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De nuevo se traban las reformas en China

A medida que se acercaba el 82 aniversario de la fundación del Partido Comunista Chino en el mes de julio, parecía que el nuevo secretario general, Hu Jintao, estaba a punto de anunciar una nueva serie de reformas. Durante una ceremonia para celebrar la promulgación de la constitución de 1982, se dice que Hu expresó interés en fortalecer la protección constitucional en contra de las invasiones oficiales de la vida privada de la gente y en promover una amplia reforma legal. En efecto, incluso se rumoró que estaba considerando una mayor democratización interna del Partido, más libertad de prensa, el fortalecimiento de los partidos políticos no comunistas y permitir el regreso de los disidentes exilados.

Esas ideas optimistas se vieron reforzadas cuando intelectuales chinos (incluso algunos académicos oficiales) empezaron a escribir y a hablar en favor de revisar veredictos polémicos del Partido en incidentes históricos (como la masacre de la Plaza de Tiananmen). Asimismo, hubo un aumento del apoyo popular a los trabajadores rurales (que han estado migrando por decenas de millones hacia las ciudades del país), así como de los llamados para realizar cambios constitucionales significativos.

Por ejemplo, Cao Siyuan, académico en asuntos legales, comenzó a escribir, a presionar y a organizar conferencias sobre las reformas constitucionales. El que Cao haya sido arrestado después de la masacre de Beijing de 1989, expulsado del Partido, que pasara tiempo dando conferencias en el extranjero y que ahora dirija una empresa de consultoría, no pareció ser un impedimento. Cao tuvo cuidado de mantenerse dentro de los límites del reformismo moderado. Sin embargo, hizo llamados abiertos para hacer reformas en cinco áreas: la constitución, la separación de poderes, las elecciones, los partidos políticos y la cultura de la política.

Incluso se dice que, por su parte, Hu Jintao y el primer ministro Wen Jiabao autorizaron a un órgano de alto nivel, el "Grupo para la modificación de la Constitución", para que redactara "cambios de fondo" que se analizarían en marzo de 2004 durante la próxima sesión del Congreso Popular Nacional. Se dice que los cambios propuestos incluían una enmienda que garantizaría a los empresarios privados los mismos derechos de propiedad que tienen las compañías del Estado, el derecho constitucional de los miembros del Partido de elegir a sus líderes e incluso algunos pasos hacia un sistema multipartidista.

Se asumía que la tolerancia evidente del partido a esas ideas venía del propio Hu Jintao. Cuando Hu también canceló el tradicional comité de verano a puertas cerradas de los viejos miembros del Partido, que se celebra todos los años en el balneario de Beidahe, aumentaron las esperanzas de que las reformas políticas verdaderamente avanzarían.

Sin embargo, cuando el discurso a la nación de Hu del 1 de julio no tocó ninguno de esos temas, los chinos que se inclinan por las reformas quedaron palpablemente desanimados. Para desilusión de muchos, Hu terminó por dar una perorata insulsa que, en lugar de ensalzar las reformas políticas, volvió a subrayar la sombría noción de los Tres Representantes (la banal teoría propuesta por el exjefe del Partido, Jiang Zemin, que permitía incluir a los empresarios en el Partido.

Después, agentes de la Oficina de Seguridad Pública comenzaron a seguir a los intelectuales reformistas como Cao Siyuan, y los miembros que asistían a las conferencias sobre reforma legal que él organizaba recibieron advertencias del Departamento de Propaganda (los censores chinos) de que dejaran de discutir los "tres inmencionables" (la reforma política, la revisión a la constitución y la revocación de los veredictos sobre los incidentes históricos). Quedó claro que el tren de las reformas se había descarrilado. En efecto, al poco tiempo, el Partido envió a los grupos de análisis, a los medios de comunicación y a las universidades un documento que prohibía toda discusión pública de esos temas.

¿Qué sucedió? Como tantas veces en el pasado, estas últimas reformas llegaron al límite de lo permisible por la tolerancia del Partido, antes de haber comenzado. Es una vieja historia en China: los llamados a las reformas que hacen los que buscan una liberalización acaban por molestar a los miembros conservadores del Partido (en este caso, la facción política de Jiang Zemin, que aunque no está en el comité en funciones del Politburó, sigue encabezando la poderosa Comisión Militar central y ejerce una influencia considerable. Se acalló a los reformistas en aras de mantener la estabilidad.

Desde principios de los años ochenta, China ha atravesado por muchas repeticiones de esta dinámica. Aunque es cierto que a menudo queda algún residuo modesto de avance después del fin de esos episodios, el ambiente político actual en China es mucho más intolerante y propenso a la censura que a mediados de los ochenta.

En efecto, este reciente ejemplo de reformus interruptus plantea una vez más la importantísima pregunta de si China podrá realmente experimentar una "evolución pacífica", al menos mientras el Partido Comunista Chino siga al frente. Lo que este patrón sugiere es que el Partido rara vez puede tragarse más de una pequeña dosis de reformas políticas, y mucho menos una crítica abierta, antes de reaccionar de manera casi automática en contra.

Aunque un proceso de "evolución pacífica" ofrece las mejores posibilidades para el cambio en esta mutante "república popular", la incapacidad manifiesta del Partido para aprobar incluso los grados más modestos de cuestionamiento político (aun con una nueva generación de líderes en el poder) no genera confianza en las perspectivas de una reforma gradual. El fracaso de este último movimiento mini-reformista sugiere que en lo referente a la política, el fahzi , o imperio de las leyes, ha avanzado relativamente poco en opacar al renzhi , el imperio del hombre.

China puede ser una especie de milagro de las reformas económicas, pero hasta que no haya cambios en su sistema leninista de gobierno, copiado de la URSS durante la era de Stalin, nunca surgirá una verdadera China Nueva.

Aunque podemos tener la esperanza de que China encontrará alguna manera de seguir transformándose en forma pacífica, la constante intolerancia hacia la libertad de expresión por parte del Partido Comunista, y su negativa a permitir que la gente siquiera discuta en público las formas en que su gobierno podría reformarse, no son un buen augurio para el futuro.

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