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La revolución pseudoconservadora de Bush

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2003-10-28

La administración del presidente George W. Bush ha sido, desde cualquier punto de vista objetivo, un espectáculo amedrentador. Estridentes y ensimismados en un partidismo intolerante, los funcionarios de la administración de hecho han traicionado la causa ideológica conservadora, al desmantelar las bases institucionales añejas de la prosperidad económica de Estados Unidos y de la seguridad global.

Comencemos con la política económica y el desequilibrio deliberado de las finanzas a largo plazo del gobierno de los EU. El objetivo ha sido evidentemente agudizar la crisis financiera del Estado de bienestar y provocar una reducción permanente en la redistribución de la riqueza por parte del gobierno. Pero no siempre se aplica aquéllo de que no hay mal que por bien no venga: los enormes (y todavía crecientes) déficits fiscales de Bush no han estimulado otra cosa que el nerviosismo en cuanto a una desaceleración prolongada en la formación de capital, el consumo doméstico y el crecimiento económico.

La política fiscal es, por supuesto, sólo la punta del iceberg. Los trabajadores siderúrgicos coreanos bien pueden preguntarse qué sucedió con el compromiso histórico del partido republicano con el libre comercio. Los campesinos africanos deberían preguntar cómo es que fue Bush (y no algún demócrata de izquierda) quien echó para atrás el logro más glorioso del archiconservador Newt Gingrich: la reforma parcial de los subsidios agrícolas.

La política de seguridad de Bush ha sido más que amedrentadora; ha sido, para citar una de las expresiones más frecuentes del presidente hoy en día, aterradora. Actualmente, los miembros del círculo interno de la administración están tratando de convencer a periodistas de élite de que Bush no engañó a quienes no forman parte de ese círculo acerca del programa de armas nucleares de Saddam Hussein. Tienen la esperanza de que los estadounidenses se olviden de todas las predicciones que con gran seguridad prometían un fácil triunfo militar y multitudes que lanzarían vítores y flores a los soldados estadounidenses y británicos.

Ignoremos todos los débiles pretextos sobre las dificultades de evaluar información de inteligencia contradictoria. ¿Acaso nadie en esta administración supuestamente conservadora ha escuchado la advertencia que hizo Maquiavelo hace 500 años en el sentido de no confiar en los exilados? "Su deseo de regresar a sus hogares es tal, que naturalmente creen muchas cosas que no son ciertas, y añaden muchas más a propósito, de manera que, con lo que verdaderamente creen y con lo que dicen que creen, lo llenan a uno de esperanzas...", escribió Maquiavelo, lo que resulta pertinente en el caso de Ahmad Chalabi y el Congreso Nacional Iraquí.

El aspecto más aterrador de la política exterior de la administración Bush es la teoría del mundo que la motiva. Los aliados intelectuales de la administración Bush tachan de "ingenua" a la administración Clinton por creer que las relaciones internacionales son un juego de suma positiva en el que todos pueden ganar. Hablan explícitamente sobre el interés de Estados Unidos en conservar su poder económico relativo, y no sólo el absoluto. Como dice Dan Drezner, de la Universidad de Chicago, la lógica de la estrategia de seguridad nacional de Bush es "impedir que otras grandes potencias asciendan, a fin de garantizar el crecimiento a largo plazo de la libertad, la democracia y la prosperidad".

Pero, ¿qué significa "impedir que otras grandes potencias asciendan"? ¿Qué podría significar, más que "intentar que China y la India sigan siendo extremadamente pobres durante el mayor tiempo posible?" Después de todo, cuando esos países logren franquear siquiera la mitad de la brecha de ingresos que los separa del núcleo industrial de la economía mundial, el simple tamaño de sus poblaciones garantizará por sí mismo que se conviertan en potencias muy grandes.

Ciertamente no es del interés de China y la India permanecer pobres. Pero tampoco del interés nacional de Estados Unidos. La historia de finales del siglo XIX y del XX nos enseña que hay algo particularmente peligroso para la paz mundial y la salud política durante las dos generaciones en que las culturas pasan de ser economías pobres, rurales y agrícolas a tener un estilo de vida rico, urbano e industrial (o postindustrial). La agresiva política exterior que puso en práctica la Alemania guillermina, el sufrimiento perverso que Lenin y Stalin impusieron en Rusia, los horrores de Mao, las dictaduras de Mussolini y de Franco y el monstruoso régimen nazi se dieron durante esa transición.

Así, ¿verdaderamente le conviene a los EU tratar de "impedir que otras grandes potencias asciendan?" ¿No deberían los líderes estadounidenses intentar acortar el periodo en que otras sociedades son vulnerables a los males que hicieron del siglo XX el más sangriento en la historia de la humanidad? ¿No preferiríamos todos los demás minimizar y no maximizar el tiempo en que pudiéramos enfrentarnos al problema de contener a una India Nacionalista Hindú, a una China guillermina o a una Rusia de Weimar?

Hace mucho que se debería haber dado un cambio completo de personal en todos los niveles de la administración Bush. El mundo no puede darse el lujo de tener a pseudoconservadores en altos niveles del gobierno de los EU, que no trabajan por la paz y la prosperidad mundiales, sino por una estrategia geopolítica peligrosamente obstinada.

Hay muchos sustitutos potenciales para esos funcionarios dentro del Partido Republicano, estadistas sensatos y pensantes para quienes el interés nacional de Estados Unidos consiste en la promoción del desarrollo económico global, la cooperación multilateral y un mundo que que el país guíe con sus principios, no que domine con su poderío militar. Esos funcionarios fueron el personal de la primera administración Bush. ¿Dónde están ahora?

J. Bradford DeLong es profesor de economía en la Universidad de California en Berkeley y fue Secretario Asistente del Tesoro de EU.

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AUTHOR INFO

J. Bradford DeLong, a former assistant secretary of the US Treasury, is Professor of Economics at the University of California at Berkeley and a research associate at the National Bureau for Economic Research.