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Awakening India by Shashi Tharoor |
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The Next Wave by Naomi Wolf |
En América Latina, mucha gente vive con las manos extendidas. En todo el hemisferio, los gobiernos paternalistas acostumbran a sus pueblos a recibir apenas lo suficiente para sobrevivir, en lugar de participar en la sociedad. A lo largo y ancho de la región, los políticos que alguna vez Octavio Paz llamara los "ogros filantrópicos" crean clientes en vez de ciudadanos, pueblos que esperan en lugar de exigir.
América Latina cojea a un costado porque no puede correr decididamente hacia adelante. De partida, hay demasiadas barreras para los pobres, los innovadores y quienes no tienen acceso al crédito. Existen demasiados muros erigidos contra la movilidad social, la competencia y la equidad en la política y los negocios.
Como resultado, aunque los latinoamericanos pueden votar en un ambiente más democrático, no pueden competir en un mundo globalizado. Los estándares de vida han caído, los ingresos se han estancado y se ha perdido fe. De modo que la gente ha comenzado a marchar por las calles de Bolivia. O cree las promesas del Presidente populista Hugo Chávez en Venezuela. O piensa en un retorno al pasado unipartidista en México. O ansía un "que se vayan todos", sentimiento que hoy parece estar arraigándose en Brasil. O vota con sus pies, como en México, donde uno de cada cinco hombres de entre 26 y 35 años vive en los Estados Unidos.
La región es al mismo tiempo más democrática y más desigual que hace diez años. Unidos por el derecho a voto, los latinoamericanos siguen divididos por la pobreza. Las economías de América Latina están organizadas de un modo que concentra la riqueza en unas pocas manos y a continuación le permite no pagar impuestos, privando a los gobiernos de los recursos necesarios para invertir en el capital humano de sus ciudadanos.
Pocos gobiernos de América Latina se han comprometido a hacer esta inversión. En lugar de ello, lo que el pueblo latinoamericano ha obtenido en la era democrática es un montón de obras públicas: puentes, carreteras y estructuras masivas, diseñadas para generar apoyo político de corto plazo. En tales proyectos, los políticos manipulan y compran votantes en lugar de verdaderamente representarlos.
Estas prioridades distorsionadas reflejan una realidad muy simple: la democracia de América Latina parece incapaz de desmantelar las viejas redes de clientelismo y sus tradicionales arreglos para compartir el poder. Las viejas elites siguen resguardadas en sus vecindarios bien protegidos, dejando afuera a los pobres y sin ningún incentivo para darles poder, ya que una abundante mano de obra barata es tan beneficiosa para quienes la emplean.
Esto significa que amplios porcentajes de la población no terminan la secundaria, no tienen acceso a la universidad ni se convierten en ciudadanos con pleno ejercicio de sus derechos en sus propios países ni en el mundo. Siguen al servicio de sistemas socioeconómicos donde las relaciones personales importan más que las calificaciones y las habilidades, y en donde los puestos se asignan en base a la lealtad, no al mérito. Las puertas se abren para los que tienen el apellido y los contactos correctos, y los contratos se adjudican con una palmada en la espalda y un guiño del ojo. Los monopolios estatales se venden a amigos que entonces de convierten en multimillonarios, como el mexicano Carlos Slim.
A pesar de los desórdenes en Bolivia y el avance de los políticos populistas, América Latina no está a punto de sufrir un desastre económico. De hecho, la región se mantiene en gran parte estable. No obstante, eso no es suficiente para hacer que la gente pase de una fábrica de tortillas a una compañía de software, para crear una clase media amplia y asegurar así la movilidad social.
La democracia puede estar funcionando lo suficientemente bien en términos de elecciones libres y justas. Pero alguna otra cosa no está funcionando bien, y va más allá de presidentes específicos, ya se trate del populista Chávez de Venezuela, del conservador Fox de México, o del izquierdista moderado Lula de Brasil. Tiene que ver con una realidad profunda, histórica, estructural.
La democracia disfuncional de América Latina es el resultado de un patrón de comportamiento político y económico que la condena al estancamiento, independientemente de quién gobierne. Tiene su raíz en un patrón de reformas estructurales pospuestas o realizadas a medias, de privatizaciones que benefician a las elites pero perjudican a los consumidores.
Esto ha dado sustento a un modelo que pone más valor en la extracción de recursos que en la educación y la potenciación de la gente. Los recursos abundantes, como el petróleo, son una maldición para la democracia en los países en desarrollo, ya que cuando un gobierno obtiene los ingresos que necesita mediante la venta del petróleo, no siente la necesidad de cobrar impuestos. Los gobiernos que no necesitan ampliar su base de contribuyentes tienen menos incentivos para responder a las necesidades de sus pueblos.
De hecho, los gobiernos que se basan en el clientelismo en lugar de la plena ciudadanía no necesitan dar respuesta alguna. Producen democracias superficiales, donde las personas tienen voto pero no participan realmente parte en la toma de decisiones, en donde la riqueza está cada vez más concentrada y la brecha entre los ingresos es más difícil de cerrar.
Peor aún, tales gobiernos, ya sea autoritarios o nominalmente democráticos, convierten a sus ciudadanos en destinatarios de dádivas, en lugar de participantes. Crean gente que vive con las manos extendidas y no con las manos alzadas.
Denise Dresser es profesora de ciencias políticas en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM)
Copyright: Project Syndicate, 2005.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por David Meléndez Tormen