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El juego de las culpas en Europa

Los líderes de la Unión Europea se acaban de reunir para ver cuáles son las lecciones de los fallidos referéndums sobre el Tratado Constitucional. Pero no tienen que ir muy lejos para encontrar a los culpables. En efecto, sólo tienen que mirarse al espejo y confrontar las consecuencias del juego deshonesto que han jugado durante demasiado tiempo.

A lo largo de los años, esos líderes quisieron cosechar los beneficios de las reformas y evitar la culpa, de manera que habitualmente dejaron que los funcionarios de la UE en Bruselas cargaran con los costos de medidas necesarias pero impopulares. Entonces se quejaban con sus pueblos de los "burócratas de Bruselas" y de su forma no democrática de proceder.

Pero estos líderes olvidaron que la gente podría en verdad creerles. Así, cuando los líderes de Francia y Holanda -totalmente en pro de la constitución- preguntaron a sus pueblos qué pensaban de la Unión, recibieron un claro eco de su propio mensaje: a la gente no le parecían las reformas y no le agradaban los "burócratas de Bruselas" con o sin constitución.

En ningún lugar ha sido más visible este juego de echarse la culpa que en la forma en que los gobiernos de la UE han manejado la desregulación del mercado de productos. Las recompensas que se pueden obtener al desregular los mercados de productos son muy grandes. Desarticular monopolios a menudo da como resultado precios mucho más bajos y con ello niveles de vida más altos para los consumidores, porque con el mismo salario se puede comprar mucho más.

Consideremos la desregulación de las telecomunicaciones y las aerolíneas, que ha traído la competencia de empresas de transporte de personas y de transmisión de datos de bajo costo. La desregulación también conduce a economías de escala, lo que hace que los precios se reduzcan aún más, como sabemos todos cuando compramos en el hipermercado en lugar de la tienda de abarrotes de la esquina.

Pero la desregulación inevitablemente trae desórdenes. Los consumidores ganan, pero algunos trabajadores pierden. Las empresas existentes suelen tener problemas para adaptarse. Las empresas nuevas y más delgadas toman el control. En este proceso, las viejas compañías quiebran y los trabajadores son despedidos. Las rentas desaparecen, y pensemos en los efectos de la desregulación de las aerolíneas sobre los salarios de los pilotos. Incluso si se creara el mismo número de empleos que los que desaparecen, ello no elimina el sufrimiento de quienes se quedan desempleados.

Bajo cualquier cálculo, con una red de seguridad suficiente para los trabajadores que pierden sus empleos, los beneficios de la desregulación superan con mucho a los costos y el sufrimiento que causan. Pero eso no facilita mucho la tarea política de los gobiernos, porque los beneficios son difusos: los consumidores que pagan menos por los boletos de avión pueden no atribuirlo a la desregulación. En contraste, los costos son localizados: los trabajadores de las aerolíneas que están en riesgo de perder sus trabajo están muy concientes del vínculo entre la desregulación y los despidos.

Por supuesto, los gobiernos podrían tratar de explicar por qué buscan la desregulación, pero es mucho más fácil para ellos adoptar un perfil bajo, dejar que los "burócratas de Bruselas" lo hagan y después culparlos a ellos, y en efecto a la UE, por todos los sufrimientos.

¿O acaso podría ser cierto que "Bruselas" se ha extralimitado en sus facultades y ha obligado a los gobiernos nacionales a desregular más de lo que querían? Esta hipótesis de exoneración no resiste ningún análisis.

El caso de la desregulación de las aerolíneas vuelve a ser revelador. Dos veces en los últimos diez años los gobiernos nacionales le han dado explícitamente a la UE la facultad de aumentar las restricciones a los subsidios destinados a aerolíneas que estuvieran fracasando. Los gobiernos no estaban obligados a ceder esos poderes, pero lo hicieron y ello no impidió que culparan a "Bruselas" por esas mismas restricciones cuando sus propias aerolíneas nacionales tuvieron problemas.

Después de haber desencadenado y luego presenciado el voto "anti-Bruselas", ¿qué deben hacer los gobiernos europeos?

Una buena noticia es que la desregulación del mercado de productos se ha alcanzado en gran medida, de forma que ya no hay que jugar al juego de la culpa de Bruselas. El principal punto de la agenda ahora es diseñar una mejor seguridad social para minimizar el sufrimiento de la reasignación, sea por la desregulación, el progreso tecnológico o la globalización.

Por supuesto, sigue siendo necesaria cierta desregulación del mercado de productos, especialmente en el sector de los servicios. La directriz de Blokestein sobre los servicios salió mal, pero no hay duda de que los consumidores europeos pagan demasiado por muchos servicios. Para dar sólo un ejemplo, eliminar el monopolio que tienen los notarios públicos en países como Francia e Italia disminuiría sustancialmente el costo de comprar y vender casas, el costo de la vivienda y el costo para los trabajadores de mudarse a donde están los empleos.

Los gobiernos europeos tienen tres opciones. Pueden intentar detener por completo las reformas del mercado de productos y, de la misma manera, tratar de detener la liberalización comercial y la globalización. Hasta ahora ningún gobierno parece haber caído en esa tentación.

También pueden seguir jugando el juego de la culpa y dejar que la Unión aplique las reformas mientras ellos se quejan de los burócratas de Bruselas. Pero la ansiedad que se siente ahora en toda la UE muestra los peligros de esa estrategia. Además, las políticas del mercado laboral no forman parte del mandato de la UE, de forma que los gobiernos nacionales estarán solos, sin poder culpar a los burócratas de Bruselas.

Por último, pueden ayudar a "Bruselas" a definir y diseñar reformas del mercado de productos y después vender esas reformas, y el papel de la UE al aplicarlas, a sus electores. Si los líderes de Europa son lo suficientemente inteligentes para escoger esta vía, el fiasco de los referéndums francés y holandés habrá resultado útil después de todo.

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