BERKELEY – Las últimas semanas han sido el periodo más cautivante e importante de los 11 años de existencia del euro. Primero fue la crisis griega, seguida del rescate de su economía. Cuando la crisis se propagó a Portugal y España vino el rescate de 1 billón de dólares. Finalmente, el Banco Central Europeo realizó compras sin precedentes de bonos españoles, portugueses, griegos e irlandeses. Todo esto era inimaginable hace apenas un mes.
La repentina "sorpresa" que ha dado Europa estuvo además marcada por predicciones asombrosas (y erróneas). Grecia sería expulsada de la unión monetaria. La eurozona se dividiría en una unión de Europa del Norte y una de Europa del Sur. O el euro -e incluso la Unión Europea- se desintegraría cuando Alemania diera la espalda al proyecto.
Sin embargo, en lugar de bajar las cartas, los líderes europeos doblaron la apuesta. Comprenden que será inmensamente costosa si sale mal y que sus carreras políticas se les van en ello. Pero también saben que tienen demasiadas fichas en la mesa como para bajarse.
Quienes pronosticaban el fin del euro se equivocaron porque no comprendieron los aspectos políticos de la situación. El euro es el símbolo del proyecto europeo. Jacques Delors, uno de sus arquitectos, llamó una vez a la moneda única "la joya de la corona de Europa". Abandonarlo equivaldría a declarar el fracaso de todo el proyecto de integración europea.
Es cierto que a los alemanes les enfurece tener que rescatar a Grecia y que Angela Merkel es el primer personero en el cargo de canciller alemán que no ha vivido la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, sus opiniones y acciones están determinadas por la sociedad en la que vive, que a su vez ha sido moldeada por la historia. Y lo que es cierto acerca de Merkel sigue siéndolo para Europa. Por eso sus líderes prefirieron el trago amargo de dar estos pasos sin precedentes.
No obstante, ahora que han doblado su apuesta, los europeos deben hacer que su unión monetaria funcione. Europa tiene billetes excelentes y un gran banco central, pero carece de los demás elementos de una unión monetaria de verdad. Necesita crearlos -y rápido-, lo que exige afrontar finalmente asuntos que han estado fuera de la mesa en el pasado.
En primer lugar, Europa necesita un Pacto de Estabilidad que implique sanciones reales. Ahora será así, porque Alemania insistirá en ello. Como ha propuesto la Comisión Europea, el pacto reforzado impondrá límites más estrictos a los países fuertemente endeudados. Se eliminarán las excepciones y exenciones. Se exigirá a los gobiernos que permitan que la Comisión vete sus planes presupuestarios por adelantado.
En segundo lugar, Europa necesita mercados laborales más flexibles. En la unión monetaria de los Estados Unidos el ajuste ocurre en parte mediante la movilidad laboral. Esto nunca será así Europa en el mismo grado, dadas las barreras culturales y lingüísticas.
En lugar de ello, Europa deberá depender de la flexibilidad salarial para mejorar su competitividad en sus regiones deprimidas. No es algo que posea en abundancia, pero los recientes recortes a los salarios del sector público en España y Grecia son un recordatorio de que, de hecho, Europa puede tener flexibilidad salarial. Donde los sistemas de negociación salarial sean el obstáculo, la Comisión Europea debería indicarlo y se ha de exigir a los países que los modificaran.
Tercero, al área del euro necesita un coaseguro fiscal, un mecanismo para hacer transferencias temporales a países que han puesto en orden sus finanzas pero se ven afectados por impactos adversos.
Hay que aclarar que este no es un argumento a favor de la temida "unión de transferencias" de Alemania, es decir, fianzas constantes a países como Grecia. Es un argumento a favor de transferencias temporales a países como España, que equilibró sus presupuestos antes de la crisis pero entonces sufrió el golpe de la crisis inmobiliaria y la recesión. Se trata de un argumento a favor de un seguro fiscal que vaya en ambas direcciones.
Cuarto, la eurozona precisa de un mecanismo de financiamiento adecuado. Las emergencias no se deben enfrentar una por una con 27 ministros de finanzas intentando frenéticamente llegar a una solución antes de que abran los mercados en Asia. Y los líderes europeos, en su desesperación, no deberían tener que coaccionar al Banco Central Europeo para que preste ayuda. Debería haber reglas claras acerca de los desembolsos, quién está a cargo del proceso y cuánto dinero hay disponible. No debería ser necesario obtener el visto bueno de 27 parlamentos nacionales cada vez que se deba tomar medidas.
Finalmente, Europa necesita una regulación bancaria coherente. Una razón de que la crisis griega sea tan difícil es que los bancos europeos están subcapitalizados, sobreapalancados y saturados de bonos griegos, lo que descarta la posibilidad de reestructurar -y así alivianar- la carga de deuda de Grecia.
Eso ocurrió porque la regulación bancaria europea todavía se caracteriza por una competencia que busca reducir constantemente las normas. La supuesta solución, los "Colegios" de reguladores, es inadecuada. Si Europa tiene un mercado único y una sola moneda, necesita un regulador bancario.
Se trata de un objetivo formidable y algunos dirán que poco realista, pero es lo que Europa debe hacer para que su unión monetaria pueda funcionar de verdad.


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