ROMA: ¿Cuál será el futuro de las relaciones trasatlánticas? Esa pregunta surge con cada cambio de administración en los EU. Dado que desde principios de 1970 existen preocupaciones sobre una “creciente brecha atlántica”, resulta tentador imaginar que las relaciones trasatlánticas continuarán más o menos en el mismo tenor que antes. Sin embargo, lo cierto es que tanto los EU como la Unión Europea están evolucionando rápidamente siguiendo sus respectivos caminos; por ello, en ambos lados del Atlántico existe el reto de manejar una relación cada vez más compleja.
Hay otras dos tentaciones que es necesario resistir. Del lado europeo, existe la tentación de acelerar la consolidación de la UE como actor internacional haciendo referencias constantes a su autonomía o independencia de los Estados Unidos. Por supuesto, ciertos tonos antiestadounidenses seguirán apareciendo, porque como en toda relación desequilibrada, el socio menor tiende a hacer declaraciones que generan percepciones equivocadas.
Los europeos no deben caer en esta tentación porque el paso de la dependencia a la igualdad no se mide en términos de retórica. Más bien, deben hacerse responsables de una porción más justa de la carga trasatlántica, poniendo en marcha una verdadera política exterior europea común, y pensar y actuar como una potencia regional con alcance global. Si el euro tiene éxito como divisa global, y yo creo que lo tendrá, y si la fuerza de reacción rápida de Europa se concreta pronto, que también creo que lo hará, la UE habrá alcanzado las condiciones para estar en términos de igualdad con los Estados Unidos.
Del lado de los Estados Unidos, la tentación consiste en abusar de su calidad de “superpotencia única” actuando de manera unilateral. Esto es soledad disfrazada de liderazgo y no le conviene a los Estados Unidos. Los intereses nacionales ya no se pueden alcanzar de manera unilateral. La mejor forma en la que EU puede velar por sus intereses globales es mediante acciones y cuerpos multilaterales.
Incluso si Estados Unidos es, en términos militares, la única superpotencia, el poderío militar tiene una aplicación limitada en el manejo cotidiano de la política exterior. Los sistemas globales efectivos, ya sean el libre comercio, un régimen viable de no-proliferación, el control y la prevención de conflictos regionales, o mercados financieros bien regulados resultarían no menos provechosos para los EU que para Europa en la búsqueda de sus metas. Con este fin, para los Estados Unidos es de vital importancia que la UE llegue a su mayoría de edad como actor internacional. Por ello, tienen que acabar con la ambivalencia tradicional de exigir una Europa más madura e igual, por un lado, mientras que por el otro, se sienten incómodos ante ella.
Es cierto que los Estados Unidos recibieron con agrado el lanzamiento de la política común europea de seguridad y defensa. Sin embargo, hay señales recurrentes del nerviosismo de los Estados Unidos sobre la naturaleza de este proceso. Los estadounidenses preguntan con frecuencia si se trata de mejorar las capacidades europeas, lo cual sería bueno para la OTAN, o si se trata de la integración europea (es decir, un instrumento para un proyecto político). Mi respuesta es que se trata de ambas cosas y que Washington debería de apoyarlas. Una evaluación serena del proceso me lleva a asegurar que una Europa más capaz y más unida conducirá a una Alianza Atlántica más efectiva y no, como algunos piensan, al abandono por parte de Estados Unidos de sus compromisos con Europa.
Lo que la UE busca no es duplicar las estructuras de la OTAN o crear una alternativa a la Alianza Atlántica. La UE se está preparando para afrontar --en conjunto con las fuerzas estadounidenses o con fuerzas exclusivamente europeas cuando la OTAN decida no intervenir-- las situaciones de crisis en Europa y sus alrededores. Más que su propia defensa –que seguirá estando centrada en la OTAN-- Europa está reforzando su papel como estabilizador regional en materia de seguridad, un papel que la ampliación de la UE habrá de fortalecer con la inclusión de los países candidatos de Europa central y del este.
En contra de lo que se dice con frecuencia en el Congreso de los Estados Unidos, Europa ya lleva la parte más pesada de la carga que representan los esfuerzos de pacificación (ya no digamos de la ayuda para la reconstrucción) en los Balcanes. Si las políticas exterior y de defensa de Europa tienen éxito, la OTAN debería hacerse más europea. Sin embargo, a Washington esto no tendría que preocuparle: si los europeos ven a la Alianza como una organización más europea estarán más dispuestos a comprometerse (también en términos presupuestales) con su buen funcionamiento.
