CHICAGO – La demanda civil presentada por la Comisión de Valores de Estados Unidos contra Goldman Sachs por fraude con valores, acusando al banco de interpretar erróneamente la manera en que se había dado forma a una obligación de deuda colateralizada (CDO, por su sigla en inglés), ha reavivado el malestar público con las permutas de riesgo crediticio (CDS, por su sigla en inglés), el instrumento utilizado para apostar contra estas CDO. Antes de la crisis financiera de 2008, las CDS eran un producto esotérico, conocido exclusivamente por un número limitado de inversores sofisticados y académicos especializados. Hoy, son un nombre muy familiar, sinómimo de especulación descontrolada, codicia ilimitada y, en definitiva, inestabilidad sistémica.
De hecho, se acusa a las CDS de ser una de las principales causas de la crisis financiera. La legalidad del comportamiento de Goldman Sachs será determinada por un tribunal de justicia, pero la odiosa reputación de las CDS está poniendo en peligro la supervivencia de este instrumento en el tribunal de la opinión pública.
Montados a la ola populista, varios políticos han propuesto una prohibición de las CDS. La reciente crisis griega galvanizó aún más al sector anti-CDS. Después de todo, ¿no es culpa de los avaros especuladores del mercado de CDS que Grecia estuviera al borde del impago y que los empleados públicos griegos hayan tenido que padecer profundos recortes salariales?
En una palabra, no. Lejos de ser la semilla del demonio, las CDS son un instrumento financiero útil que puede mejorar no sólo la estabilidad financiera, sino también la manera en que se administran las empresas y los países. Prohibirlas será más perjudicial que beneficioso. Cualquier intento en esa dirección es nocivo, porque desviaría la atención del objetivo útil de disciplinar al mercado de CDS para que sea más transparente, estable y eficiente.
Una ventaja fundamental (si no la ventaja fundamental) del capitalismo respecto de la planificación central es la información proporcionada por los precios de mercado. Cuando la demanda de papas al precio actual excede la oferta, el precio de las papas aumenta, lo que indica una escasez. Los agricultores individuales no necesitan ninguna directiva burocrática para decidir si plantar más papas o no: un aumento de los precios crea un incentivo para plantar más papas; una caída de los precios es una señal de que deberían plantar menos.
Lo mismo es válido para los precios de las acciones. Un incremento en el precio accionario de los fabricantes de acero sugiere un aumento en la demanda de acero, lo que induce a los empresarios a abrir más acerías y a los inversores a proporcionarles el dinero. Inversamente, una caída en el precio accionario de los fabricantes de acero lleva a los empresarios a cerrar las plantas existentes y disuade a los inversores de comprometer más recursos en el sector.
Desafortunadamente, a veces los precios no llegan a cumplir como corresponde con esta función de indicadores, como demostraron la burbuja de las puntocom y la burbuja inmobiliaria en los últimos años. Durante la burbuja puntocom, los precios señalaron una inmensa demanda en el sector de Internet. Por esta razón, se gastaron cientos de millones de dólares en publicitar empresas improbables por televisión y en construir una capacidad de red más allá de cualquier necesidad previsible. Durante la burbuja inmobiliaria, los precios indicaron una seria escasez de viviendas. De manera que se invirtieron miles de millones de dólares en nuevos desarrollos en lugares remotos donde nadie quiere vivir.
Dada la gran asignación errónea de recursos en este tipo de casos, es vital entender por qué los precios no ofrecieron una señal precisa a los inversores. ¿Por qué Estados Unidos, con el mercado financiero más desarrollado del mundo, experimentó dos burbujas importantes en menos de una década? La culpa la tiene, en parte, una política monetaria expansiva, pero el verdadero problema es un ambiente institucional que favorece el sentimiento alcista.
Los fondos de pensión, los fondos mutuos y los bancos de inversión están todos en largo en el mercado accionario. Estar en corto con una acción es difícil y riesgoso: es difícil porque pedir prestadas acciones no resulta sencillo, y es riesgoso porque estar en corto tiene un alza limitada pero una caída infinita. En otras palabras, los titulos tradicionales a los que los inversores pueden acceder hacen que resulte más fácil apostar a favor de una empresa que en contra de ella, causando que los precios resulten afectados más por la exuberencia irrancional que por el pánico.
En este sentido, las CDS son únicas. Dado que funcionan como un seguro sobre la capacidad de los prestatarios de cumplir con sus obligaciones, hacen que resulte más fácil expresar una opinión negativa sobre una empresa o título. Para expresar una opinión negativa a través del mercado de CDS, los inversores no necesitan buscar acciones para pedir prestadas (un prerrequisito para estar en corto), y solamente arriesgan una prima limitada, mientras que tienen la oportunidad de ganar muchas veces eso.
Fue el mercado de CDS el que permitió que la opinión negativa -y correcta- del mercado inmobiliario que tenía John Paulson y otros finalmente impregnara los precios de mercado. Ellas hicieron estallar la burbuja. Si bien resulta doloroso para el resto de la sociedad, es saludable. Cuanto más dura una burbuja, más daño causa.
El mismo razonamiento se aplica a la crisis griega. Las CDS sobre Grecia ofrecen una señal útil de la comprometida situación financiera del país. Gracias al aumento repentino en el mercado de CDS fue que el gobierno griego ajustó su presupuesto y mejoró su posición fiscal. Los análisis médicos, también, suelen traer malas noticias, pero abolir los análisis médicos no soluciona los problemas, sólo los esconde, agravándolos.
La razón por la que políticos y gerentes corporativos por igual odian las CDS es precisamente porque las tasas de las CDS son muy útiles y muy prontas a exponer sus errores. A nadie le gusta que los demás descubran que está equivocado. Por este motivo, políticos y empresarios poderosos suelen lisonjear a la prensa, las agencias calificadoras de crédito y hasta los analistas para que muestren sus aciones con una luz positiva. Como es la fuente principal de información negativa que no es sensible al poder, el mercado de CDS es temido, y los políticos quieren eliminarlo.
Por supuesto, el mercado de CDS no es perfecto. De hecho, ni siquiera es un mercado organizado, sino un mercado virtual informal. Las reglas existentes no están destinadas a volverlo transparente o resiliente, sino más rentable para grandes instituciones como Goldman Sachs y JP Morgan. De manera que es necesaria la intervención para formalizar el mercado de CDS y forzar una colateralización apropiada, de manera que ningún gobierno tenga que intervenir para rescatar a alguna contraparte. Pero regular el mercado de CDS no implica prohibirlo. Hacerlo no haría más que sembrar las semillas de la próxima burbuja.


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