STANFORD – Las renuncias de los primeros ministros George Papandreu, y Silvio Berlusconi han puesto de relieve cómo Grecia e Italia y muchos otros países ocultaron durante demasiado tiempo los problemas de larga data de sus obesos sectores públicos mediante beneficios insostenibles de seguridad social. En efecto, para muchos de estos países las reformas de fondo son ahora inevitables.
Los sistemas de seguridad social de Europa, así como los de Estados Unidos, Japón y otros lugares, se diseñaron en condiciones económicas y demográficas muy distintas a las que prevalecen actualmente –crecimiento económico más acelerado, poblaciones crecientes y menores expectativas de vida. Los gobiernos (la atención se centra ahora en Grecia e Italia pero no son los únicos) han prometido demasiado a demasiadas personas durante demasiado tiempo. En mi libro Too many promises, publicado en 1986, señalaba el mismo problema en el caso del sistema de seguridad social estadounidense.
Ahora este problema fundamental se manifiesta en la dinámica de deuda insostenible de esos países. La membresía en el sistema del euro que, permitió un endeudamiento temporal masivo a tasas de interés bajas, solo lo empeoró.
La única solución permanente a la crisis europea es la reforma de los beneficios de la seguridad social. Cabe esperar que con la ayuda de los gobiernos nacionales, el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional, y el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (EFSF, por sus siglas en inglés) se puedan tapar temporalmente las fugas del dique del financiamiento de las deudas soberanas, y se puedan recapitalizar los bancos europeos. Sin embargo, esto solo funcionará si esas economías se vuelven mucho más competitivas mediante reformas estructurales. Deben al mismo tiempo disminuir la carga fiscal y reducir los enormes pagos de transferencias. Hay demasiadas personas que reciben beneficios en relación con las que trabajan y pagan impuestos.
Mientras tanto, la inquietud del mercado de bonos por los déficits fiscales y la dinámica de la deuda está aumentando los costos de endeudamiento de esos países. Por lo tanto, las políticas a corto y a largo plazo están estrechamente relacionadas; a menos que se combinen soluciones temporales con una reforma fundamental a largo plazo será inevitable otro desastre igual –o peor- al actual.
Hay tres factores fundamentales que determinan la evolución de la deuda soberana de un país: su tasa de crecimiento económico, sus costos de endeudamiento; y su posición presupuestal primaria (el equilibrio presupuestal neto de los pagos de intereses). Un país con un presupuesto primario equilibrado recauda suficientes ingresos para cubrir sus gastos corrientes pero no los intereses de su deuda pendiente. Con tasas de interés más elevadas, un crecimiento más lento y una posición presupuestal primaria más débil aumenta la trayectoria del coeficiente de deuda. Actualmente, Italia paga 7% de interés anual por su deuda soberana, mientras que su economía crece apenas al 1%. Así pues, para evitar una restructuración de la deuda, Italia necesita superávits primarios amplios sostenidos, un crecimiento mucho más rápido y/o tasas de interés mucho más reducidas.
Con un plan creíble para obtener superávits primarios suficientes disminuirían las tasas de interés. A largo plazo, si los superávits primarios se obtienen controlando el gasto, el aumento del ahorro nacional promoverá la inversión y el crecimiento, mientras que el aumento de las tasas de interés funcionaría en la dirección contraria.
En la consolidación fiscal exitosa de los países de la OCDE después de la Segunda Guerra Mundial hubo en promedio entre 5 y 6 dólares en recortes al gasto por cada dólar de aumento en los impuestos.
Algunos expertos, como Jean-Claude Trichet, ex presidente del BCE, aducen que la consolidación fiscal seria expansiva. En concreto, estimularía la confianza, lo que reduciría las tasas de interés y compensaría cualquier efecto directo en la demanda, como ocurrió en Irlanda y Dinamarca en los años ochenta. Sin embargo, ahora esto es menos probable ahora, pues muchos países están realizando consolidaciones fiscales al mismo tiempo, las tasas de interés no soberanas ya son bajas y la unión monetaria impide que los países de la eurozona que tienen más dificultades –Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España- devalúen como medio para ser competitivos.
Durante muchos años se necesitarán superávits primarios sustanciales para estabilizar el coeficiente de deuda y reducirlo gradualmente hasta que se ubique en un nivel de seguridad económica inferior al 60% del PIB (Italia y Grecia superan el 100%). Se debe poner en aplicación inmediatamente un programa creíble de reformas de largo plazo, mientras que las medidas temporales de emergencia–compra de bonos por parte del EFSF, el FMI y el BCE- dan un poco de respiro. Si los superávits primarios son insuficientes, las medidas temporales no harán más que posponer la inevitable debacle de deuda.
Al centro del dilema de la deuda hay cuestiones aritméticas más básicas. La tasa impositiva necesaria para financiar los beneficios de la seguridad social depende de tres factores: el coeficiente de dependencia (la proporción de receptores respecto de los contribuyentes); el coeficiente de remplazo (la proporción de beneficios respecto de salario promedio); y la tasa de crecimiento económico (aproximadamente, productividad más crecimiento de la población).
En otras palabras, mientras más generosos y amplios sean los beneficios gubernamentales, mayor será la tasa impositiva requerida. Este problema esencial afectará incluso cada vez más a los países del norte de Europa, independientemente de su actual aspecto de solidez económica y congruencia fiscal.
En las economías europeas con altos impuestos, un mejor cumplimiento de las obligaciones fiscales o medidas selectivas de ingreso pueden producir solo un monto reducido de ingresos fiscales adicionales sin dañar el crecimiento. Los recortes al gasto son la única manera de mejorar la posición presupuestal sustancialmente. Sin embargo, ese camino será difícil. En muchos países europeos, el gobierno paga los beneficios a la mayoría de la población.
Una cuestión central es si el nuevo primer ministro griego, Lucas Papademos, y su nuevo colega italiano, Mario Monti, ambos economistas muy reconocidos, tienen capacidad de liderazgo para navegar estas aguas traicioneras. Con su ejemplo se comprobará si otras democracias europeas con poblaciones altamente dependientes de los beneficios pueden frenar los excesos del Estado de bienestar.
No es un desafío imposible. Canadá ha reducido sustancialmente los peores excesos del Estado de bienestar, debido a que los gobiernos de centro izquierda y de centro derecha redujeron la participación del gasto gubernamental como proporción del PIB en ocho puntos porcentuales en años recientes. Varios países europeos están considerando aumentar sus edades de jubilación, que son muy bajas, o ya lo han hecho. Dadas las tendencias demográficas, ésta bien podría ser la última oportunidad de Europa de construir bases más firmes para la prosperidad futura.
En una célebre cita sobre los Estados Unidos, Winston Churchill dijo que podía contarse con que ese país hiciera lo correcto una vez que hubiera agotado todas las demás alternativas. Esperemos que esto se cumpla también en el caso de Europa.


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