La Unión Europea, después de una rencilla de tres ańos con el Presidente Bush, está muy interesada en que se la considere una protagonista con la que se deba contar en el mundo. Muchos dirigentes de la UE ven un nuevo respeto posible en forma de “cooperación estratégica” con China destinada a equilibrar el poder de los Estados Unidos.
Algunos quieren que dicha cooperación comprenda el comercio de armamento avanzado, como lo atestigua la reciente campańa para eliminar la prohibición de que la UE venda armas a China, que se remonta a quince ańos atrás. Aunque los Estados Unidos ponen poderosas objeciones al respecto, algunos europeos hacen caso omiso de ellas.
Pero China no es un interlocutor comercial cualquiera. Aunque no está comprometida abiertamente con la oposición a los valores e intereses occidentales, los intereses de China en la intimidación a Taiwán y la afirmación de su hegemonía regional en toda Asia no son, desde luego, los de Europa y Occidente, por no citar al Japón, a la India y al resto de Asia.
De hecho, China se situó junto a Rusia, Belarús y otros pocos regímenes despóticos, al reconocer prematuramente como Presidente de Ucrania a Viktor Yanukovich, que ha manifestado actitudes de matonismo y fraude electoral. No debe extrańar, pues el Gobierno de China no piensa celebrar pronto elecciones libres y justas. De hecho, tal vez la “revolución anaranjada” de Ucrania, con los millares de participantes en las protestas en la plaza de la Independencia de Kiev, sirviera de potente recordatorio para los dirigentes de China de las protestas en la plaza de Tienanmen de hace quince ańos y –en contraste con Ucrania- su estrategia de represión brutal.
La ejecutoria de China en materia de derechos humanos, aunque no tan tenebrosa como hace quince ańos, sigue siendo pésima. El informe anual sobre derechos humanos del Foreign Office británico correspondiente a 2004, el más completo de la UE, condena el frecuente recurso de China a la pena de muerte (incluso para delitos como los de corrupción, proxenetismo, tráfico de drogas y fraude fiscal), sus torturas sistemáticas a los disidentes y sus restricciones de la libertad de expresión –incluida la red Internet- y religión.
En las cumbres UE-China se plantean repetidas veces todas esas violaciones, sin que se consiga nada o muy poco al respecto. Así, pues, żes éste el momento de poner fin a la prohibición de venta de armas impuesta por Europa y los Estados Unidos después de la matanza de la plaza de Tiennamen en 1989?
La ejecutoria de China en materia de derechos humanos no es el único problema. Ya es bastante grave que no exista mecanismo alguno para impedir al Gobierno de China que utilice armas procedentes de la UE para la represión interna. Pero tampoco existe un mecanismo que impidiera a China reexportar las armas a países como Corea del Norte. De hecho, China tiene una ejecutoria comprobada de proliferación múltiple, pues ayudó al Pakistán a construir su bomba atómica. Su papel en la facilitación de materiales de propulsión de cohetes al Irán sigue sin haberse aclarado.
Aun así, Francia y Alemania, a las que siguen de cerca Gran Bretańa e Italia, dicen que esas críticas han quedado anticuadas. (Holanda, los países escandinavos y los países ex comunistas de la Europa oriental, que están familiarizados con la represión comunista, se oponen firmemente a esa actitud.) Los partidarios de suprimir la prohibición de exportación de armas sostienen que esa letanía de pecados no refleja los avances reales de China en materia de derechos humanos y castiga a los puestos de trabajo de la industria de armanento europea en beneficio de Rusia, que disfruta de un activo comercio de armas con su vecino (cosa que algún día podría lamentar).
Para Francia, el levantamiento del embargo es también un importante símbolo, como reconocimiento del papel de China en la lucha contra el terrorismo islamista. Libia vio anulada ostensiblemente esa clase de restricciones de la UE el pasado mes de octubre por haberse unido a la lucha contra el terrorismo y haber abandonado sus armas de destrucción en gran escala. Además, los partidarios de reanudar el comercio de armas UE-China consideran que esas ventas resultan estabilizadoras en momentos de turbulencia política y se resisten a permitir que una política negativa obstaculice unos buenos negocios.
Las apologistas de China afirman que el Código de Conducta de la UE sobre las exportaciones de armas, de 1998, es suficiente para limitar las ventas de armas, pero pasan por alto cómodamente el hecho de que dicho Código de Conducta sea voluntario y, por tanto, no se pueda imponer su cumplimiento. Ésa es la razón por la que todos los partidos del Parlamento Europeo votaron el pasado mes de noviembre en contra del levantamiento de la prohibición hasta que se dé carácter vinculante al Código de Conducta.
żSe puede hacer algo para aunar las políticas de la Alianza Atlántica en materia de exportaciones de armas? El comercio con un país con la ejecutoria de China en materia de derechos humanos no debe tener sentido sólo desde el punto de vista económico; también debe ajustarse a los objetivos más amplios de la política exterior, lo que significa, por encima de todo, renunciar al comercio que dificulte la consecución de dichos objetivos.
Así como los presidentes estadounidenses resultaron ridículos cuando en los decenios de 1970 y 1980 sometieron la política exterior de su país a los dictados de los productores americanos de trigo, los gobiernos europeos que están dispuestos a hipotecar la seguridad asiática en pro de una China inestable tampoco inspiran respeto. La enseńanza que de ello se desprende es clara: los intereses en materia de seguridad deben tener prelación sobre los intereses comerciales.
Así, pues, hace falta una coordinación transatlántica para velar por que cualquier comercio con China de armas de tecnología avanzada y tecnologías con aplicaciones armamentísticas no contribuya a aumentar la capacidad militar de China y por que la competencia entre los productores occidentales de bienes que puedan venderse legítimamente a China no menoscabe la unidad política occidental.
En la época de la guerra fría, existía un mecanismo para esa clase de comercio. Desde 1949 hasta la caída del Muro de Berlín, el Comité Coordinador del Grupo Consultivo (COCOM) supervisaba y vigilaba la exportación de tecnología occidental a la Unión Soviética. Lo hacía mediante un acuerdo de caballeros y con bastante éxito. El COCOM brindó una oportunidad para resolver pacíficamente las peleas y colmar las lagunas jurídicas. Algo similar resulta urgentemente necesario ahora.


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