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¿Valores chinos?

BERLÍN – Actualmente no cabe la menor duda de que la República Popular de China tendrá una posición preponderante en el mundo del siglo XXI. El rápido crecimiento, el potencial estratégico, el enorme mercado interior y las inmensas inversiones en infraestructuras, educación e investigación e innovación de este país, además de su acumulación de capacidad militar en gran escala, contribuirán a ello. Eso significa que, desde el punto de vista económico y político, estamos entrando en un siglo del Asia oriental y sudoriental.

Para que no se olvide, hemos de decir que el resultado para el mundo habría sido mucho peor, si el ascenso de China hubiera fracasado, pero, ¿cómo será ese mundo? Podemos prever el poder que modelará su geopolítica, pero, ¿qué valores subyacerán a su ejercicio de dicho poder?

La política oficial de “Cuatro modernizaciones” (industrial, agrícola, militar y científico-tecnológica) que ha sostenido el ascenso de China desde finales del decenio de 1970 no ha dado una respuesta a esa pregunta, porque la “quinta modernización” –el surgimiento de la democracia y del Estado de derecho– sigue sin hacerse realidad. De hecho, la modernización política afronta una oposición en masa del Partido Comunista chino, que no está interesado en abandonar su monopolio del poder. Además, la transición a un sistema pluralista que canalice, en lugar de reprimir, el conflicto político sería en verdad peligrosa, si bien el riesgo aumentará cuanto más persista el gobierno de un solo partido (y la corrupción endémica que lo acompaña).

Ideológicamente, el rechazo por parte de la dirección china de los derechos humanos, la democracia y el Estado de derecho se basa en la tesis de que esos valores, supuestamente universales, son una simple tapadera de los valores occidentales y que, por tanto, se debe considerar su repudio un asunto de autorrespeto. China no volverá a someterse a Occidente militarmente, por lo que tampoco debe someterse a sus normas.

Y así volvemos al concepto de “valores asiáticos”, originalmente formulado en Singapur y Malasia, pero hasta ahora, tres decenios después, su significado sigue siendo obscuro. Esencialmente, dicho concepto ha servido para justificar el gobierno colectivista y autoritario al emparentarlo con la tradición y la cultura locales, con una autonomía definida como otredad, es decir, diferenciación de Occidente y sus valores. Así, pues, los “valores asiáticos” no son normas universales, sino una estrategia de autopreservación íntimamente unida a la política identitaria.

Dada la historia del colonialismo occidental en Asia, el deseo de mantener una clara identidad distinta es legítimo y comprensible, como también la creencia en muchos países asiáticos –y muy en particular en China– de que ha llegado el momento de saldar cuentas antiguas, pero el esfuerzo de preservar el poder propio, la necesidad de una identidad “asiática” clara y el deseo de saldar cuentas históricas no resolverán la cuestión normativa que plantea el ascenso de China como potencia preponderante del siglo.

La forma como se responda a esa pregunta reviste importancia decisiva, porque determinará el carácter de una potencia mundial y, por tanto, cómo se relaciona con otros países más débiles. Un Estado llega a ser una potencia mundial cuando su importancia y su potencial estratégicos le confieren alcance mundial y, por lo general, semejantes Estados intentan salvaguardar sus intereses imponiendo su preponderancia (hegemonía), lo que es una receta para el conflicto peligroso, si se basa en la coerción y no en la cooperación.

La adaptación del mundo a una estructura hegemónica mundial, en la que las potencias mundiales garantizan un orden internacional, sobrevivió a la Guerra Fría. La Unión Soviética no era ideológicamente antioccidental, porque el comunismo y el socialismo fueron invenciones occidentales, pero era antioccidental desde el punto de vista político. Y fracasó no sólo por razones económicas, sino también porque su comportamiento interior y exterior se basaba en la compulsión y no en el consentimiento.

En cambio, el modelo económico y político de los Estados Unidos y el de Occidente, con sus derechos individuales y sociedad abierta, demostraron ser las armas más eficaces en la Guerra Fría. Los EE.UU. no prevalecieron por su superioridad militar, sino por su poder blando y porque su hegemonía no se basaba en la coerción (aunque algo había de eso también), sino en gran medida en el consentimiento.

¿Qué vía elegirá China? Si bien China no cambiará su antigua y admirable civilización, debe su nuevo ascenso a su adopción del modelo occidental contemporáneo de modernización: el gran logro de Deng Xiaoping, quien internó al país por su vía actual hace más de tres decenios, pero la decisiva pregunta por la modernización política sigue sin respuesta.

Está claro que los intereses nacionales y a veces el poder puro desempeñan un papel en cómo los EE.UU. y otros países occidentales aplican valores como los derechos humanos, el Estado de derecho, la democracia y el pluralismo, pero esos valores no son una simple fachada para los intereses occidentales; en realidad, apenas lo son en medida alguna. Son en verdad universales y con mayor razón en una época de mundialización total.

La contribución de Asia –y de China, en particular– al desarrollo de ese conjunto de valores universales no se puede prever aún, pero llegará sin lugar a dudas, si la “quinta modernización” propicia la transformación política de China. El rumbo de China como potencia mundial irá determinado en gran medida por la forma como afronte esa cuestión.

Traducido del inglés por Carlos Manzano.