The World in Words
Brigitte Bardot y los perros callejeros de Bucarest
Andrei Cornea
BUCAREST: Probablemente sólo nuestro dramaturgo más famoso, Eugenio Ionesco, habría podido entender bien este asunto. El genio de Ionesco consistía en dibujar un mundo donde el absurdo triunfaba. Imaginemos la escena: Bucarest, le petit Paris, una ciudad de tres millones de personas con amplios bulevares y villas señoriales es ahora una ciudad en ruinas. Hay una pobreza desenfrenada, los orfanatos están desbordándose con niños abandonados y hay innumerables jaurías de perros sin dueño en las calles.
Todo eso genera poco o ningún interés en Occidente. Los políticos rumanos se muestran igualmente indiferentes; han desperdiciado los últimos diez años en peleas interminables, mientras nuestros vecinos poscomunistas reinventaban sus sociedades y se preparaban para la membresía en la UE.
El entonces alcalde de Bucarest, Traian Basescu, propone un plan para controlar el problema de los perros: el gobierno de la ciudad matará a todos los perros sin dueño. De repente, el interés de Occidente se despierta. No para ayudarnos, por supuesto –por lo menos no para ayudar a la ciudad que tiene ejércitos de perros sueltos, que la hacen parecerse a veces a uno de los pueblos fantasma de las películas de vaqueros de Sergio Leone. No, Brigitte Bardot –todavía estamos esperando la llegada de Gerard Depardieu en cualquier momento—y otras celebridades, gente que no es capaz de derramar una lágrima por nuestros huérfanos o por la pobreza masiva que dejó Ceausescu, vuelan a Bucarest (en primera clase, sin duda) para proteger a los perros callejeros y acusar a nuestro alcalde.
Creo que nuestra realidad desafiaría incluso el sentido del absurdo de Ionesco. Una Bardot encanecida llegó a Bucarest no para que los hombres recordaran sus encantos, sino para prevenir lo que ella llamó un “genocidio canino”. Sin embargo, a pesar de la dura retórica, cuando Brigitte Bardot y el alcalde Basescu terminaron su reunión, se despidieron con un beso. “He esperado treinta años para esto,” dijo, sonrojándose, el alcalde. No queriendo hacer distinciones entre partidos, la señora Bardot besó más tarde a nuestro presidente, Ion Iliescu. Con su fama reconocida y la adoración del público, ella se fue, dejando a los perros callejeros y a nuestra maltrecha sociedad a su suerte.
Los perros callejeros de Bucarest son una herencia poco vistosa del comunismo, como los bloques de apartamentos a medio construir y abandonados que se encuentran esparcidos por la ciudad y por todo el país. Hace algunas décadas había en Bucarest muchas casitas, con patios y jardines pequeños. La gente tenía perros guardianes para proteger sus propiedades. Sin embargo, en los 1970 y 1980, la mayoría de esas casas fueron demolidas por Ceausescu. El dictador quería que todos los ciudadanos socialistas vivieran en apartamentos socialistas. Mientras decenas de miles de personas fueron trasladadas a apartamentos pequeños y uniformes, muchos perros quedaron abandonados. Como la gente en Rumania, sólo sobreviven gracias a su astucia diaria.
Desde 1990, un alcalde tras otro han prometido abordar el problema de estos cientos de miles de perros callejeros. Sin embargo, también existían problemas aún mayores –la vivienda y el crimen--, así que no se hizo nada al respecto. Además, mucha gente se oponía a la matanza de perros callejeros. De vez en cuando algunos eran capturados, esterilizados y liberados. Pero las jaurías se multiplicaban y se multiplicaban.
El alcalde Basescu quiere ser el próximo líder del Partido Democrático (que ahora encabeza el ex Primer Ministro Petre Roman) y se dice que está preparando su candidatura a la presidencia para el 2004. El éxito como alcalde de Bucarest aumentaría sus posibilidades, y ¿qué mejor manera de promoverse a sí mismo tiene un político que “limpiando” algún problema sin solución aparente –sobre todo cuando es un problema que simboliza diez años de incompetencia y desesperación?
Así, el alcalde prometió que todos los perros callejeros serían capturados y puestos en cuarentena. Los viejos y enfermos serían eliminados mediante la eutanasia, y el resto serían esterilizados y vacunados. Mientras tanto, se pediría a la gente que adoptara la mayor cantidad de perros posible. Los que no fueran adoptados compartirían el destino de los viejos y enfermos.
Aún antes de la visita de Bardot, hubo manifestaciones que sitiaron la alcaldía para protestar contra el plan. Un defensor de los derechos humanos, Gabriel Andreescu, comparó el amenazador futuro de los perros callejeros con el Holocausto y el Gulag. Un destacado periodista, Cristian Tudor Popescu, reprendió a los defensores de los derechos de los animales por su relativismo moral y su insensibilidad ante el sufrimiento humano.
Nuestros políticos suelen gritarse unos a los otros, pero Basescu desarmó hábilmente a sus críticos al hablar con representantes de los grupos pro derechos de los animales. Les dijo que él rechazaba la crueldad contra los animales, pero insistió en que su deber era promover los intereses de la gente, antes que los de los perros. Les pidió (muchas de las representantes eran mujeres acomodadas) que pusieran un ejemplo personal adoptando un perro callejero.
Ionesco no era ningún moralista, peri ni siquiera él podría negar la moraleja que se desprende de esta historia: cuando las sociedades evitan tomar las medidas necesarias, las cosas empeoran. Así como los perros callejeros de Bucarest se multiplicaron, también lo hicieron los problemas no resueltos de Rumania. Hay problemas sociales enormes que exigen el compromiso de la comunidad entera, no sólo la voluntad desde arriba. Por supuesto que no se puede “adoptar” fábricas abandonadas o a las masas de desempleados, cosa que sí se puede hacer con los perros. No obstante, una comunidad debe asumir y compartir sus cargas.
Probablemente algún día Rumania aprenda esta lección. Sin embargo, dudo que las celebridades como la señora Bardot lleguen a reconocer lo absurdo de sus prioridades mal enfocadas –venir a un país donde millones de gentes viven en condiciones de pobreza y desesperación y mostrar preocupación sólo por los perros callejeros.
Copyright Project Syndicate 2010
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