Worldly Philosophers
El mal personificado
Jeffrey A Engel
COLLEGE STATION (TEXAS) – La equiparación de la guerra con el mal individual se ha vuelto omnipresente –si no universal– en la política internacional contemporánea. Las guerras son luchas contra tiranos perversos y los gobiernos ilegítimos que éstos controlan. Semejante retórica permite justificar, reñir y apoyar las guerras más fácilmente, sobre todo a dirigentes democráticos que deben reaccionar directamente ante las oscilaciones de la opinión pública. Semejante lenguaje funciona igualmente bien en cualquier sociedad de la era actual, obsesionada con los medios de comunicación.
Así, pues, no es de extrañar que los dirigentes políticos personalicen constantemente los conflictos internacionales. Por desgracia, semejante lenguaje trillado hace que las guerras resulten más difíciles de evitar y de acabar e incluso más mortíferas.
La retórica del mal personificado resulta fácil de ver con ejemplos americanos, pero en modo alguno es un fenómeno exclusivamente americano. Los dirigentes chinos culpan a los dirigentes taiwaneses de las tensiones entre las dos orillas de su estrecho y al Dalai Lama de todo lo que aflige al Tíbet. Del mismo modo los participantes en protestas en todo el mundo hicieron que George W. Bush se pareciera a Hitler y los mulás de todo el mundo islámico lanzan arengas ritualistas contra los presidentes de los Estados Unidos, a los que consideran satanes terrenales, sin por ello dejar de indicar su profundo afecto al pueblo americano.
Por su parte, a dirigentes americanos recientes les resulta imposible desplegar una fuerza militar sin antes emplear semejante retórica como mantra y muleta. El ejemplo mas famoso se produjo en 1917. Woodrow Wilson, al pedir la declaración de guerra a Alemania, dijo: “No tenemos nada contra el pueblo alemán. Sólo sentimos compasión y amistad por él. No fue él quien incitó a su Gobierno a que entrara en esta guerra”. Sólo el Káiser y sus perversos secuaces eran culpables.
En 1990, George H.W. Bush expuso la misma disculpa: “No tenemos nada contra el pueblo iraquí”. Su hijo dijo lo mismo en 2003 y añadió: “Los iraquíes son las víctimas diarias de la opresión de Sadam Husein”. George W. Bush había observado antes que los americanos no “tenían nada contra el pueblo del Afganistán”, sólo contra Al Qaeda y los talibanes que lo apoyaban. Empleó incluso esa frase en su discurso final sobre el Estado de la Nación en 2008, al decir: “Nuestro mensaje al pueblo del Irán es claro. No tenemos nada contra ustedes. (...) Nuestro último mensaje a los dirigentes del Irán es también claro: permitan la comprobación de que han suspendido su programa nuclear para que puedan comenzar las negociaciones”.
Todos los presidentes americanos desde Wilson han pronunciado, al menos una vez durante su mandato, la frase “no tenemos nada contra” un enemigo extranjero. Semejantes declaraciones suelen hacerse sólo días u horas antes de que empiecen a caer las bombas americanas. Bill Clinton aseguró la víspera del bombardeo de Servia: “He de subrayar con la mayor insistencia que los Estados Unidos no tienen nada contra el pueblo servio”. Barack Obama prometió durante la campaña electoral: “No estamos reñidos con el pueblo iraní. Éste sabe que el Presidente Ahmadinejah es temerario e irresponsable y no atiende a sus necesidades diarias”.
Los presidentes emplean semejante lenguaje con razón. Saben que su público, que se considera a sí mismo un crisol de pueblos, prefiere luchar contra dictadores que contra hermanos y primos extranjeros. De hecho, la formulación inicial de Wilson se debió a un dilema demográfico y político. En 1917, más de una tercera parte de los americanos tenían ascendencia de Alemania o de sus aliados. Wilson no podía pedir a su pueblo que matara “a esos cabezas cuadradas”, como lo hacían con frecuencia los dirigentes británicos o franceses, porque muchos de los soldados de Wilson eran –al menos étnicamente– “cabezas cuadradas” también. En cambio, transformó retóricamente a los soldados americanos de asesinos fratricidas en liberadores de su antigua patria.
Sólo cuando los enemigos extranjeros parecían diferentes de como se concebían a sí mismos los americanos podían los presidentes reñir una guerra contra un pueblo entero. Así, Franklin Roosevelt podía instar simultáneamente a los americanos a que impidiesen que el mundo fuera “dominado por Hitler y Mussolini”, al tiempo que les decía: “Ahora estamos inmersos en una guerra contra el Japón”. La guerra en Europa iba encaminada a liberar a pueblos oprimidos de los tiranos. La guerra en el Pacífico era una guerra racial.
Ese lenguaje políticamente conveniente tiene un inconveniente estratégico. En primer lugar, una vez que se culpa de un conflicto a una sola persona, un Sadam Husein o un Kim Jong Il, resulta difícil encontrar una solución para un conflicto internacional que no acabe con el derrocamiento del tirano. Imagínese a Bush parlamentando con Sadam Husein en 2005 o 2006, si no hubiera vuelto a haber guerra en el Iraq, después de haberlo llamado el Hitler de esta generación.
Más preocupante es la identificación del conflicto con una sola causa humana, que desdibuja el carácter más sistémico e insidioso de los conflictos internacionales. Una vez más, imaginemos que la historia reciente hubiera seguido un rumbo distinto y Sadam hubiese aceptado, en realidad, el ofrecimiento hecho en el último momento por el gobierno de Bush de que se exiliara para evitar la guerra o que el intento inicial de acabar con la vida de Sadam en las primeras horas de la guerra hubiera dado resultado.
Si de verdad el Iraq hubiese tenido armas de destrucción en gran escala, como creía Bush, la marcha de Husein las habría dejado en manos de... ¿quién exactamente? Esa equiparación de la guerra con un tirano solitario impone limitaciones estratégicas a los dirigentes políticos. También propicia, paradójicamente, un mayor número de muertes civiles. Las bombas dirigidas contra dictadores extranjeros o contra su aparato de seguridad casi invariablemente matan a personas muy alejadas de los pasillos del poder. Sus muertes son fáciles de digerir y justificar, siempre y cuando los aviadores y los soldados y el público que los contempla desde su casa crean que la violencia fue al menos dirigida contra la encarnación del mal.
Es evidente que semejante retórica da resultado. Es de carácter mundial, pero también contribuye a que el mundo resulte un lugar más peligroso, al desdibujar los motivos reales de la guerra y permitir que pueblos de todo el mundo justifiquen la violencia y los conflictos, no como un medio para un fin, sino como una misión sagrada de liberación, libertad y erradicación de la tiranía. Mientras los dirigentes no rechacen la retórica del mal como justificación de la guerra, no es probable que ésta desaparezca.
Copyright: Project Syndicate/Instituto de Ciencias Humanas, 2009.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por Carlos Manzano.
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