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Dólares y depresión

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2007-11-30

La caída del dólar se está convirtiendo en una fuente de profundo malestar macroeconómico a nivel global. Ahora la pregunta es qué tan grave será ese malestar. ¿Está en peligro la economía mundial?

Hay dos posibilidades. Si los ahorradores e inversionistas del mundo esperan que la depreciación del dólar continúe, huirán de la divisa a menos que se les compense de manera adecuada por conservar el dinero en Estados Unidos y sus activos, lo que implica que la brecha entre las tasas de interés estadounidenses y las extranjeras se ampliará. Como resultado, el costo del capital en Estados Unidos se disparará, desalentando la inversión y reduciendo el gasto de consumo a medida que las altas tasas de interés depriman el valor del principal activo de los hogares: sus casas.

La recesión resultante podría alimentar más pesimismo y recortes en el gasto, con lo que se profundizaría el declive. Si Estados Unidos cae en una recesión ya no podría funcionar como el importador de último recurso para el mundo, lo que podría enviar al resto del planeta a una recesión también. Un mundo en el que todos esperan que el dólar caiga es un mundo en crisis económica.

En contraste, un mundo en el que el dólar ya cayó es un mundo en el que puede haber desórdenes económicos, pero no una crisis económica. Si el dólar ya cayó –si nadie espera que caiga mucha más—entonces no hay razón para compensar a los ahorradores e inversionistas del mundo por conservar sus activos estadounidenses.

Por el contrario, en este escenario hay oportunidades: después de todo, el dólar podría revaluarse; las tasas de interés estadounidenses estarán a niveles normales; el valor de los activos no estará indebidamente deprimido; y el gasto de inversión no se verá afectado por los desórdenes financieros.

Por supuesto, bien puede haber desórdenes: cuando los niveles salariales estadounidenses parecen bajos debido a un dólar débil, es difícil exportar a Estados Unidos, y los demás países deben recurrir a otras fuentes de demanda para mantener el pleno empleo. El gobierno tal vez tendrá que apuntalar el sistema financiero si los cambios en los precios de los activos que socavaron al dólar hunden a los prestamistas arriesgados o imprudentes.

Pero estos son, o deberían ser, problemas que podemos resolver. En contraste, las tasas de interés estadounidense excesivamente elevadas a consecuencia de las expectativas generalizadas de una caída continua e importante del dólar son un problema macroeconómico sin solución.

Con todo, hasta ahora no hay señales de que los ahorradores e inversionistas del mundo esperen una caída del dólar. La enorme brecha entre las tasas de interés a largo plazo estadounidenses y extranjeras que debería resultar de, y anunciar, una caída del dólar no existe. Y los 65 mil millones de dólares mensuales que se necesitan para financiar el déficit en cuenta corriente de Estados Unidos siguen llegando. Así pues, es posible que el mundo evite otra catástrofe potencial.

Estas todavía podrían ser ilusiones vanas. Después de todo, el déficit en cuenta corriente estadounidense, que todavía es grande, garantiza que el dólar seguirá cayendo. Aun así, los inversionistas y especuladores financieros internacionales siguen sin entender la lógica macroeconómica de que los grandes déficits en cuenta corriente indican que las divisas están sobrevaluadas.

En cierto nivel esto es muy frustrante: los economistas creemos que las personas son lo suficientemente inteligentes para entender su situación y lo suficientemente capaces de buscar sus propios intereses. No obstante, el inversionista en activos denominados en dólares típico –ya sea un individuo rico, un fondo de pensiones o un banco central—no ha tomado las medidas necesarias para protegerse de la muy probable caída del dólar en el futuro.

En este caso, lo que es malo para los economistas es bueno para la economía mundial: podemos estarnos enfrentando a un simple episodio de malestar económico en Estados Unidos y no a tasas de interés a largo plazo excesivamente elevadas y a una depresión. El hecho de que los economistas no puedan explicarlo no es motivo para no agradecerlo.

J. Bradford DeLong, profesor de economía en la Universidad de California en Berkeley, fue Secretario Asistente del Tesoro de los Estados Unidos durante la administración Clinton.

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AUTHOR INFO

J. Bradford DeLong, a former assistant secretary of the US Treasury, is Professor of Economics at the University of California at Berkeley and a research associate at the National Bureau for Economic Research.