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Bromas sobre la ciencia

Peter Dear

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2009-07-07

ITHACA, NUEVA YORK – Una historia apócrifa que a veces se escucha entre físicos trata de un brindis propuesto por sus colegas de la Universidad de Cambridge, a J. J. Thomson por su descubrimiento del electrón en 1897: “Al electrón: ¡es de esperar que nunca le sea útil a nadie!”. Dicen que los matemáticos puros hacen un chiste similar a propósito de su profesión.

¿Por qué habría de considerarse ingeniosamente divertido celebrar la inutilidad del conocimiento? Vi una actitud similar en un cosmólogo que participaba en un programa de radio hace algunos años: el presentador le hizo notar que su investigación "casi no tenía aplicabilidad práctica", a lo que el invitado respondió con rapidez: "Sí, estoy orgulloso de eso."

Estos chistes parecen basarse en el mismo supuesto: todo el mundo piensan que el conocimiento, especialmente el conocimiento científico, debería ser útil. Así, es divertido jactarse de que la propia rama del conocimiento, ya sea la física experimental, las matemáticas o la cosmología, no tiene utilidad alguna.

Sin embargo, el chiste no funcionaría si al mismo tiempo no existiera un supuesto muy generalizado: que el conocimiento científico tiene un valor independiente de cualquier uso práctico. Después de todo, no sería divertido si una organización de caridad dedicada a paliar el hambre celebrara su propia ineficacia; en ese caso el valor práctico tendría capital importancia, porque sería la única razón real que justificara su existencia.

Así, incluso a pesar de que la potencial utilidad es la razón de que los gobiernos destinen tanto dinero a la investigación científica, en realidad la gente espera más que eso de la ciencia. Desde este punto de vista, la ciencia tiene un objetivo mayor y bien distinto: comprender el mundo natural.

Puede que Einstein haya logrado captar la atención del Presidente estadounidense Franklin Roosevelt acerca de la posibilidad de crear armas nucleares, pero se lo recuerda principalmente por sus profundas ideas sobre la naturaleza del universo. Gurús científicos más recientes, como Carl Sagan y Stephen Hawking, han presentado una imagen similar al público. Desde esta perspectiva, la ciencia trata de la filosofía natural, que busca adquirir una profunda comprensión del mundo, independientemente de que ese conocimiento se pueda aplicar a finalidades prácticas.

Los chistes también dejan traslucir una cierta incomodidad sobre las aparentes contradicciones que revelan. En este caso, la incomodidad deriva de una incertidumbre fundamental acerca de cuál de las dos caras de la ciencia, la filosofía natural o la instrumentalidad, representa su verdadero carácter. ¿Es realmente el principal cometido de la ciencia comprender el mundo, siendo la instrumentalidad una consecuencia fortuita? ¿O se trata realmente de hacer que el mundo natural pueda ser utilizado por los seres humanos, y en cuyo caso la filosofía natural es poco más que un lenguaje para explicar por qué funcionan ciertas técnicas?

El siglo diecinueve inventó los términos familiares de ciencia “pura” y “aplicada" como manera de conciliar estas visiones alternantes. Como su nombre lo sugiere, la ciencia pura se presenta como "la cosa pura y dura", impoluta de consideraciones prácticas y basada en una investigación empírica y teórica de la naturaleza, realizada de manera adecuada. La ciencia aplicada toma el conocimiento que proporciona la ciencia pura y lo pone a funcionar.

Sin embargo, esa imagen simplista tiene pocas similitudes con las complejidades de la actividad científica real: si la ciencia aplicada fuera nada más que la aplicación de los resultados de la ciencia pura, no habría necesidad de departamentos de “investigación y desarrollo" en las corporaciones manufactureras, o laboratorios de investigación en las compañías de productos químicos o electrónicos. Los logros instrumentales de la ciencia dependerían únicamente de las migajas que cayeran de la mesa de los científicos puros.

De hecho, las dos caras de la ciencia están entrelazadas de manera mucho más íntima, menos como caras que como dos ingredientes de una mezcla muy bien revuelta. Francis Bacon, el filósofo y estadista británico de principios del siglo diecisiete, escribió que "la verdad y la utilidad son exactamente lo mismo." En otras palabras, la verdad de nuestras creencias acerca del mundo sólo está garantizada por su capacidad de convertirse en acciones que produzcan los resultados prácticos que desean los seres humanos.

Los que entendemos como instrumentalidad de la ciencia era, para Bacon, no más que la otra cara de la moneda de la ciencia. Donde el poeta John Keats escribiera "la belleza es verdad, la verdad belleza”, Bacon podría haber dicho: “La utilidad es verdad, la verdad utilidad”, siempre que consideremos “utilidad” en un sentido muy amplio.

Sin embargo, tampoco le creemos a Bacon. Como Bacon, valoramos la utilidad porque parece dar credibilidad a las afirmaciones que la ciencia hace acerca de la naturaleza del mundo: la ciencia es verdadera porque funciona. Pero, al mismo tiempo, no estamos dispuestos a permitir que la ciencia se reduzca a la utilidad práctica, porque eso destruiría su estatus intelectual, así como el de los científicos mismos, e impediría que la ciencia diera explicaciones. De modo que la ciencia debe conservar su pretensión de ser filosofía también.

Algunas veces creemos que la ciencia es filosofía natural, y otras veces creemos que es instrumentalidad. Sin embargo, de hecho es las dos cosas al mismo tiempo, ni “pura” ni “aplicada”. Si pudiéramos reconocer eso, no estaríamos haciendo chistes al respecto.

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AUTHOR INFO

Peter Dear    Peter Dear
Peter Dear is a Professor of History of Science & Technology Studies at Cornell University.