ESTOCOLMO – A menudo la historia avanza a pasos pequeños, pero estos pasos a veces tienen grandes implicaciones.
En esta víspera de Año Nuevo, Suecia simbólicamente hizo historia al poner fin a la última presidencia rotatoria de Política Exterior y de Seguridad de la Unión Europea. Luego de años de rotación semestral, transferimos el trabajo a las nuevas estructuras permanentes de la UE, establecidas en Bruselas de acuerdo con el Tratado de Lisboa.
Lo que podría parecer un pequeño paso para la humanidad es sin duda un gran salto para Europa.
Para aquéllos con un sentido de la historia también verán la importancia de los Estados-nación de Europa, que no hace mucho se enfrentaban entre sí continuamente, ahora reúnen sus políticas exteriores para hacerlas valer más vigorosamente en la escena global.
Los años transcurridos desde las revoluciones europeas de 1989 han sido un periodo de extraordinario éxito para la UE, que evoluciona rápidamente. La Unión se ha ampliado de sólo doce miembros de ese entonces a los actuales 27, y ha llevado estabilidad y nueva prosperidad a aproximadamente 100 millones de personas en las partes centrales y orientales del Continente. La adopción del euro por parte de algunos de ellos –es probable que Estonia lo adopte pronto- ha sido también un logro notable.
Es en gran medida el magnetismo del modelo de la UE el que, durante estas dos décadas, ha transformado a Europa del que fuera quizás el principal problema de seguridad en el mundo a uno de los socios más importantes a nivel global en prácticamente cualquier asunto.
Sin embargo, lo que traiga el futuro de ningún modo está predeterminado. En esencia, se reduce a si Europa en las próximas décadas será vista como un modelo para el futuro o como un museo del pasado. Las decisiones tomadas en los siguientes años serán cruciales para determinar el resultado.
Para ser un modelo para el futuro, los gobiernos y los pueblos de Europa deben seguir comprometidos con una Europa abierta en un mundo abierto. En términos más prácticos, eso significa seguir cumpliendo con el artículo 49 del Tratado de Roma, que sigue ofreciendo la posibilidad de membresía a cualquier país europeo que esté dispuesto y pueda compartir los valores, intereses y políticas de la UE.
Aproximadamente 150 millones de personas de Europa sudoriental –los Balcanes occidentales, Ucrania y Turquía- quieren convertirse en ciudadanos de la UE. Por supuesto, la membresía llevará tiempo, pero el proceso de adhesión estimulará la modernización y la reforma democrática de tal forma que fortalecerá toda Europa. Una Europa que cierra sus puertas a aquéllos que tienen la voluntad y pueden entrar será una Europa que menoscaba su propio futuro.
Igualmente importante es un compromiso renovado con la reforma económica en la propia UE. El éxito o fracaso económico en la década que va a 2020 será otro elemento crítico en si se ve a Europa como un modelo o como un museo. Ello requerirá de un enfoque más dedicado que el adoptado en la llamada Agenda de Lisboa durante la década pasada.
Es una vergüenza que solamente dos de los 27 países miembros de la UE han cumplido el objetivo de gasto del 2% de PIB en investigación y desarrollo. Es imperativo que la UE cree sociedades que sean consideradas como líderes globales en la innovación tecnológica, política y social –todo será muy necesario en la próxima transición hacia una economía baja en carbono.
Una Europa abierta también debe estar plenamente comprometida con una economía global abierta. Un proceso de globalización sostenible no es sólo un interés primordial para la propia Europa, sino también la única manera en la que podemos continuar sacando a miles de millones de personas de la pobreza y crear mejores bases para el Estado de derecho y la gobernanza global en países que aún no tienen estos elementos.
Esto requerirá una Europa capaz de construir relaciones estratégicas profundas con todos los actores clave en nuestro mundo cada vez más multipolar. El año que acaba de terminar ha demostrado –en el manejo de la crisis financiera y al tratar de abordar el cambio climático- tanto la necesidad y las dificultades de crear un nuevo paradigma de gobernanza global. Los pequeños grupos de elite como el G-8 ya no funcionan, pero tampoco las reuniones colosales como la que vimos en Copenhague.
La UE tiene la cooperación y la integración codificadas en su mismo ADN. Es por eso que realmente tiene el potencial para ser un modelo no sólo para su propia región, sino también para el mundo. Pocas cosas serán necesarias en los años por venir.
No obstante, para que tengamos éxito, debemos aprovechar al máximo nuestras nuevas instituciones de Lisboa, mantener nuestro compromiso con una Europa abierta, acelerar la reforma de nuestras economías y tomar la iniciativa en la creación de un nuevo marco de gobernanza global que sirva de base para un proceso verdaderamente sostenible de globalización continuada.
Es lo mínimo que hay que hacer.


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