De todos los problemas de China, ninguno será más grave a largo plazo que el de resolver la tensión entre el desarrollo económico y la protección del medio ambiente. En ninguna parte resultan más claras las consecuencias de esa lucha que en las estribaciones del Himalaya de la provincia sudoccidental de Yunnan.
En Yunnan tienen su origen tres grandes ríos asiáticos: el Mekong, el Salween (o Nu) y el Jinsha. Todos ellos nacen en la gran meseta tibetana y corren paralelos por el ángulo nordoccidental de la provincia hasta el Asia sudoriental. Son los últimos ríos prístinos de China, pero ya están destinados al sacrifico a fin de satisfacer la insaciable sed de energía eléctrica que tiene el país. Los planes requieren la construcción de docenas de presas a lo largo de sus serpenteantes cursos por entre las montañas de Yunnan.
Yo tuve la oportunidad de ver uno de esos ríos –y la propuesta localización de una de las presas más polémicas del país– en una reciente caminata por la deslumbrante garganta del Salto del Tigre, al norte de la ciudad de Lijiang, en el norte de Yunnan. A su descenso desde el techo del mundo, el río Jinsha, tributario del imponente Yangtse, baja en cascadas por esa garganta de unos quince kilómetros camino de Shangai y el mar de la China Oriental. Si el río está –o, mejor dicho, cuando esté– cubierto de presas, contribuirá a la generación de energía eléctrica para las necesidades de las ciudades y las fábricas de la China costera.
El sol estaba alto por encima de la Montaña de Nieve del Dragón de Jade, cuando mi guía señaló abajo, en la garganta, las revueltas aguas marrones a miles de pies más abajo. "Allí es donde van a construir la presa", dijo Xiao-Chun, un naxi –una de las minorías étnicas de Yunnan– de 17 años de edad. "Va a ser muy perjudicial para nosotros. Habrá mucha contaminación. Espero que no llegue a ser realidad".
La presa tendrá sus utilidades. El lago Dianchi, cerca de la capital de la provincia, Kunming, está tan disminuido y contaminado, que la ciudad afronta una grave escasez de agua. El agua procedente de la garganta del Salto del Tigre será desviada para que purgue el lago Dianchi, sin lo cual Kunming no prosperará.
Como China pretende mantener en marcha su motor económico, las presas y las centrales hidroeléctricas representan, efectivamente, una opción substitutiva más limpia que el carbón. China se propone duplicar su capacidad de generación hidroeléctrica hasta más de 120 GW en 2010 y construir más proyectos hidroeléctricos durante al menos 20 años. Los expertos consideran que hasta ahora sólo se ha explotado una cuarta parte de la energía hidráulica de China.
Ahora bien, los costos pueden superar a los beneficios. La del noroeste de Yunnan es una de las zonas con mayor diversidad biológica del mundo, pues alberga la mitad de las especies animales de China y una cuarta parte de sus especies vegetales. Las porciones de ese ecosistema que las presas no sumerjan quedarán sin lugar a dudas perturbadas de formas potencialmente desastrosas.
Una preocupación más inmediata es el inmenso número de personas a las que se deberá reasentar cuando los embalses inunden los valles, densamente poblados, de esa región. Desde 1949, 16 millones de personas han sido desplazadas por los embalses. Unos diez millones de ellas siguen viviendo en la pobreza. En la garganta del Salto del Tigre, donde sólo habrá que reasentar a 100.000 residentes, éstos temen que se les ordene trasladarse a las empinadas laderas para cultivar tierras marginales a 6.000 o 9.000 pies de altura.
Los opositores de las presas, incluidos grupos medioambientales indígenas que se hacen oír, han reñido una batalla, en la que parecen haber triunfado, para proteger la garganta del Salto del Tigre y el Salween (el río Nu). A principios de 2005, tres años después de que se aprobara una nueva ley sobre evaluaciones de las repercusiones medioambientales, la Oficina Estatal de Protección del Medio Ambiente (OEPMA) ordenó que se pusiera fin a 30 grandes proyectos, incluidas 26 centrales hidroeléctricas, que no habían presentado evaluaciones idóneas de las repercusiones medioambientales. Entre los proyectos suspendidos figuraba la primera presa en el Nu/Salween.
Esas actuaciones parecen haber catalizado una mayor sensibilidad medioambiental entre los dirigentes del país. Recientemente, el Gobierno pidió un desarrollo más equilibrado e incluso propuso un "índice verde" para calibrar el crecimiento. De hecho, el Primer Ministro Wen Jiabao ha declarado que quiere que haya un "desarrollo más científico" en el planteamiento de sus problemas por parte de China e incluso ha pedido que se detenga la presa del río Salween (Un). Se ha permitido incluso a los ecologistas que participen en una audición pública sobre el proyecto de la garganta del Salto del Tigre: la primera que así ocurre en China.
Por desgracia, la tolerancia de esas actividades cívicas por parte del Partido Comunista da una de cal y otra de arena. El Partido, alarmado por las "revoluciones de color" que derribaron a los dirigentes postsoviéticos en Georgia, Ucrania y Kirguistán, está tomando medidas enérgicas contra las organizaciones no gubernamentales nacionales por miedo a que pasen a catalizar también levantamientos populares.
El apoyo al "desarrollo verde" dentro de las organizaciones del gobierno central, como la OEPMA, no inspira demasiadas seguridades de que represente una fuerza compensatoria eficaz. "Debemos ser más pugnaces", dijo Pan Yue, subdirector de la OEPMA, cuando ese organismo suspendió los proyectos de presas, pero en los últimos años ha habido una constante descentralización del poder en China, por lo que a la OPEMA le resulta más difícil influir en las políticas aplicadas en los niveles local y regional.
De hecho, las administraciones locales parecen temer menos las órdenes de Beijing que antes. Cuando se negociaron los límites del Parque de los Tres Ríos Paralelos –designado por la UNESCO patrimonio mundial en 2003–, las autoridades locales vencieron en su lucha para excluir la garganta del Salto del Tigre, pues sabían que una presa en ese lugar triplicaría sus ingresos fiscales.
China necesita urgentemente una tasa de crecimiento anual de más del nueve por ciento como baluarte contra los disturbios sociales. Sin embargo, a consecuencia de ello China se está consumiendo lentamente a sí misma y no podrá quedar prístina ninguna de sus zonas importantes.


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