Tuesday, July 29, 2014
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¿El desarrollo fracasó en Kenia?

Nairobi -- Hace un mes, Kenia cayó presa de un brote repentino de violencia post-electoral que ha dejado más de 1000 muertos y cientos de miles de desplazados. La intensidad y la magnitud de la violencia han asombrado al mundo.

Por supuesto, Kenia había pasado por períodos electorales tensos anteriormente, y eran pocos los conocedores de Africa que no veían las muchas dificultades que seguía enfrentando el país. Pero las cosas parecían estar yendo bien últimamente. La campaña de este año fue excepcionalmente pacífica y millones de ciudadanos votaron el 27 de diciembre -a veces, tras caminar y hacer fila durante horas para emitir su voto.

Tal vez lo más importante es que Kenia era considerada, unánimemente, como el "buen alumno" del desarrollo, a veces catalogada como el símbolo de un renacimiento africano. El marco "Kenia Visión 2030", un conjunto de ambiciosas reformas macroeconómicas, legales y constitucionales, se estaba implementando en colaboración estrecha con el Banco Mundial.

Valorada por la comunidad de donantes, Kenia recibió casi 1.000 millones de dólares en ayuda oficial para el desarrollo en 2006 -un incremento del 250% desde 2002-. Sus pujantes industrias hortícola y turística eran alabadas como modelos para otros estados africanos en sus esfuerzos por integrarse al comercio mundial. La expansión económica del país, que promedió el 5,5% en los últimos cuatro años y alimentó el progreso de las economías vecinas, parecía demostrar que el crecimiento vigoroso en Africa es posible, aún sin recursos minerales o fósiles. Hoy, este milagro económico estalló por los aires.

Todo no está perdido, y existen motivos sólidos para creer que los keniatas superarán la crisis política actual y volverán a colocar al país en su senda prometedora. Sin embargo, mientras estamos sentados al borde del abismo, vale la pena reexaminar nuestras presunciones de que como la pobreza alimenta el conflicto, el desarrollo socioeconómico debe fomentar la estabilidad política y reducir el recurso a la violencia.

La primera lección que debemos extraer de este mes de lucha civil es que el desarrollo, por mejor gestionado que esté, no puede resolverlo todo. Algunas tensiones están profundamente arraigadas en las sociedades y la paz requiere más de lo que cualquier agencia de desarrollo pueda ofrecer. Paralelamente a la agenda de crecimiento, existe un papel específico que la diplomacia bilateral y multilateral puede jugar a favor de una mejor gobernancia.

De hecho, el propio desarrollo genera una cantidad de tensiones en las sociedades que subyacen en las raíces mismas del conflicto. Los cambios acelerados de identidad causados por la urbanización, el poder otorgado a las mujeres o la exposición a los medios extranjeros tienden a debilitar las normas y las redes sociales tradicionales. Y, al menos en un principio, el crecimiento económico tiende a aumentar las desigualdades dentro de un país, ya que algunas comunidades o individuos se benefician con el creciente ingreso y otros no.

Al desplazar los centros tradicionales de poder, el desarrollo puede alimentar el resentimiento colectivo. La manipulación étnica está sólo a un paso -paso que muchos líderes políticos están dispuestos a dar.

Nada de esto, sin embargo, refuta el vínculo entre desarrollo y paz, o invierte la correlación. Tanto a un nivel micro como macro, los proyectos de desarrollo y crecimiento económico pueden hacer mucho para aliviar algunas de las causas estructurales de la violencia política. Pero los profesionales del desarrollo, cuya principal tarea consiste en "no hacer daño", deberían ser más conscientes de las complejas tensiones que recaen sobre las sociedades en desarrollo. En Kenia también, esta sensibilidad no ha imbuido de manera suficiente a nuestras organizaciones y proyectos.

En definitiva, la actividad económica realzada que genera el desarrollo es la única manera de reducir las desigualdades, en especial en un contexto de rápido crecimiento demográfico: es más fácil trabajar en una distribución más justa de una torta creciente que de una que se achica.

Es más, el crecimiento económico acelerado pero mal distribuido puede estar acompañado de programas que se concentren en aquellos que quedan rezagados, mitigando así los motivos de protesta. No es accidental que gran parte de la violencia actual en Kenia ocurra en los barrios bajos de sus grandes ciudades. Si se le hubiera prestado más atención a las desigualdades más evidentes del país en materia de acceso al agua, a un techo o a un empleo, esta población tal vez no habría elegido la violencia como un instrumento de cambio.

Extraigamos las lecciones correctas de Kenia: el progreso socio-económico sigue siendo nuestra mejor herramienta para prevenir el conflicto en el largo plazo. Pero la relación entre el crecimiento y la estabilidad política es más sutil y menos lineal de lo que nos gusta pensar. El desarrollo no es ninguna solución milagrosa para la violencia, y puede crear sus propios resentimientos -particularmente cuando se implementa sin tener en cuenta los abruptos cambios que implica para las sociedades-. Kenia no es una ilustración del fracaso del desarrollo, sino del desarrollo en funcionamiento: complejo, poderoso y al mismo tiempo frágil.

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