Friday, April 18, 2014
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El nuevo orden mundial de los economistas

La mayoría de los economistas académicos se basan en conceptos planteados a principios del siglo XX por el economista inglés, Alfred Marshall, quien decía que "la naturaleza no da saltos". Sin embargo, a nosostros los economistas nos inquieta cada vez más la aparente insuficiencia de las herramientas de Marshall con que nos explicamos el mundo.

El prejuicio central de esas herramientas es que debemos confiar en que el mercado resuelva los problemas que le presentamos y que no debemos esperar que los cambios pequeños (o incluso los grandes) tengan efectos enormes. Un salto tecnológico que eleva los salarios de los trabajadores calificados y profesionales inducirá a otros a capacitarse y profesionalizarse, con lo que se restablecerá el equilibrio de forma que la desigualdad no crezca demasiado.

Igualmente, un país donde la productividad de la mano de obra es baja se hará atractivo para la inversión extranjera directa y el aumento resultante de la relación capital-trabajo elevará la productividad. A donde quiera que miremos utilizando las herramientas de Marshall, veremos que el equilibrio económico mantiene las cosas en su lugar compensando y atenuando los efectos de los shocks y las perturbaciones.

La economía de Marshall ha tenido una vida maravillosa y ha ayudado a los economistas a comprender el mundo. No obstante, hay un sentimiento de que para avanzar y comprender hará falta algo nuevo --una economía de círculos virtuosos, umbrales y efectos mariposa en la que los cambios pequeños tengan efectos muy grandes. Tal vez siempre haya sido así. Para los estándares de hace siglos vivimos en un mundo de riqueza increíble. Dentro de dos generaciones la alfabetización será prácticamente universal.

Sin embargo, hace tres siglos también había avances tecnológicos, desde el reloj mecánico y el molino de agua hasta el cañón y la carabela y las variedades de arroz que se pueden cosechar tres veces al año en Guangzhou y la cría de borregos merinos que prosperan en las colinas de España. Pero esas innovaciones sólo sirvieron para incrementar la población humana, no para elevar los niveles medios de vida.

Si hoy en día dividiéramos en partes iguales lo que producimos a nivel mundial, ¿obtendríamos un nivel de vida diez veces superior al de nuestros ancestros preindustriales? ¿Veinte veces? ¿Cien veces? ¿Siquiera tiene sentido la pregunta?

A David Landes le gusta contar la historia de Nathan Meyer Rothschild, el hombre más rico del mundo en la primera mitad del siglo XIX, quien murió antes de los sesenta años de un absceso infectado. Si se le diera la opción de vivir la vida que llevó de príncipe de las finanzas europeas o una vida hoy en día en las escalas más bajas de la distribución del ingreso pero con treinta años más para ver a sus bisnietos, ¿cuál escogería?

No hay duda de que actualmente vivimos en un mundo extremadamente desigual. Hay familias cerca de Xian, en lo que fue el corazón del imperio de la dinastía Tang, que tienen granjas secas de trigo de menos de una hectárea y una sola cabra. Hay otras familias en todo el mundo que podrían comprar esa granja de trigo con el salario de un día.

La economía de Marshall --la economía del equilibrio de la estática comparativa, de los movimientos de las curvas de oferta y demanda y de las respuestas favorables-- es de poca ayuda para explicar eso. ¿Por qué, a nivel mundial, se estancaron durante tanto tiempo los niveles de vida? ¿Por qué la tasa de crecimiento ha experimentado una aceleración extraordinariamente rápida en un periodo tan corto? ¿Dónde está la economía de los inventos, la innovación, la adaptación y la difusión? No con Marshall. ¿Y por qué el mundo actual

es tan desigual que resulta difícil encontrar mediciones de la distribución global que no presenten divergencias al menos hasta la década de 1980?

Han pasado generaciones desde que los economistas Robert Solow y Moses Abramovitz señalaron que las herramientas de Marshall son de poca ayuda para comprender el crecimiento económico moderno. Las verdaderas fuentes de crecimiento no se encuentran en la oferta y la demanda y la asignación de recursos escasos para usos alternativos, sino en el cambio tecnológico y organizacional, sobre lo cual los economistas tienen muy poco qué decir.

Los historiadores económicos como Ken Pomeranz señalan atinadamente que antes de la revolución industrial las diferencias en los niveles medios de vida en las civilizaciones avanzadas de Eurasia eran relativamente pequeñas. A finales del siglo XVII, un campesino del valle del Yangtzé tenía un estilo de vida distinto del de su contemporáneo del valle del Támesis, pero ninguno era claramente superior o inferior.

Dos siglos después las cosas ya no eran así: hacia finales del siglo XIX, los niveles de vida medios en Inglaterra y otros países a los que se había extendido la revolución industrial estaban, por primera vez en la historia, a años luz de cualquier punto de referencia neomalthusiano de subsistencia. Los logros económicos de los primeros años de la era industrial se dieron a pesar de la pérdida de una proporción sustancial del ingreso nacional para mantener a una aristocracia corrupta, decadente y despilfarradora. Se dieron a pesar de una triplicación de la población que ejerció una extraordinaria presión malthusiana sobre los recursos subyacentes a la economía y a pesar de la movilización de una proporción sin precedentes del ingreso nacional durante casi un siglo de guerra intensiva contra Francia, una potencia con una población tres veces superior a la de Inglaterra. ¿Cómo se dieron exactamente esos logros? ¿Cuáles fueron las pequeñas diferencias que resultaron tan importantes?

Los economistas comienzan a darse cuenta de que las preguntas más interesantes a que se enfrentan siempre estuvieron más allá del alcance de las herramientas de Marshall. Sin duda

--para que sea exitosa y pueda avanzar-- la economía tiene que ser muy distinta dentro de una generación de lo que es actualmente.

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