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Los riesgos de la deflación

CAMBRIDGE – Actualmente la tasa de inflación es cercana a cero en Estados Unidos y varios otros países importantes. La revista The Economist informó recientemente que los economistas que había entrevistado predecían que los precios en Estados Unidos y Japón de hecho caerán en todo 2009, mientras que la inflación en la zona del euro será de apenas 0.6%. En Corea del Sur, Taiwán y Tailandia también disminuirán los niveles de los precios al consumidor.

La perspectiva de la caída de los precios refleja el colapso de la producción industrial, el alto nivel de desempleo resultante y el espectacular desplome de los precios de los productos básicos. La producción industrial está disminuyendo a niveles superiores al 10% en los países con inflación negativa y el índice de precios de todos los productos básicos cayó más del 30% a lo largo del año pasado.

La deflación es potencialmente un problema muy grave, porque la caída de los precios –y las expectativas de que seguirán cayendo—empeoraría la actual desaceleración de la economía de tres formas distintas.

El impacto adverso más directo de la deflación es aumentar el valor real de la deuda. De la misma forma en que la inflación favorece a los deudores porque erosiona el valor real de sus deudas, la deflación los perjudica porque aumenta el valor real de lo que deben. Aunque la muy modesta magnitud de la deflación actual no crea un problema significativo, si continua es concebible que el nivel de los precios caiga un 10% acumulado en los próximos años.

Si eso sucede, el valor real de la deuda de un propietario de vivienda con una hipoteca aumentaría un 10%. Puesto que la disminución de los precios traería consigo una disminución de los salarios, la relación entre los pagos hipotecarios mensuales y el salario crecería.

Además de este aumento en el costo real del servicio de la deuda, la deflación significaría una relación préstamo-valor más elevada para los propietarios de viviendas, lo que conduciría a un mayor impago de las hipotecas, especialmente en Estados Unidos. Un nivel menor de los precios también aumentaría el valor real de las deudas empresariales, lo que debilitaría las hojas de balance y dificultaría a las empresas obtener créditos adicionales .

El segundo efecto adverso de la deflación es un aumento de la tasa de interés real, es decir, la diferencia entre la tasa de interés nominal y la tasa de “inflación”. Cuando los precios aumentan, la tasa de interés real es menor que la tasa nominal ya que el deudor paga con dólares que valen menos. Pero cuando los precios caen, la tasa de interés real supera a la nominal. El hecho de que los deudores únicamente pueden deducir los pagos de intereses nominales al calcular su ingreso imponible empeora la situación.

Debido a que la Reserva Federal y otros bancos centrales han disminuido sus tasas de interés a corto plazo casi a cero, no pueden rebajarlas más para impedir que la deflación aumente la tasa de interés real. Las tasas de interés real elevadas desalientan las compras que los hogares y las empresas financian con crédito. Esto debilita la demanda global y conduce a caídas más pronunciadas de los precios.

El inusual ambiente económico de caídas de precios y salarios resultante también puede tener un impacto psicológico dañino sobre los hogares y las empresas. Con la deflación nos dirigimos a territorio desconocido. Si los precios caen a una tasa del 1%, ¿podrían caer a una tasa del 10%? Si el banco central no puede rebajar más las tasas de interés para estimular la economía, ¿cómo se podrá detener una potencial espiral descendente de los precios? Esas preocupaciones socavan la confianza y hacen que sea más difícil impulsar las actividades económicas.

Algunos economistas han dicho que la mejor forma de abordar la deflación es que el banco central inunde la economía con dinero a fin de convencer al público de que la inflación crecerá en el futuro y reducir de esa forma las tasas previstas de interés real a largo plazo. Esa recomendación podría conducir a los bancos centrales a seguir ampliando la oferta monetaria y las reservas bancarias incluso cuando hacerlo ya no disminuya las tasas de interés. De hecho, la Reserva Federal, el Banco de Inglaterra y el Banco de Japón están haciendo exactamente eso con el nombre de "flexibilización cuantitativa".

No debe sorprender que los banqueros centrales, que están comprometidos a cumplir objetivos formales o informales de inflación de alrededor del 2% anual no estén dispuestos a abandonar sus mandatos abiertamente y a afirmar que buscan una tasa de inflación elevada. No obstante, sus acciones expansionistas han contribuido a elevar las expectativas de inflación a largo plazo hacia los niveles de los objetivos.

En Estados Unidos, la tasa de interés de los bonos del gobierno ahora aumenta del 1.80% a cinco años a 2.86% en el caso de los bonos a diez años y a 3.70% en el de los bonos a 30 años. La comparación de estas tasas de interés con los rendimientos de los bonos del gobierno protegidos contra la inflación muestra que las tasas de interés implícitas correspondientes son de 0.9% a cinco años, 1.3% a 10 años y 1.7% a 30 años.

Irónicamente, si bien algunos bancos centrales están concentrados en el problema de la deflación, el riesgo más grave a plazo más largo es que la inflación crezca rápidamente a medida que sus economías se recuperen y que los bancos utilicen los grandes volúmenes de reservas acumuladas para crear préstamos que expandan el gasto y la demanda.