Wednesday, April 23, 2014
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¿Tiene futuro el capitalismo?

NEW YORK – A medida que el año 2008 llega a su fin, muchos europeos han comenzado a hablar del fin del capitalismo. Olvidan que el capitalismo en Europa ya dio paso una vez –a menudo de manera violenta- al estatismo y al corporativismo en los años 30, para resucitar sólo en algunos de sus países en los años 80.

Sin embargo, en vista de la crisis financiera actual –la última de una serie de crisis que ha visto el capitalismo- es justo preguntar si en los países donde existe, sus beneficios, si los tiene, superan sus costes. Aunque Marx confesó una considerable admiración por el capitalismo, hoy se sugiere que su virtud -el espíritu de emprendimiento- se puede inocular en otro tipo de sistema que no tenga la destructividad a la que predispone el capitalismo.

La admiración inicial que recibió el capitalismo fue por ser "progresista", en palabras de Marx. Cuando la productividad aumentaba, no volvía a caer. De hecho, con el surgimiento, pieza a pieza, del capitalismo financiero, alrededor de 1820, la productividad despegó en en un país europeo tras otro -Gran Bretaña, Bélgica, Francia, Alemania y Austria-. Se aceleró aún más en los Estados Unidos, donde había comenzado a aumentar antes incluso. Los pocos datos históricos disponibles para el análisis sugieren que, alrededor de 1820, más o menos, los salarios (ajustados hacia abajo según los brotes de inflación de las décadas anteriores y hacia arriba según la deflación de las décadas subsiguientes) comenzaron a aumentar de modo similar.

Hoy en día existe una respetable gama de opiniones que cuestionan que el crecimiento de la productividad más allá de los altísimos niveles que vemos hoy en día tenga gran valor en comparación con los enormes costes que, en la mayoría de los debates, se da por supuesto que conlleva. No obstante, los estudios empíricos muestran que esta opinión de moda carece de sustento, y esa es también mi opinión.

Primero Antesque todo, los europeos piensan que el capitalismo es el “libre mercado”, el laissez-faire, pero su verdadero significado es más bien la apertura y la asimilación de las innovaciones que surgen desde la base misma de la sociedad. No significa per se amenazar una amenaza alos beneficios sociales de nadie.

La hipótesis de moda niega hasta el beneficio más evidente. Reconozco que los altos salarios de mis amigos bastan para prácticamente todas sus necesidades previsibles. Incluso mi propio salario basta para las mías. Sin embargo, los aumentos de la productividad casi siempre generan aumentos de los salarios a lo largo y ancho de una economía. Y los aumentos en el nivel general de salarios tienen un valor social altamente beneficioso.

Estos aumentos hacen posible que más personas dejen de lado empleos repetitivos, tediosos u onerosos en favor de trabajos estimulantes, interesantes y que desarrollen la mente. Los “oscuros molinos de Satán” de la era de Marx han desaparecido gracias a una mayor productividad, no a una mayor regulación por parte del estado.

La otra dificultad con esa hipótesis de moda es que la mayor parte de los supuestos costes son ilusorios o inventados. La idea de que un capitalismo eficiente genera un mercado del trabajolaboral débil, produciendo mayor desempleo y menor participación de la fuerza de trabajo no resiste un análisis serio. Por el contrario, las innovaciones que el capitalismo estimula y facilita generan empleos en las nuevas compañías que crean para desarrollar ideas, en marketing y en niveles de administración y gerencia que deben mantenerse al día con las nuevas organizaciones y herramientas.

La idea de que la gente común y corriente siente angustia ante el pensamiento de que otras personas disfrutan de una riqueza extraordinaria también se cultiva en los círculos de moda, sin que se presente evidencia alguna. La mayoría de la gente es lo suficientemente práctica como para ver que cuando, digamos, tiene que ir al hospital a hacerse exámenes lo que importa es que haya disponible el tipo correcto de máquina de diagnóstico, no si hay una máquina mejor para otras personas en otro lugar.

Es verdad que el capitalismo crea discontinuidades e incertidumbre, pero no debemos perder de vista el otro lado de esa moneda. El capitalismo tiene la característica inigualable de estimular a los emprendedores a idear nuevas ideas comerciales y desarrollarlas para el mercado, y generar entusiasmo entre los consumidores por descubrir esas novedades.

Quizás el mayor logro del capitalismo fue transformar el lugar de trabajo desde uno que era rutinario, y por ende aburrido, en uno de estímulo mental, retos, solución de problemas, exploración y, a veces, descubrimientos. Es verdad que la línea de ensamblaje, una experiencia embrutecedora, fue una característica del capitalismo desde la fábrica de alfileres de la que habló Adam Smith en 1776 a las gigantescas plantas de Henry Ford en los años 20. Sin embargo, la Rusia comunista y la Europa socialista tampoco pudieron prescindir de ella. Y, gracias al aumento de la productividad, una proporción cada vez mayor de los empleos se desarrolla fuera de las fábricas y las granjas.

Para fines del siglo diecinueve, Europa, desde Viena y Berlín a París y Londres, ya celebraba la transformación de la vida comercial y empresarial. Por supuesto, los europeos vieron que estas sensaciones de entusiasmo y participación venían acompañadas de ciertos costes en términos de incomodidad y ansiedad, pero no muchos se mostraron deseosos de regresar a la tranquilidad del pasado.

Y sin embargo sí retrocedieron, aunque no intencionalmente, cuando los cambios estatistas y corporativistas en las instituciones de la economía pusieron límites a la innovación y la ambición, con el resultado de que el lugar de trabajo en Europa una vez más se volvió tan atrofiante como había sido en el pasado.

Hoy hay personas sofisticadas y bien intencionadas que sugieren que podemos revivir el espíritu de iniciativa, pero de una manera que la inserte en una nueva economía orientada a la inversión social, por ejemplo, para combatir el calentamiento global, desarrollar maneras de ahorrar energía, y así sucesivamente.

Creo que el problema con ese tipo de pensamiento es que burocratizará la economía, destinando gran parte del gasto a organismos de gobierno y haciendo que muchas compañías dependan de contratos gubernamentales.

En si mismo, puede que eso no sea malo, pero lo será si entorpece la capacidad de las personas de crear innovaciones para un mercado abierto.

Hubo un experimento natural en los años 30 del siglo pasado que probó esta idea: la economía estadounidense, relativamente poco burocratizada, superó con creces en innovación a las economías de Europa Occidental, que recién habían sufrido procesos de burocratización.

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