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Corrupción y ocupación

TEL AVIV – Investigaciones policiales, comisiones de investigación que examinan los errores cometidos durante la guerra del Líbano de 2006, repugnancia ante los presuntos delitos sexuales del ex Presidente Moshe Katsav y ahora el anuncio del Primer Ministro Ehud Olmert de que, en vista de que las acusaciones de corrupción se arremolinan en torno a él, dimitirá en septiembre: todo ello indica heridas profundas en el tejido moral de Israel.

Los israelíes de edad, como yo, están estupefactos ante el alcance y la escala de la corrupción actual y la multiplicación de las investigaciones. ¿Es la corrupción algo que siempre ha existido aquí, pero estaba en cierto modo oculto hasta ahora? ¿Estamos enterándonos de su existencia porque nuestro fiscal y nuestra policía son más audaces y están mejor equipados en la actualidad?

No creo que la corrupción esté saliendo a la luz porque la imposición del cumplimiento de la ley sea en cierto modo mejor o porque los ciudadanos, como el personal presidencial que acusó al Presidente Katsav de delitos y acoso sexuales, sean más valientes. Lo que está saliendo a la luz es un mal mucho más profundo, una pérdida de valores en la sociedad israelí y en su gobierno, como nunca antes había existido.

Ese deterioro moral es más aparente en el comportamiento de los acusados actuales, que son mucho más desvergonzados y agresivos que en el pasado. Recuerdo que en el decenio de 1970, cuando surgieron sospechas de corrupción respecto de un ministro del Partido Laborista, éste se suicidó. Lo mismo hizo un director de un gran banco, economista brillante, cuando se sospechó que había cometido delitos financieros.

Cuando Pinkhas Sapir, el legendario ministro de Hacienda de la Primera Ministra Golda Meir, murió, lo único que poseía era un modesto piso en Tel Aviv y unos pequeños ahorros. David Ben Gurion, fundador y personalidad política más destacada de Israel, pasó los once últimos años de su vida en una casita de madera en el kibbutz Sde Boker del desierto. En la actualidad la extraordinaria modestia de la casa sigue asombrando a los visitantes.

El ex Primer Ministro Menachem Begin vivió también hasta su muerte en un piso sencillo en Tel Aviv. Ni la menor sombra de sospecha de corrupción perturbó nunca su paz.

Es cierto que en los últimos años la corrupción ha llegado a ser más común en otros países y muchas democracias están manchadas por vínculos entre la política y las finanzas. Los intereses económicos están suplantando la ideología como motor de la política y el dinero es un instrumento decisivo en las elecciones, pero, ¿cómo es que Israel, que tan sólo unos años atrás apenas se veía afectado por el fraude y la corrupción, se ve ahora inundado por ellos?

Creo que los recientes episodios de corrupción echan sus raíces en la división, iniciada en 1967, entre dos conjuntos de normas y valores totalmente distintos. Por un lado, los principios morales y jurisdiccionales del Estado democrático han seguido aplicándose en Israel conforme a la tradición del Estado de derecho. Por otro, en los territorios palestinos se ha ido creando progresivamente un nuevo sistema de valores.

Esos dos sistemas funcionan uno junto al otro, pero la divisoria que los separa se ha ido volviendo gradualmente más porosa y las brechas abiertas en ella han llegado a ser mayores. A diferencia de los Estados coloniales, en los que los colonizadores llegaron de metrópolis distantes (y sólo en pequeño número), los territorios palestinos se encuentran al otro lado de la frontera de Israel.

En la Ribera Occidental, los órganos jurisdiccionales actúan de forma totalmente distinta. Las tierras palestinas están confiscadas ilegalmente. Los colonos judíos actúan fuera de la ley y cometen actos provocativos que dañan a los palestinos, pero raras veces reciben sanciones penales. La injusticia y la explotación son cosas de la vida cotidiana, justificadas por referencia a la seguridad o a la ideología del Gran Israel.

Los límites entre los dos tipos de legalidades no podían permanecer impenetrables para siempre. Poco a poco, el estado de ocupación, que debería haber sido temporal, pasó a ser una realidad estable y la política de creación de asentamientos israelíes en el corazón de la población palestina fortaleció las conexiones entre Israel y los territorios ocupados. Las normas de un régimen colonial y militarista empezaron a infiltrarse en los órganos de gobierno de la democracia israelí y a pervertir sus actividades correctas. Políticos, funcionarios y oficiales del ejército –por lo general procedentes de la derecha– introdujeron en la vida política israelí las vergonzosas normas que están en vigor en los territorios ocupados. De modo que la corrupción ha aumentado.

Por fortuna, el sistema judicial de Israel sigue siendo independiente y descansa sobre unos cimientos de integridad demostrada. La presencia de muchas mujeres en la magistratura y la policía ha contribuido también en gran medida, a mi juicio, a fortalecer el sistema, pero, cuando normas inadmisibles llegan a estar toleradas en silencio, incluso el sistema judicial más fuerte resulta desestabilizado.

Tampoco debemos olvidar que la economía mundial, en la que Israel está profundamente integrado, brinda infinitas y complejas oportunidades para los delitos financieros.

En esas condiciones, un sistema judicial y una policía fuertes no siempre bastan para contener la corrupción. También hace falta el apoyo de la opinión pública.

Tengo la impresión de que los últimos episodios preocupantes de corrupción entre políticos y funcionarios del Estado han sacado a los ciudadanos de Israel de su adormecimiento. Ahora están pidiendo que el Estado de derecho y la justicia vuelvan a ocupar su lugar fundamental en la vida pública. Naturalmente, la prueba auténtica será la de si esas exigencias se reflejan en las elecciones parlamentarias de septiembre.

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