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Abajo con el europaternalismo

La presidencia italiana de la Unión Europea carga con una enorme responsabilidad, a saber, revitalizar la ampliación como aspecto clave de la UE. Un buen lugar para empezar sería promover una actitud distinta hacia la adopción del euro por parte de los nuevos miembros. En efecto, la actual postura paternalista de las instituciones de la UE hacia los nuevos miembros amenaza con crear una Europa de dos niveles que complicará las tareas de la integración.

Los países que se van a adherir han cumplido con su parte del trato, al alcanzar un nivel de integración comercial con los países de la UE que es incluso más alto que en muchos de los miembros actuales. Tres de ellos (Estonia, Letonia y Lituania) tienen consejos monetarios o tipos de cambio fijos al euro, como Bulgaria, cuyo ingreso a la UE se tiene previsto para 2007. Los demás han declarado durante varios años su interés en adoptar el euro pronto, en algunos casos de forma unilateral, incluso antes de su ingreso a la UE (una postura que tiene el apoyo abierto del Banco Nacional de Polonia, y en menor medida de los bancos nacionales de Hungría y de la República Checa).

Pero a pesar de sus avances en disminuir la inflación y las tasas de interés hasta niveles cercanos a los de la UE, muchos de los países candidatos temen que con la apertura total a los flujos de capital (que es un requisito para la membresía) quedarán expuestos a los riesgos de interrupciones súbitas de esos flujos y a crisis de divisas. Han aprendido las lecciones de América Latina y Asia de 1990. La adopción del euro les ofrecería una forma estupenda de evitar esos riesgos y concentrarse en la creación de crecimiento real para sus economías.

Pero la respuesta de las instituciones de la UE, a saber, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea, ha sido negativa: se les dijo a los países candidatos que primero deben permanecer al menos dos años en el Mecanismo Europeo de Tipo de Cambio (MTC II) donde los aspirantes a miembros del euro deben demostrar el temple de sus políticas. En un principio, incluso los consejos monetarios eran considerados inaceptables, aunque, como frecuentemente sucede en Europa, se hicieron excepciones: los países con consejos monetarios podrían conservarlos después de su ingreso a la UE.

La oposición del BCE y de la Comisión a una adopción rápida del euro carece de bases sólidas. Lo que le debería importar a la UE es que las políticas de un Estado miembro no sean perjudiciales para los demás.

Como argumenta Leszek Balcerowicz, Gobernador del Banco Nacional de Polonia, la adopción del euro por parte de los países candidatos seguramente creará beneficios para ellos, y en el peor de los casos no afectará a los miembros actuales. En efecto, el tamaño en conjunto de las economías de los países candidatos es tan pequeño (alrededor del 6% del PIB de la UE ampliada) que no hay forma de que puedan tener un efecto significativo sobre el euro.

Pero la oposición sostenida de las instituciones de la UE ha llevado a la mayoría de los países candidatos a abandonar la idea de adoptar el euro de manera unilateral o tan pronto como sea posible después de ingresar a la Unión. Desgraciadamente, la terquedad del BCE y de la Comisión Europea le está dando armas a los gobiernos populistas de los países candidatos que esperan una revaluación de la divisa para evitar la disciplina fiscal que implicaría la adopción del euro. Sin embargo, esa expansión fiscal probablemente descalificaría a un país de ingresar al euro en el futuro cercano.

En efecto, los países candidatos que no han implementado consejos monetarios han visto aumentar sus déficits (por encima del 9% del PIB en Hungría y arriba del 5% en Polonia, la República Checa y Eslovaquia), mientras que la llegada de flujos importantes de capital ha mantenido a sus divisas bajo fuertes presiones de revaluación. Esta tendencia expone a las economías reales de los países candidatos precisamente a los riesgos de reversión de flujos de capital y crisis de divisas que la adopción temprana del euro debería eliminar.

Es irónico que funcionarios del BCE y la Comisión Europea estén sermoneando a los países candidatos sobre las ventajas y desventajas entre la convergencia nominal y la real. La meta de crecimiento para los países candidatos es aparentemente el único imperativo en Bruselas; la estabilidad macroeconómica puede esperar. Los déficits grandes apoyan el crecimiento, pero la inflación evidentemente no es problema.

Si esta línea de pensamiento suena conocida, tal vez se deba a que (más o menos) recapitula las bases del sistema insostenible de planeación con el que los países candidatos rompieron a principio de los años noventa. Por supuesto, ha sido la adopción por parte de las naciones excomunistas de políticas económicas racionales, dirigidas por los mercados, lo que las ha puesto a punto de ser miembros de la UE. Por ello, las instituciones europeas deberían abandonar su enfoque paternalista y tomar en serio las preocupaciones de los banqueros centrales de los países candidatos sobre los riesgos de mantener sus propias monedas por un tiempo prolongado, durante el cual, sus economías se tienen que abrir por completo a los flujos de capital.

Como están las cosas, el BCE y la Comisión Europea están apoyando de facto las posturas de los gobiernos populistas de Europa oriental, que ya se están gastando los fondos que esperan obtener de la UE en el futuro. Ya es tiempo de que las instituciones de la UE aborden con más seriedad los retos que plantea y las oportunidades que ofrece la ampliación. Pueden comenzar dándole una consideración más favorable a la adopción temprana del euro por parte de los países candidatos, tanto para quienes tienen consejos monetarios, como para quienes cuentan con tipos de cambio flotantes.

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