontrado aún una forma de despejar la triple incógnita sobre crecimiento, empleo y estabilidad financiera. Cuanto más dure esa situación, menos oxígeno tendrán los sectores que conservan una relativa solidez… y por tres razones distintas.

En primer lugar, la economía de la zona del euro está extraordinariamente interconectada. Como tal, es sólo cuestión de tiempo que la debilidad de una parte emigre a otras, como atestigua lo que está sucediendo en Alemania, país bien administrado que en otro tiempo se consideraba inmune a los problemas circundantes. Después de un período de un desempleo escaso y sin precedentes, el crecimiento económico se ha aminorado claramente y ha llegado a ser tan sólo el 0,2 por ciento en el trimestre de julio a septiembre. Conforme a las tendencias actuales, la tasa de crecimiento del cuarto trimestre será negativa.

En segundo lugar, la factura de los rescates de la zona del euro sigue aumentando. Se espera que Chipre se una a los otros tres países en los que están aplicándose (Grecia, Irlanda y Portugal) al necesitar una financiación oficial considerable y, de los otros tres, sólo Irlanda está ha avanzado mucho con vistas a la recuperación del acceso normal a los mercados de capitales. Al necesitar también España miles de millones más para recapitalizar sus bancos, sigue aumentando la carga que recae en los contribuyentes de los países del centro. De hecho, ése es uno de los factores que contribuyeron a la decisión de Moody’s –después de la de Standard & Poor’s– de privar a Francia de la calificación crediticia AAA.

Por último, el contagio negativo se está extendiendo allende los 17 países de la zona del euro. La crisis de la deuda de la región está socavando la cooperación dentro de la Unión Europea mayor, compuesta de 27 miembros, a consecuencia de lo cual se ha producido el espectacular fracaso de la reciente cumbre relativa al presupuesto de la UE. También ha contribuido a la desaceleración económica de China, lo que ha intensificado las preocupaciones (que considero exageradas) de que la nueva dirección de este país tenga problemas con miras a organizar un aterrizaje suave para una economía acostumbrada a un crecimiento de dos dígitos (o de uno alto).

Esa falta de paz habría provocado una guerra económica y financiera declarada, de no haber sido por el papel decisivo –y en aumento– desempeñado por el Banco Central Europeo. Con la audaz dirección de Mario Draghi, el BCE se ha comprometido a facilitar el mayor tiempo posible para que la mayoría de los gobiernos cumplan con su obligación y lo ha hecho mediante medidas innovadoras, consistentes en substituir con su elástico balance las de los gobiernos insolventes, los timoratos inversores privados y la salida de depósitos bancarios.

No obstante, sería un grave error dar por sentado que el BCE pueda brindar una paz económica duradera. No es así. Si los gobiernos siguen vacilando y peleándose, lo máximo que puede hacer es retrasar la guerra por un tiempo.

Como la guerra de desgaste de Egipto, el fermento económico, financiero y social subyacente de la zona del euro continúa. Si los gobiernos siguen aplicando un remiendo tras otro sin efecto –probabilidad que sigue siendo lamentablemente elevada– el retraso en la aplicación de una solución general tarde o temprano acabará con las defensas que el BCE ha aplicado con tanta valentía.

Algunos dicen que, así como la guerra de desgaste de Egipto dio paso en su momento a una guerra total y después a un tratado de paz, Europa necesita una crisis muy grave para avanzar, pero se trata de una idea peligrosa, que entraña no sólo riesgos en gran escala, sino también costos humanos inaceptablemente enormes entretanto.

Los gobiernos europeos hacen bien en recurrir al cese el fuego financiero que el BCE está dispuesto a comprar para ellos. Permitir que expire sin un avance hacia la estabilidad permanente expondría a Europa a alteraciones que reducirían en gran medida sus perspectivas de estabilidad económica, crecimiento y creación de empleo a largo plazo.

Traducido del inglés por Carlos Manzano.