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Europa, un motor de paz

Los críticos de la integración monetaria europea señalan con frecuencia que, por falta de una unión política, la unión monetaria está condenada a fracasar. Estoy de acuerdo con la conclusión de los críticos, pero no con su premisa, pues el éxito de la moneda única hasta ahora se ha debido precisamente a los compromisos políticos de los países miembros de la Unión.

Dicho de otro modo, no es cierto que la Unión Europea no constituya una unión política. La integración económica europea –en todos sus aspectos- refleja el deseo de integrar a Europa políticamente, cosa que, al menos en mi opinión, entraña la irreversibilidad de la integración económica y monetaria europea.

Así ha sido desde el principio del proceso de integración europea en 1952, cuando seis países crearon la Comunidad del Carbón y del Acero (CECA). El objetivo de la CECA era explícitamente político: eliminar el control de las dos materias primas más importantes para la producción de armamento pesado de Estados que acababan de enfrentarse en la guerra más sangrienta de la Historia.

Ese impulso en pro de la paz siguió siendo, discretamente, la motivación principal en que se basaron los pasos posteriores hacia la integración económica de Europa, que se consideró el vehículo para lograr la integración política.

En 1951, el Primer ministro francés René Pléven propuso la creación de una Comunidad Europea de Defensa (CED), junto con la CECA. Fracasó, pero la idea no se esfumó. Más adelante en aquel mismo año, Robert Schumann –el ministro francés de Asuntos Exteriores en aquel momento y padre fundador de la integración europea- identíficó explícitamente la CECA con el impulso en pro de la paz. Lo calificó de medio para crear una “fusión de intereses... que será la levadura a partir de la cual pueda crecer una comunidad más amplia y profunda entre países opuestos entre sí durante mucho tiempo por conflictos sangrientos”.

Esas palabras resonaron la víspera de la introducción de la moneda única. En particular, Alemania, durante el gobierno del Canciller Helmut Kohl, vinculó con frecuencia la integración monetaria con el objetivo de la unión política. En cierta ocasión Kohl se refirió al éxito de la moneda única como un asunto de “guerra y paz”.

Por esa razón, no estoy de acuerdo con quienes sostienen que el apoyo de Alemania a la integración económica europea fue el precio que pagó por la aceptación por parte de Europa de la reunificación alemana. Al contrario, los testimonios históricos muestran que Alemania propugnó un impulso paralelo a la integración política y monetaria mucho antes de la caída del Telón de Acero.

Naturalmente, hay otros motivos para el apoyo a la integración económica. Los dirigentes de la UE están convencidos de que la consecución de las llamadas cuatro libertades –es decir, la libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas- logrará el máximo aumento del bienestar de la población de Europa. También aspiran a aumentar el poder estratégico del Continente.

Pero la paz fue la principal fuerza motriz para personas como Schumann y Jean Monnet al comienzo del proceso de integración europea, como lo fue para Helmut Schmidt y Valéry Giscard d’Estaing, cuando pusieron los cimientos de la moneda única y del actual Banco Central Europeo. Durante medio siglo, el proceso de integración europea avanzó –a veces con reveses, a veces con gigantescos pasos  adelante- uniendo mercados antes separados mediante la creación de relaciones comerciales muy estrechas.

Con el tiempo, se estimuló así una convergencia cada vez mayor. Naturalmente, las economías de Europa no se han vuelto idénticas ni se ha igualado totalmente el PIB por habitante, pero las diferencias entre las economías de Europa nunca fueron tan espectaculares como para constituir un obstáculo insuperable a fin de lanzar el proyecto más ambicioso de todos: la adopción de una moneda común.

Entender esa historia reviste importancia decisiva, porque la Unión de Europa se encuentra una vez más ante un umbral: ¿debe cumplir su promesa de iniciar las negociaciones de adhesión con Turquía? Después de la derrota del Tratado Constitucional de la UE en Francia y en los Países Bajos esta primavera, muchos dicen que no se puede ni se debe cumplir lo prometido por Europa hace decenios. Lo que me parece peligroso es que la cuestión de la paz –el motor que ha impulsado la integración europea desde el principio- raras veces surja en el debate sobre lo que se debe hacer después de esos acontecimientos.

Al contrario, estadistas y dirigentes de partidos responsables se han pronunciado abiertamente contra la adhesión de Turquía. Yo habría esperado que esas personas hubieran aprendido de Schumann y Monnet lo que de verdad importa para Europa y su futuro; lamentablemente, no parece ser así.

Naturalmente, no temo algún tipo de choque militar entre Turquía y la UE. Al fin y al cabo, Turquía ha sido y sigue siendo un miembro leal de la OTAN, pero en Europa está surgiendo un choque de culturas cada vez más violento y virulento –en particular en Francia, Alemania, España y los Países Bajos- entre el Islam y las tradiciones humanitarias cristiana y judía.

Para mí, la integración en su unión política de la Turquía musulmana por parte de Europa es el mismo tipo de cuestión de paz que Schumann y Monnet afrontaron con éxito. Hoy Europa necesita la paz entre culturas tanto como en tiempos necesitó la paz entre naciones y ésa es la razón por la que debemos acoger a Turquía entre nosotros.

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