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Ortega retorna en rosado

Las palmeras de los boulevare s de Managua, han sido pintadas en un color fucsia. Grandes mantas en las calles anuncian: “El amor es más fuerte que el odio”. En los spot de televisión sobresale una figura con aire de predicador dominical, mientras el estribillo de su canción repite: “Nicaragua unida, vamos a la tierra prometida”. Uno pensaría que se trata de una campaña religiosa, o quizás del lanzamiento de un producto new age , pero es sólo Daniel Ortega, el antiguo líder revolucionario, que está en campaña electoral.

Por tercera vez consecutiva, el ex presidente que desafió a Estados Unidos durante la conflictiva era Reagan-Bush, es el candidato presidencial del Frente Sandinista. Una novedad es que ha sustituido el rojinegro de su partido --símbolo de combate-- por un color rosa que evoca misticismo; otra es que a diferencia de las dos veces anteriores (1990 y 1996), en que fue derrotado por un amplio margen, en las próximas elecciones del 4 de noviembre Ortega tiene posibilidades reales de ganar.

Al iniciarse las últimas semanas de campaña, todas las encuestas indican un empate técnico entre Ortega y el candidato del partido de gobierno, Enrique Bolaños. Cualquiera de los dos puede ganar por un margen estrecho.

Pero, ¿cómo se explica la resurrección de este hombre que hace tres años, cuando su hijastra Zoilamérica Narváez lo acusó de haberla violado, parecía un cadáver político? Paradójicamente, su logro personal es haber mantenido un férreo control sobre su partido durante los últimos once años, y sobrevivir las derrotas sin recurrir a una profunda renovación política; pero la verdadera explicación de su resurgimiento, corresponde a un mérito ajeno.

Una década de democracia representativa, después del fin de la guerra en Nicaragua, ha traído magros resultados económicos y un profundo deterioro social. Hay más escuelas y caminos en el campo, pero los campesinos y obreros agrícolas emigran a la vecina Costa Rica en busca de trabajo. En la capital, florecen los centros comerciales, pero más del 40% de la población sobrevive con un ingreso de un dólar por día.

En materia de inequidad, sólo Brasil tiene peores índices que Nicaragua en América Latina. El uno por ciento más rico del país, capta un ingreso equivalente a la parte del pastel correspondiente a la mitad de la población.

A ese panorama hay que añadir el impacto de los desastres naturales: la caída del precio del café y la sequía han generado una hambruna sin precedentes en el campo, allanando el camino para el discurso populista de Ortega, quien ha sido el eterno líder de la oposición desde 1990.

En la memoria popular, el miedo a Ortega, asociado con la guerra, la hiperinflación, y la confrontación con Estados Unidos, está siendo compensado por la nostalgia de los beneficios de la revolución en salud y educación durante los años 80, frente a un Estado que hoy no se hace responsable por la suerte de los pobres.

Como siempre, Estados Unidos es un actor privilegiado en las elecciones nicaragüenses y ha dejado claro que Ortega no es su candidato. El Departamento de Estado proclamó en junio que respetará los resultados electorales, pero fustigó duramente a Ortega por tener “amistades peligrosas” con Ghadafi, Saddam Hussein y Fidel Castro. Ortega dejó pasar los cargos, pero después de los atentados del once de septiembre, se adelantó a condenar enérgicamente el terrorismo, mientras sus adversarios lanzaron una campaña de propaganda negra en su contra, para infundir el voto del miedo.

Es difícil predecir si estos eventos impactarán en el 6% de electores indecisos, que decidirán la contienda en el último momento. Lo que sí está claro es que el mejor aliado de Ortega ante el electorado, ha sido la corrupción galopante del gobierno de Arnoldo Alemán y el desprestigio del mandatario saliente.

Buscando su propia sobrevivencia política, Ortega y Alemán pactaron una reforma constitucional hace dos años, para repartirse el control de todas las instituciones del Estado –Cortes de Justicia, Contraloría, Consejo Electoral--, causando un verdadero terremoto político que marcó un gravísimo retroceso institucional. El pacto de los caudillos también cerró de forma arbitraria los espacios políticos y decapitó a otras opciones políticas que propugnaban por crear una tercera vía al margen de Alemán y Ortega. Sólo otro partido, el conservador, sobrevivió para competir en la elección, pero con dificultad logrará captar el 3 % del electorado.

El principal contrincante de Ortega es Enrique Bolaños, el candidato del Partido Liberal, un empresario de 73 años, que hasta el año pasado era vicepresidente de Arnoldo Alemán. Bolaños llegó al gobierno en 1997, como una garantía para evitar la corrupción. Pero incluso algunos de sus simpatizantes le achacan que siendo él una persona honesta, no hizo nada para frenar la corrupción en su propio gobierno. La sombra de Alemán, por lo tanto, representa el peor enemigo de Bolaños, quien cuenta con el abierto respaldo de la clase empresarial y de la Administración Bush.

¿Que pasaría si gana Ortega? A pesar de sus promesas de un programa de gobierno moderado, el primer impacto será la incertidumbre económica y financiera. Ahorrantes locales, inversionistas, y donantes externos, adoptarán una actitud de esperar y ver, que podría afectar gravemente las reservas económicas si de inmediato no se restituye la confianza. Nadie sabe cuanto podría durar este compás de espera, pero Ortega tendría que trabajar aceleradamente con el FMI para dar seguridades de que no se desviará de la ruta ya trazada de reformas económicas.

En caso de que Bolaños gane, el factor de incertidumbre no sería económico sino político. Bolaños tendría que lidiar con un parlamento controlado por Ortega y Alemán, y no cuenta con una base política independiente para lidiar con los dos hombres fuertes del país.

Por el momento, lo que más preocupa a nicaragüenses y a observadores internacionales, es lo que ocurrirá a la hora del conteo de los votos. El organismo electoral tiene poca credibilidad, el país carece de una tradición de resultados electorales por un margen mínimo, y los contendientes no tienen trayectoria de ser buenos perdedores.

Mientras avanza la cuenta regresiva, el jefe de los observadores electorales de la OEA, ha bautizado el probable desenlace como un “escenario de pesadilla”. Apunten esta fecha en su calendario: lunes cinco de noviembre. Yo cruzaré los dedos para que Nicaragua no vuelva a ser noticia otra vez a consecuencia del caos electoral.

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