Saturday, July 26, 2014
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Europa, tu nombre es Cobardía

El escritor Henryk Broder publicó recientemente esta mordaz acusación: “Europa, tu apellido es Apaciguamiento”. Esa frase resuena, porque es enormemente cierta. El apaciguamiento costó la vida a millones de judíos y no judíos, cuando Inglaterra y Francia, aliadas en aquella época,  negociaron y vacilaron durante demasiado tiempo antes de darse cuenta de que lo que se debía hacer con Hitler era luchar y derrotarlo, porque no se podía lograr que se atuviera a acuerdos carentes de solidez.

Más adelante, el apaciguamiento legitimó y estabilizó el comunismo en la Unión Soviética, después la Alemania oriental, luego el resto de la Europa oriental, donde durante decenios se glorificó a gobiernos inhumanos, represivos y asesinos.

El apaciguamiento paralizó igualmente a Europa, cuando el genocidio corría desenfrenado por Bosnia y Kosovo. De hecho, aunque teníamos pruebas absolutas de que se estaban produciendo asesinatos en gran escala en esa región, nosotros, los europeos, debatimos y debatimos y después volvimos a debatir aún más. Seguíamos debatiendo, cuando por fin los americanos tuvieron que acudir otra vez a Europa desde casi el otro extremo del mundo para hacer nuestra tarea por nosotros.

Europa no ha aprendido aún la lección. En lugar de proteger la democracia en el Oriente Medio, el apaciguamiento europeo, camuflado tras la confusa palabra “equidistancia”, con frecuencia parece aceptar los atentados suicidas con bombas en Israel por parte de fundamentalistas palestinos. Asimismo, engendra una mentalidad que permite a Europa pasar por alto las casi 500.000 víctimas de la maquinaria de asesinatos y torturas de Sadam y, motivada por el fariseísmo del movimiento pacifista, arengar a George W. Bush por considerarlo belicista.

Esa hipocresía continúa, pese a haberse descubierto que algunos de los críticos más vocingleros de la intervención americana en el Iraq se embolsaron ilícitamente miles de millones –de hecho, decenas de miles de millones- de dólares en el corrupto programa de las Naciones Unidas “petróleo por alimentos”.

Hoy afrontamos una forma grotesca del apaciguamiento. ¿Cómo está reaccionando Alemania ante la escalada de la violencia por parte de fundamentalistas islámicos en Holanda, Gran Bretaña y otras partes de Europa? Proponiendo -¡agárrense!- que la reacción adecuada ante semejante barbarie es crear una “fiesta musulmana” en Alemania.

Me gustaría estar bromeando, pero no. Una fracción importante del Gobierno de Alemania –y, de creer a las encuestas, también de los ciudadanos alemanes- está convencida, en realidad, de que la creación de una fiesta musulmana oficial en nuestro Estado nos librará de algún modo de la ira de los islamistas fanáticos. No podemos por menos de recordar a Neville Chamberlain de Gran Bretaña a su regreso de Múnich agitando aquel risible tratado firmado por Adolf Hitler y declarando el advenimiento de “la paz en nuestro tiempo”.

¿Qué atrocidad debe ocurrir antes de que el público europeo y sus dirigentes políticos entiendan lo que está sucediendo en realidad en el mundo? Hay como una cruzada en marcha, una campaña particularmente pérfida de ataques sistemáticos por parte de islamistas contra personas civiles, que va dirigida contra nuestras sociedades occidentales libres y encaminada a su total destrucción.

Afrontamos un conflicto que con toda probabilidad va a durar más que ninguno de los grandes choques militares del siglo pasado, un conflicto provocado por un enemigo al que no se puede domesticar mediante “tolerancia” y “acomodación”, porque precisamente esos gestos lo alientan. Esas reacciones han demostrado ser signos de debilidad y como tales las considerarán siempre los islamistas.

Sólo dos recientes presidentes americanos han tenido el valor necesario para rechazar el apaciguamiento: Ronald Reagan y George W. Bush. Los críticos de los Estados Unidos puede poner peros a ciertos detalles, pero en nuestros corazones nosotros, los europeos, sabemos la verdad, porque la vimos con nuestros propios ojos. Reagan puso fin a la guerra fría, al liberar a la mitad de Europa de casi 50 años de terror y esclavitud y el Presidente Bush, actuando conforme a su convicción moral y apoyado sólo por el socialdemócrata Tony Blair, reconoció el peligro en la actual guerra islamista contra la democracia.

Entretanto, Europa permanece cruzada de brazos en el rincón multicultural con su habitual y despreocupada autoconfianza. En lugar de defender los valores liberales y actuar como un atrayente centro de poder en plan de igualdad con las grandes potencias, los Estados Unidos y China, no hace nada. Al contrario, nosotros, los europeos, nos presentamos, en contraste con los supuestamente “arrogantes americanos”, como campeones mundiales de la “tolerancia”, que incluso el ministro alemán del Interior, Otto Schily, critica justificadamente.

¿De dónde procede esa reacción de autosatisfacción? ¿Se debe a que somos tan morales?

Temo que se debe a que nosotros, los europeos, somos tan materialistas y carecemos de una guía moral. Por su política de enfrentamiento frontal con el terrorismo islámico, Bush arriesga la bajada del dólar, un enorme aumento de la deuda nacional y una pesadísima y persistente carga para la economía americana, pero lo hace porque, a diferencia de la mayoría de Europa, comprende que lo que está en juego es, literalmente, todo lo que en verdad importa para las personas libres.

Mientras criticamos a los “ladrones barones capitalistas” de los Estados Unidos, porque parecen demasiado seguros de sus prioridades, nosotros defendemos tímidamente nuestros Estados del bienestar. “¡Fuera de ahí, que podría ser caro!, gritamos. De modo que, en vez de actuar para defender a nuestra civilización, preferimos debatir la posibilidad de reducir nuestra semana laboral de 35 horas o mejorar la cobertura odontológica de la seguridad social o aumentar nuestras cuatro semanas de vacaciones anuales pagadas. O tal vez escuchemos a los pastores de la televisión predicar sobre la necesidad de “tender la mano a los terroristas” para entender y perdonar.

Estos días, Europa me recuerda a una vieja que, con manos trémulas, esconde desesperadamente sus últimas joyas cuando descubre a un ladrón que irrumpe en la casa del vecino. ¿Apaciguamiento? Eso sólo es el comienzo. Europa, tu nombre es Cobardía.

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