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El problema que representa Europa para los mercados emergentes

PARÍS – De Hong Kong a Sao Paulo hay un tema que predomina sobre todos los demás entre los grandes inversionistas: Grecia. ¿Permanecerán los griegos en la eurozona? ¿Qué le sucederá a la Unión Europea y a la economía global de no ser así?

Hasta hace poco, Europa era una especie de espejo que confirmaba a las principales economías emergentes la naturaleza espectacular de su propio éxito. Podían contrastar sus elevadas tasas de crecimiento con los altos niveles de deuda de Europa. Podían comparar su “energía positiva” con el pesimismo que prevalecía en Europa. Estaban más que dispuestas a recomendar a Europa que trabajara más y gastara menos, a medida que un orgullo legítimo se mezclaba con un comprensible deseo de ajustar cuentas históricas y mitigar los legados de sumisión y humillación colonial.

Sin embargo, actualmente los países emergentes se preocupan cada vez más por lo que, con razón, perciben como el grave riesgo que significa para sus propias economías la excesiva debilidad de Europa, que sigue ocupando el primer lugar mundial en lo que se refiere al comercio. Además, las dificultades de Europa amenazan la estabilidad política de muchos de estos países, dado el vínculo estrecho –sobre todo en China- entre la legitimidad de los acuerdos existentes y la continuación del rápido crecimiento económico.

Si la crisis en Europa provocara que el crecimiento anual del PIB cayera por debajo del 7% en China, del 5% en India y del 3% en Brasil, los más afectados serían los ciudadanos más vulnerables de esas naciones. Ellos nunca formaron parte de la “cultura de la esperanza” basada principalmente en el éxito material que fue parte esencial de los progresos de esos países. Si las desigualdades sociales llegaran a niveles sin precedentes, la frustración y el resentimiento podrían llegar a manifestarse plenamente.

En ese caso, Europa podría transformarse súbitamente en un espejo muy diferente para los países emergentes que revelaría, si no es que acentuaría sus debilidades estructurales. Por eso, así como Europa debe salvar a la economía griega o a los bancos españoles a cualquier costo, los países emergentes deben hacer todo lo que puedan para contribuir al rescate de la economía europea. Europa ha aprendido que mientras mayor sea la espera más elevado será el costo –y menores las probabilidades de éxito.

Por desgracia, es poco probable que un grupo de países a quienes une sobre todo una negación común de sus responsabilidades globales lleguen a tal conclusión. En efecto, la mayoría de los países emergentes se resistirían a la idea de apoyar el rescate financiero de Europa por varias razones.

En primer lugar, no existe un bloque de países emergentes como tal. No los une una visión común de su futuro ni un ideal político común como la democracia en el mundo occidental. Cualesquiera que sean los límites o contradicciones de los valores compartidos, sería ingenuo desestimar su importancia. Europa y los Estados Unidos seguirán siendo aliados incluso si, al igual que Nicolas Sarkozy en Francia, Barack Obama no consigue la reelección.

En segundo lugar, entre Europa y los países emergentes hay más rivalidad que asociación. Solo los une la desconfianza que comparten hacia China. En ese contexto, es muy difícil imaginar una estrategia común de largo plazo.

Los chinos pueden afirmar que ellos tienden a pensar a “más largo” plazo que los estadounidenses, que piensan más en “sentido amplio” y los europeos, que piensan  más en “sentido profundo”, como lo ha señalado un destacado experto chino de las Relaciones Internacionales. Sin embargo, cuando se trata de la crisis financiera europea, parece que la conducta china está determinada meramente por consideraciones tácticas de corto plazo, como queda de manifiesto con el hecho de que las inversiones en Europa se triplicaron en 2011. Comprar la mitad de la Bahía del Pireo a un precio muy reducido, puede parecer más ventajoso que invertir en la consolidación a largo plazo de la economía y las finanzas griegas, ¿pero es esto cierto?

En tercer lugar, el oportunismo a corto plazo de los países emergentes se basa en una doble desconfianza: hacia Europa, naturalmente, pero paradójicamente también hacia ellos mismos. Es decir, carecen de confianza en su capacidad de hacer lo que les corresponde para rescatar al hombre enfermo de la economía global en que se ha convertido Europa.

Ciertamente, esto es contrario al triunfalismo que emana de Asia en particular. Kishore Mahbubani, de Singapur, uno de los principales pensadores sobre política internacional, declaró recientemente en una conferencia que organizó mi instituto en Viena que el próximo milenio sería asiático. Y, sin embargo, se percibe entre las élites de los países emergentes algo parecido a una duda existencial que la crisis europea ha contribuido a reforzar.  Esta inseguridad se manifiesta de muchas formas: desde la acumulación de riqueza líquida como forma de seguro contra las incertidumbres extranjeras y nacionales, hasta la elección de muchos, si no es que de la mayoría, de enviar a sus hijos a estudiar fuera de sus países.

De hecho, el hombre enfermo –indudablemente europea, si no es que occidental- podría resultar más resistente, debido a la fuerza de sus defensas naturales: la democracia y el Estado de derecho. Por eso, la actual crisis europea bien podría ser una prueba crucial para los países emergentes, que son más dinámicos que Europa económicamente pero, a final de cuentas, más frágiles políticamente.

Traducción de Kena Nequiz