The World in Words
Kerry versus Bush: ¿prevalecerá la razón?
Álvaro de Vasconcelos
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Con más de 1.000 estadounidenses muertos en Irak y la enorme presión que ha significado la ocupación de este atribulado país para las tropas de EE.UU. en todo el mundo, está claro que, por primera vez en décadas, los problemas de política exterior pueden determinar el resultado de una elección presidencial en EE.UU. Los estadounidenses comunes y corrientes se están haciendo las mismas preguntas que la gente de todo el mundo: ¿cómo se debe usar la supremacía mundial de EE.UU.? ¿Qué precio se debe pagar para mantener esa supremacía? ¿Qué límites al uso del poderío militar de EE.UU. son aceptables o necesarios?
Desde hace mucho estas han sido las preguntas predominantes en el debate estratégico estadounidense. Pero, tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, se confundieron con otro debate, uno mucho más importante para un electorado de EE.UU. que se siente amenazado: ¿cómo pueden las alianzas e instituciones multilaterales proteger a los estadounidenses? La gran virtud de John Kerry ha sido el resistirse a confundir la demanda de seguridad y paz con los impulsos hegemónicos de EE.UU. como hiperpotencia.
Las corrientes nacionalistas y neoconservadoras que existen al interior de la administración Bush creen que la acción unilateral tiene mejores resultados para los intereses de EE.UU., ya que es la que menos limita su poder. Según esta visión, la seguridad de EE.UU. se puede garantizar mediante una acción militar estratégica, con aliados o sin ellos. De ahí la tendencia de la administración Bush de debilitar los lazos de las alianzas permanentes de EE.UU., lo que incluye los vínculos representados por la OTAN.
El anuncio unilateral de la reducción de sus tropas en Europa y Asia, en donde la función que cumplen las fuerzas estadounidenses es principalmente (como en Corea del Sur) disuadir una potencial agresión, sólo puede verse como un corolario de esta tendencia. La idea central de la doctrina Bush es la "guerra preventiva", que carece de legitimidad internacional y, por lo tanto, puede contar por lo general con sólo una cantidad limitada de aliados.
La idea que subyace a las guerras preventivas es que la fuerza estadounidense se debe proyectar a través de guerras relámpago de alta tecnología iniciadas desde suelo estadounidense, o desde el de aliados incondicionales. Desde este punto de vista, la OTAN debe servir meramente como medio para que los europeos se movilicen y emprendan las inevitables misiones de estabilización y reconstrucción de posguerra, obviando la necesidad de que EE.UU. ponga a sus fuerzas bajo el mando de la OTAN. Esto es lo que ocurrió en Afganistán. Pero, como ha dicho el Secretario General de la OTAN, si esta es la misión que define a la coalición, entonces ya no se necesita a la OTAN como una alianza permanente.
John Kerry se centra en el mismo tipo de problemas de seguridad que Bush. Esto hace que muchos observadores sean escépticos acerca de la posibilidad de un cambio real. En lo que difiere fundamentalmente de Bush es en su creencia de para resolver los problemas internacionales que afectan a EE.UU. casi siempre es necesario buscar la ayuda de otros países. Por lo tanto, considera la revitalización de las alianzas de EE.UU. como una prioridad clave de su política exterior, y ha propuesto que las fuerzas estadounidenses en Irak estén integradas a una operación de la OTAN, siempre y cuando ésta permanezca bajo el mando de EE.UU.
Actuar en conjunto significa que EE.UU. tendrá que tomar en cuenta otros intereses y visiones que no siempre coinciden con los suyos. Los estadounidenses tendrán que aceptar un mundo regulado no sólo por EE.UU. de manera unilateral, sino por instituciones globales y alianzas permanentes. Las normas y reglas que rigen a las instituciones internacionales constituyen un límite al poder estadounidense y, por lo tanto, un contrapeso a su hegemonía.
Kerry y una creciente cantidad de estadounidenses reconocen que aceptar límites al poder de EE.UU. y al uso de la fuerza militar es una condición previa para la seguridad última de su país, que lo que vincula también puede fortalecer y que dichos límites reforzarán la capacidad de EE.UU. de afrontar la crisis en Irak. Kerry sabe que en la mayoría de los casos el poder militar por si solo no puede ser decisivo, ya que hay otras dimensiones del poder (el así llamado "poder blando") que son esenciales para solucionar las crisis y establecer la paz. Entre estas dimensiones se encuentran la legitimidad internacional, los valores (incluida la tolerancia) y la opinión pública.
Las próximas elecciones en EE.UU. traen a la mente un famoso debate descrito por Tucídides en su Historia de la Guerra del Peloponeso, acerca de cómo debía responder Atenas a la revuelta de Mitilene. La mayoría de los votos apoyó a quienes sentían que "quienes toman decisiones sabias son más formidables frente a sus enemigos que los que se apresuran alocadamente a emprender una acción de fuerza". Esperemos que la razón también prevalezca esta vez.
Álvaro de Vasconcelos (av@ieei.pt) es Director del Instituto Portugués de Estudios Estratégicos e Internacionales.
Copyright:
Project Syndicate, octubre de 2004.
Traducido del inglés por David Meléndez Tormen
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