Una lógica similar se aplica en lo que se refiere a la ampliación. El concepto de Europa no es inmutable y con justa razón. Sobre la base de una noción amplia de seguridad y estabilidad, la ampliación de la UE es tan importante como su profundización. Aquí, un enfoque trasatlántico común para la ampliación tanto de la UE como de la OTAN mejoraría la estabilidad y la integración en la Europa de la posguerra fría, para beneficio de todos.
Así, se podría concebir una división nueva y funcional de las tareas entre los europeos y los estadounidenses, siempre y cuando se mantenga el marco común de compromisos políticos y responsabilidades compartidas. Lo que no se debe buscar es una división rígida, vertical y artificial en la que los Estados Unidos jueguen el papel del líder solitario (con Europa como simple seguidor), mientras la UE se concentra exclusivamente en agrandar su “casa” (con los EU desentendiéndose de la seguridad continental). Esto no sería sano y haría que el compuesto trasatlántico resultara insostenible.
El antídoto es compartir genuinamente las elecciones y las decisiones. Si es necesario tomar decisiones divididas, una sociedad sana exige que se discutan abierta y honestamente. Un ejemplo es el asunto del sistema de defensa nacional contra misiles. Sin importar qué política adopte la administración de Bush, se deben de tomar en cuenta las reservas y dudas de Europa.
Si los europeos quieren tener influencia sobre este asunto, deberán jugar un papel unitario, como por ejemplo, convenciendo a los Estados Unidos de actualizar, poniéndose de acuerdo con Moscú, el Tratado de No Proliferación. Ello contribuiría a la estabilidad estratégica, evitaría fricciones con Rusia (que sigue siendo un factor fundamental para la seguridad europea) y el deterioro del clima de la seguridad en Asia. Lo mismo sucede en el caso de los llamados “Estados rebeldes”. Aquí, de nuevo, una mejor combinación de estrategias estadounidenses y europeas podría generar mejores resultados basados en una mezcla de acciones y decisiones.
Una nueva distribución de tareas y responsabilidades depende tanto de la economía como de la seguridad. Un euro estable hace que la cooperación intensa sea posible y deseable, no sólo para prevenir la inestabilidad financiera global sino también para evitar el riesgo de que surjan conflictos entre bloques monetarios. Siempre y cuando la administración Bush logre impulsar pragmáticamente una mayor liberalización comercial, podremos profundizar la integración trasatlántica de los mercados, para beneficio de ambas economías. También existirán entonces oportunidades para revitalizar la OMC, para lo cual un compromiso estadounidense-europeo es una precondición necesaria, aunque no es la solución completa.
Aquí se necesita una revaloración seria de nuestros viejos hábitos y tácticas de negociación. La OMC, pero también el FMI y el Banco Mundial, deben comprender las necesidades cambiantes de aquéllas sociedades más vulnerables a los impactos de la globalización. Debemos relacionarnos con el resto del mundo de manera más abierta y persuasiva. El G-8, cuya presidencia corresponde a Italia este año, habrá de poner a prueba esa voluntad, sobre la cual se apoya la legitimidad de todo el proceso.
Una asociación euro-estadounidense renovada, basada en nuestros respectivos estilos e instrumentos de política exterior, beneficiará a ambos lados. La UE está buscando su identidad como actor colectivo. Europa está cambiando, pero también los Estados Unidos –en términos de composición demográfica y social, estructuras económicas y políticas, orientación geopolítica y psicología nacional.
Es claro que, la diversidad trasatlántica provocará diferencias ocasionales. Sin embargo, la interacción mutua y la igualdad siguen siendo la única respuesta –sobre todo si se reflejan en la aceleración de las tan esperadas reformas a las instituciones multilaterales y en una mayor capacidad de gobierno global.
Operar dentro de marcos multilaterales, por fastidioso que sea en ocasiones, ha sido benéfico para los intereses nacionales tanto de Estados Unidos como de Europa. Una UE más fuerte es un aliado natural de los Estados Unidos, en ocasiones un competidor, pero ciertamente no un rival. Los gobiernos en ambos lados del Atlántico tienen la obligación de convencer de esto a sus pueblos.


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