CHENGDU – El mes pasado fue el 50 aniversario de lo que los activistas llaman el Día Nacional del Levantamiento Tibetano, la fecha de 1959 en que los tibetanos se rebelaron en Lhasa contra el gobierno del Partido Comunista Chino. La rebelión fue aplastada. El Dalai Lama huyó a la India y durante al menos una década las cosas empeoraron: muchos tibetanos –posiblemente más de un millón—murieron de hambre durante la campaña del Gran Salto Adelante del Presidente Mao y, durante la Revolución Cultural, se destruyeron templos y monasterios, a veces con la participación de las Guardias Rojas tibetanas, y muchas personas murieron en los actos de violencia.
Los funcionarios chinos están notablemente nerviosos en este año de aniversarios (20 años después de Tiananmen). En marzo yo estaba en Chengdu, en la provincia de Sichuan, donde viven muchos tibetanos. Los policías que buscaban señales de rebelión detenían por las calles incluso a turistas extranjeros que no tenían idea del aniversario Se acordonó el pintoresco distrito tibetano. No sólo se prohibió tomar fotografías ahí; ni se quiera podía uno atravesarlo.
No obstante, la prensa china celebró el aniversario con efusivos artículos que describían la alegría de los tibetanos por haber sido liberados tras siglos de feudalismo y esclavitud. Según el periódico China Daily , entre otras publicaciones, el Tibet de antes de la liberación era un verdadero infierno y los tibetanos están felices y agradecidos de ser ciudadanos de la República Popular China.
Algunos tal vez lo están. Muchos no. Pero si bien la propaganda china pinta un panorama demasiado oscuro del pasado tibetano, los occidentales que simpatizan con la causa del Tibet frecuentemente son demasiado sentimentales.
El encanto personal del Dalai Lama, combinado con el aire de sabiduría espiritual superior del Himalaya, ha promovido una caricatura de un pueblo sabio y pacífico aplastado por un imperio brutal. Sin embargo, no por nada un buen número de tibetanos educados de hecho dieron la bienvenida a los comunistas chinos en 1950. Se consideraba al clero budista, no sin razón, rígido y opresor. El comunismo chino prometía una modernización.
El gobierno de China ha cumplido esa promesa en las últimas décadas. Lhasa, lugar tranquilo, atrasado y más bien sucio hace apenas 30 años, es ahora una ciudad con enormes plazas, centros comerciales y rascacielos conectada al resto de China mediante una línea ferroviaria de alta velocidad. Es cierto que los tibetanos, con poca representación en el gobierno local, pueden no haberse beneficiado tanto como los chinos han, cuya presencia en ciudades como Lhasa en calidad de soldados, comerciantes y prostitutas es tan abrumadora que existe la preocupación de que la cultura tibetana se extinga, salvo como una atracción turística oficial.
Con todo, no se puede negar que los pueblos tibetanos son ahora más modernos –en términos de electrificación, educación, hospitales y otros servicios públicos—que antes. Este es uno de los argumentos que utilizan no sólo las autoridades chinas, sino casi todos los chinos para justificar la absorción del Tibet por su país.
Este argumento tiene una larga historia. Lo utilizaron los imperialistas occidentales (y, en efecto, los japoneses) a principios del siglo XX para justificar sus “misiones” para “civilizar” y “modernizar” a los nativos. De hecho, bajo el dominio japonés, Taiwán era más moderno que otras partes de China. Los británicos llevaron a la India una administración moderna así como ferrocarriles, universidades y hospitales.
No obstante, aparte de algunos grupos marginales de chovinistas nostálgicos, la mayoría de los europeos y los japoneses ya no están tan convencidos de que la modernización sea una justificación suficiente para un gobierno imperialista. La modernización debe llevarla a cabo un pueblo que se gobierne a sí mismo y no debe ser impuesta por una fuerza extranjera. En otras palabras, se debería permitir a los tibetanos modernizarse a sí mismos.
Pero los chinos tienen un argumento adicional, que puede parecer más convincente (y más moderno). Están orgullosos, con razón, de la diversidad étnica de China. ¿Por qué habría de definirse la nacionalidad por el idioma o las características étnicas? Si se debe permitir a los tibetanos separarse de China, ¿por qué no a los galeses del Reino Unido, los vascos de España, los kurdos de Turquía o los cachemires de la India?
En algunos casos la respuesta es que tal vez sí se les debería permitir. Pero la pertenencia a un grupo étnico como indicador principal de la nacionalidad es un concepto peligroso, entre otras cosas, porque excluye a las minorías.
Entonces, ¿están equivocados quienes apoyan la causa tibetana? ¿Debemos desecharla como una tontería sentimental? No necesariamente. La cuestión no es tanto la cultura, la espiritualidad o siquiera la independencia nacional del Tibet, sino el consentimiento político.
En este sentido, los tibetanos no están en peores condiciones que otros ciudadanos de la República Popular China. En todo el país se están derribando monumentos históricos en nombre del desarrollo. En todas las ciudades chinas, no sólo en el Tibet, se está esterilizando, homogeneizando y privando de independencia y espontaneidad a la cultura. Ningún ciudadano chino, ya sea han, tibetano, uigur o mongol, puede sacar del poder al Partido con su voto.
Así pues, el problema principal no es la nacionalidad o la discriminación sino la política. El gobierno chino afirma que los tibetanos son felices. Pero sin una prensa libre y el derecho al voto no hay forma de saberlo. Los actos esporádicos de violencia seguidos de una opresión igualmente agresiva indican que muchos no lo son.
Sin una reforma democrática este círculo no tendrá fin, puesto que la violencia es la expresión típica de un pueblo sin derecho a la libre expresión. Esto se aplica no sólo al Tibet, sino también al resto de China. Los tibetanos únicamente serán libres cuando lo sean todos los chinos. En ese sentido al menos, todos los ciudadanos de China están in circunstancias iguales.


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