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La Segunda, y Última, Oportunidad de Irlanda

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2002-10-14

Una vez más, el electorado irlandés tiene que votar "sí" o "no" al Tratado de Niza. ¿Ya se olvidaron en qué conciste ese tratado? Bueno, es uno de esos demasiado frecuentes compromisos difíciles alcanzados por líderes de estado y de gobierno de la Unión Europea (UE) que buscan rodear y atravesar algunos problemas prácticos al mismo tiempo que postponen otros problemas.

El compromiso logrado en Niza hace cuatro años es importante porque contiene, entre otras provisiones, todos los tecnicismos de los balances de voto y la distribución del poder de las instituciones de la UE, los cuales deben estar firmemente afianzados antes de que la Unión pueda admitir a nuevos miembros. La ampliación es el asunto más importante de la agenda europea y el Tratado de Niza es su piedra angular. Sin él, no será posible que los países candidatos sean invitados en diciembre a volverse miembros de la Unión, como fue prometido en Copenhague hace diez años.

Los irlandeses rechazaron el Tratado de Niza en un referendum realizado el año pasado. Todo el aparato político del país, su gobierno, los principales partidos políticos (incluyendo a la oposición), los sindicatos y los patrones, apoyaron el "sí". Pero quienes estaban a favor de ese "sí" no pudieron articular con claridad por qué la gente debería votar en favor del Tratado. La mayoría de sus electores terminaron por ignorar el tema en su totalidad. El "no" ganó 54%, pero sólo 35% de las personas en capacidad de votar se tomaron la molestia de ir a las casillas.

Todavía es difícil vislumbrar por qué el "no" atrajo tanto apoyo, incluso considerando la generalizada apatía. La oposición al Tratado de Niza fue y sigue siendo un bizarro estofado irlandés de pacifismo, religión y socialismo, entre otras fascinantes excentricidades locales. Sin embargo, a pesar de haber logrado que al Tratado de Niza se le añadiera un protocolo especial que garantiza la tan estimada neutralidad de Irlanda, los partidarios del "sí" se enfrentan a una batalla cuesta arriba.

La interferencia externa debería siempre evitarse en situaciones como esta. Después de todo, una de las libertades que la democracia le brinda a los votantes es el derecho a comportarse de tal forma que a los forasteros puede parecer irresponsable e incoherente. Siempre y cuando no le impongan cargas irrazonables o insoportables a otros, esas decisiones democráticas merecen pleno respeto.

Pero es necesario hacer que a los irlandeses les quede bien claro cuáles serán las consecuencias que el próximo referendum tendrá en Europa, de manera que después nadie pueda decir que no sabía qué era lo que estaba en juego. Si los irlandeses votan "no" por segunda ocasión y esto lleva a la postergación de la ampliación de la UE, le impondrían a Europa una carga irrazonable e insoportable.

Renegociar el Tratado de Niza no sería una opción. Esto abriría una caja de Pandora de demandas provenientes del resto de los países. El resultado del referendum irlandés del año pasado hizo que Italia sugiriera que la UE garantizara a los estados miembros que no perderían el apoyo financiero si se trajese a países más pobres a la Unión. Pensar así es la forma más segura de bloquear la ampliación.

Debe hacerse que el pueblo irlandés entienda que si no pueden aceptar el Tratado de Niza, tampoco pueden bloquearlo. Un nuevo "no" sólo puede resultar en una cosa: el alejamiento de Irlanda de las instituciones de la UE, de una manera o de otra. Esta es la verdadera opción que enfrentan los irlandeses ahora.

Existe una importante situación paralela: en 1992 los daneses votaron un sorprendente "no" en relación al Tratado de Maastricht. Los daneses obtuvieron sus propios protocolos extra (una garantía de neutralidad como la que se le brindó a los irlandeses) que les permitían no participar en ciertas áreas de la cooperación con la UE. Esto llevó a un nuevo referendum, en el cual los daneses optaron por el "sí".

Pero, y esto es crucial, a los daneses se les dijo en términos nada inciertos que el segundo "no" llevaría a una situación en la que Dinamarca tendría que dejar la Unión. Si los daneses no querían el Tratado de Maastricht su opción sería plenamente respetada, pero no se les permitiría imponer su voluntad a sus socios.

Los irlandeses están en la misma situación ahora. Decir "sí" o "no" al Tratado de Niza está en sus manos. Su decisión debe ser respetada, pero no se les puede permitir detener el proceso de ampliación.

Que Irlanda, la cual ha obtenido mayores beneficios de la integración europea que casi todos los demás países, bloquease la entrada de naciones que se encuentran en una situación todavía más desesperada que la de Irlanda misma hace 30 años, sería una ironía de proporciones históricas. Europa debe de aceptar en la Unión a los candidatos del centro y del este del continente, y debe de hacerlo ahora. Ya se ha perdido demasiado tiempo. La ventana de oportunidad para crear una Europa plena y libre después de medio siglo de divisiones y miserias podría no mantenerse abierta por tiempo indefinido.

Uffe Ellemann-Jensen es ex Ministro del Exterior de Dinamarca y presidente del Centro de Estudios Internacionales y Derechos Humanos del mismo país.

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