NUEVA YORK – Mientras escucho las noticias que provienen de Inglaterra luego de la reciente ola de disturbios urbanos -y mientras leo la nueva e irresistible biografía de Charles Dickens escrita por Robert Douglas-Fairhurst, Becoming Dickens-, la vida y el arte parecen replicarse entre sí.
Tras los disturbios, el primer ministro británico, David Cameron, propuso resucitar los juzgados de menores, reclamó sentencias duras y trajes anaranjados para los convictos y propuso otras ideas aún más odiosas. Por ejemplo, los convictos podrían ser expuestos intencionalmente al acoso público a través de tareas de limpieza, y sus familias, que no cometieron ningún delito, podrían ser desalojadas de sus viviendas subsidiadas por el estado. Cameron también está analizando arrestos por comentarios en Facebook, la suspensión de las redes sociales y un poder más letal para la policía.
En la Inglaterra de Dickens, el poder judicial no era independiente, y los periódicos eran objeto de la censura estatal. Los niños (como Oliver Twist) recibían castigos destinados a quebrarlos; la gente pobre acusada de delitos relativamente menores era transportada a Australia o recibía castigos humillantes en público; la policía ejercía un poder violento y sin restricciones sobre los pobres.
No estoy a favor de la indulgencia hacia los saqueadores y los matones; pero ya sabemos adónde conducirán al país la caterva de legislación punitiva que está proponiendo Cameron y sus esfuerzos por explotar el malestar civil para tomar medidas drásticas contra las libertades civiles.
De la misma manera, ya sabemos cómo es una Inglaterra sin una red de seguridad social -donde los pobres no tienen ninguna esperanza y ninguna movilidad-. La educación pública prácticamente no existía para las "órdenes inferiores" hace 150 años y la universidad era una fantasía para ellas -como bien podría volver a suceder, ya que los costos de la matrícula pueden triplicarse en el mandato de Cameron.
En Becoming Dickens, Douglas-Fairhurst rechaza la reciente teoría literaria "postestructuralista" y reexamina a Dickens y su Inglaterra en el marco de sus contextos históricos y políticos. Este enfoque ofrece perspectivas valiosas -y en buena hora-. Estas interpretaciones "historicistas" de la Londres victoriana también aparecieron recientemente en la fascinante exhibición actual en la Wellcome Collection, "Dirt: The Filthy Reality of Everyday Life", y en el nuevo éxito editorial de Bill Bryson, At Home, un libro que examina la historia social en torno a una casona victoriana.
El renovado interés en la historia social victoriana -lo que la gente comía y usaba, quién trabajaba para quién, etc., en contraposición a la historia de las batallas y los "grandes hombres"- tal vez no sea una coincidencia. Las sociedades capitalistas occidentales, especialmente el Reino Unido y Estados Unidos, actualmente están en el proceso de retroceder en el tiempo a la era pre-victoriana, para beneficio de un pequeño grupo de elites que excluye a la clase media y a la clase trabajadora que más se beneficiaron con las reformas sociales, económicas y políticas de los victorianos -por no hablar de los pobres.
En consecuencia, se ha vuelto un imperativo recordar que fueron los últimos victorianos los que reconocieron la dimensión moral de la modernidad, dando lugar a casi todo tipo de reforma pública que hoy damos por sentada como la marca de una sociedad civilizada.
La realidad victoriana temprana -niños indigentes en las calles, una epidemia de cólera atroz y pilas de "mugre nocturna" sin recoger en las calles- era una realidad altamente "privatizada". En los años 1830, como demuestra conmovedoramente Douglas-Fairhurst, los niños y las niñas que provenían de familias económicamente vulnerables podían terminar sin escolaridad y trabajando 18 horas por día en fábricas de betún, como el Dickens de 12 años.
La gente que no pagaba a sus acreedores era enviada -junto con sus familias- a las cárceles de los deudores, como pasó con John Dickens, el padre de Charles, que fue preso por deber 40 libras. La gente mayor sin ningún tipo de sustento moría vestida con harapos en los callejones, mientras que las familias de clase media baja, sin ningún seguro de desempleo o asistencia social, vivían permanentemente aterradas por la enfermedad o el despido, que implicaban la "ruina" y, posiblemente, terminar en la calle.
Londres en los años 1830 era una ciudad en la que una tercera parte de las mujeres eran sirvientas y otra tercera parte eran prostitutas. Una enorme brecha entre las elites y todos los demás aseguraba que los escalones más altos de la literatura, los negocios y la política estuvieran en manos de la minoría adinerada, y que los talentos que surgirían una generación más tarde, luego de una educación más amplia financiada por el estado, fueran reprimidos. Y así es como más o menos se veía toda Inglaterra sin una red de seguridad social.
En contraste, los últimos victorianos, entre los años 1850 y 1880, crearon importantes obras públicas e iniciativas de bienestar público, que incluyeron redes de hospitales financiados por el estado y una educación primaria obligatoria. Expandieron un sistema de asilos para pobres y ayuda para los desposeídos, construyeron sistemas municipales de suministro de agua y tratamiento de aguas servidas, municipalizaron las fuerzas policiales y supervisaron la inversión pública en sitios históricos que siguen estando entre nosotros, como el terraplén del Támesis y el Victoria and Albert Museum.
De la misma manera, con decenas de miles de niños en la calle que dependían de lo que podían hurgar en la basura o robar para alimentarse, los últimos victorianos establecieron sistemas de orfanatos. Encargaron las primeras encuestas epidemiológicas para identificar la causa de los brotes de cólera -que podían acabar con la mitad de la población de un barrio en cuestión de semanas- y construyeron nuevas centrales depuradoras de agua para frenar la propagación de la enfermedad del Támesis mugriento y de las bombas locales contaminadas. Construyeron los primeros hospitales públicos importantes en un momento en el que los nacimientos y otras prácticas médicas en las casas propiciaban el contagio y la muerte.
En las democracias capitalistas avanzadas de hoy, el olvido por parte de la mayoría de los ciudadanos de esta historia favorece los intereses de las elites; de lo contrario, mucha más gente, si no la mayoría, estaría reclamando a los gritos la muerte de los esfuerzos cada vez más exitosos por reducir el sector público.
Mientras Cameron y otros conservadores occidentales intensifican sus esfuerzos por abrir un camino hacia el pasado, es importante tener en mente que no hay nada novedoso o innovador en la ausencia de un estado benefactor y la privatización de los servicios básicos. Ya pasamos por eso -de hecho, mucho de lo que hoy está siendo desmantelado en Gran Bretaña fue construido en la época victoriana debido a las condiciones sociales atroces de la mayoría de la gente-. Si las fuerzas políticas conservadoras de hoy siguen en el poder, Inglaterra -y otros países occidentales- corre el riesgo de regresar al pasado, oscuro, peligroso e ignorante.


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