Saturday, October 25, 2014
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Economizar la vida y la muerte

¿Se ha sentado alguna vez el lector junto al lecho mortuorio de una vida estadística? Las "vidas estadísticas" son lo que los políticos salvan o dejan morir o matan, cuando deciden las asignaciones de recursos para la atención de salud.

El de la atención de salud no es el único sector en el que las decisiones políticas son asuntos de vida o muerte. Muchas políticas –los programas medioambientales para reducir la contaminación atmosférica, las medidas educativas para difundir los efectos perjudiciales del tabaco, las medidas de ordenación del tráfico que reducen el riesgo de accidentes automovilísticos– salvan vidas… y omiten otras que se habrían salvado, si se hubiera gastado el dinero de otro modo.

Por eso, si el lector se ha sentado alguna vez junto al lecho mortuorio de alguien, la respuesta puede ser perfectamente que sí: se ha sentado junto al lecho mortuorio de una vida estadística.

Aun así, decimos que John murió de cáncer, no que muriera de la decisión política de dejar de pagar la detección de casos de cáncer. Decimos que Mary murió en un accidente automovilístico, no que fuese una víctima de la legislación relativa al tráfico por carretera. En una palabra, no solemos reconocer las decisiones políticas como causas de muertes individuales.

Muy distinto sería, si se conocieran las identidades de las futuras víctimas en el momento en que se adoptan semejantes decisiones. Imaginemos que así no fuera y que las víctimas concretas de decisiones políticas miraran fijamente –por decirlo así– a la cara de los encargados de adoptar las decisiones, como si éstos las tuvieran apuntadas con un arma. Estoy segura de que la formulación de políticas quedaría detenida de repente.

De hecho, la analogía del mantenimiento de las víctimas apuntadas con un arma es engañosa, porque en la adopción de decisiones públicas apenas podemos decir que, mientras no apretemos el gatillo, no hay problema. En vista de que todo lo que sucede es en cierto modo consecuencia de la adopción de decisiones, la distinción entre matar a alguien y dejarlo morir no es convincente. Por eso, tal vez los encargados de la adopción de decisiones, al encontrarse ante las víctimas de políticas anteriores y de las víctimas futuras de las actuales, se alegrarían simplemente de poder por fin asignar recursos de un modo óptimamente eficiente.

No parece probable. De hecho, el experimento mental de convertir las vidas estadísticas en identificables subraya un aspecto importante de la formulación de políticas: gran parte del atractivo –si no todo– de la asignación "eficiente" de recursos depende del anonimato de las víctimas. Su total anonimato explica por qué las normas de la eficiencia –dejar a lo pacientes más "caros" sin tratamiento, cuando los recursos son escasos, pongamos por caso– no provocan protestas.

Ese anonimato también se da en el caso de quienes se quedan sin tratamiento a consecuencia de la selección de las víctimas cuando azotan los desastres naturales o provocados por el hombre, pero, por la misma razón, las normas en materia de eficiencia a menudo provocan protestas efectivamente, cuando se las usa o propone para racionar los servicios médicos en la medicina cotidiana. Parte de la vida cotidiana de muchos ciudadanos –parte incluso de su identidad– es que padezcan un problema de salud que resulta caro. Conforme a un régimen de eficiencia, igual podrían llevar una diana en la frente.

¿Y qué decir de los ciudadanos jóvenes y sanos? A muchos se les declararán problemas de salud caros en el futuro, pero su futuro es desconocido, como lo es el destino de las futuras víctimas de desastres. ¿Por qué no habrían de aceptar plenamente una asignación eficiente de los recursos? Se podrían salvar muchas vidas estadísticas –la del lector tal vez–- excluyendo el pago futuro de algún tratamiento médico caro (la hemodiálisis, pongamos por caso) para quienes ahora están sanos y reasignando los fondos para programas de prevención baratos, pero eficaces. Como en este caso no se plantea la cuestión de la equidad, ¿no sería sencillamente irracional rechazar la eficiencia? Al fin y al cabo, al salvar vidas estadísticas se salvan vidas individuales.

Que se vea o no una distinción entre las vidas estadísticas y las individuales depende de si se concede valor no sólo al momento de la muerte, sino también a su forma. Morir es duro, pero es nuestro destino como seres humanos y suele ser aceptado con dignidad cuando llega la hora. Aun así, mientras vemos una posibilidad de escapar de la muerte, salimos corriendo y esperamos que quienes nos prestan asistencia busquen las vías de escape.

Así, pues, en este caso hay una diferencia: cuando se muere por falta de atención médica, hay una vía de escape. Está claramente indicada, pero nadie nos ayuda a llegar a ella. Permanecen de brazos cruzados y nos abandonan a la muerte. En cambio, cuando morimos por falta de políticas de prevención, puede ocurrir antes de tiempo, pero no es que se nos deje morir sin hacer nada. Ésa es la razón por la que estar sentado junto al lecho mortuorio –e incluso yacer en él– de una muerte estadística puede resultar más tolerable, al fin y al cabo.

Tal vez una esperanza de vida ampliada al máximo resulte más valiosa para el lector que vivir en una sociedad en la que los médicos no dejen morir a pacientes curables, si no pueden pagar de su bolsillo el tratamiento necesario. Pero no hay nada irracional en adoptar una decisión diferente. Todo depende de un juicio de valor… uno de los muchos juicios de valor que las sociedades deben emitir respecto de la medicina moderna. Cuanto mayores lleguen a ser las capacidades técnicas y los costos de la medicina moderna, más discutido será ese juicio de valor determinado.

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