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La mejor esperanza de China

El año 2008 no será recordado principalmente por actos nobles o heroicos. Sin embargo, entre las noticias comunicadas en los últimos meses de fraude financiero, derramamiento de sangre en la India y Gaza y desastres económicos mundiales, una de ellas ha sobresalido por la valentía y la nobleza a la que se refería. El 10 de diciembre, en el 60º aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos, más de 300 ciudadanos chinos, entre ellos profesores de Derecho, hombres de negocios, agricultores e incluso funcionarios del Estado,  incluyeron sus nombres en un documento extraordinario, titulado Carta 08.

Los firmantes, a los que más adelante se sumaron varios miles más, preguntaban hacia dónde se dirigía China en el siglo XXI: “¿Seguirá con la “modernización” bajo un gobierno autoritario o abrazará los valores humanos universales, se sumará a la corriente principal de las naciones civilizadas y creará un sistema democrático?”

Nada incendiario hay en la Carta 08, ningún llamamiento a la rebelión violenta ni sed de venganza ni de represalias. Simplemente pide lo que los ciudadanos de todas las democracias liberales dan por supuesto: el derecho a poner en tela de juicio las políticas gubernamentales, la protección de los derechos humanos, una judicatura independiente y elecciones multipartidistas.

El modelo para la Carta 08 fue la Carta 77 de Checoslovaquia. En 1977, varios firmantes destacados, como, por ejemplo Václav Havel, fueron detenidos a consecuencia de ella. Asimismo, uno de los más valientes y más lúcidos intelectuales chinos, Liu Xiaobo, fue detenido en diciembre por firmar la Carta 08 y aún no ha sido liberado. Otros firmantes han sido interrogados y hostigados.

La Carta 08 no ha recibido la atención que merece, tal vez porque la mayoría de la gente tiene otras preocupaciones más apremiantes, pero también hay una tendencia –y no sólo en China– a desechar esos llamamientos en pro de la democracia por considerarlos irrelevantes e incluso desacertados. Políticas americanas recientes han dado mala fama al fomento de la democracia. En China y otras zonas aún existentes de autoritarismo asiático, ha llegado a ser habitual, incluso entre algunos autotitulados “liberales”, sostener que la democracia puede estar bien para los europeos y los americanos, pero no es adecuada para las condiciones asiáticas. China es demasiado grande, su cultura demasiado diferente y su población aún demasiado pobre y carente de instrucción para apoyar un sistema democrático.

Otra formulación de esa argumentación es la de que China tiene su propio tipo de democracia, basada en la idea confuciana de la benevolencia del gobierno y la propensión cultural del pueblo chino a sacrificar los derechos individuales en pro de los bienes colectivos. Para quienes adoptan esa opinión –y a ese respecto muchos hombres de negocios occidentales están completamente de acuerdo con el Partido Comunista chino– los firmantes de la Carta 08 están descompasados con su propia cultura.

Desde el punto de vista de sus consecuencias inmediatas, es cierto que la Carta 08 apenas rizó las aguas del estanque de la política china. El gobierno se niega siquiera a examinar las ideas de la Carta, por no hablar de hacer algo para aplicarlas, pero ésa no es una razón para considerarla irrelevante. En 1977, pocas personas habrían predicho que algún día Havel presidiría una democracia checa. También él y sus compañeros disidentes fueron una pequeña minoría. Puede que no llegue pronto una China democrático-liberal, pero, después de la Carta 08, nadie puede negar que muchos chinos la desean anhelantemente.

La expresión de ese deseo es particularmente importante ahora que el mundo está asolado por una crisis económica aterradora. La angustia económica generalizada nunca deja de tener consecuencias políticas. El populismo xenófobo va en aumento en Europa. El Presidente Barack Obama tendrá dificultades para contener el proteccionismo resentido en los Estados Unidos. Los japoneses podrían volver a adoptar un nacionalismo airado. Sin embargo, en ninguna parte son las consecuencias sociales y políticas de una recesión económica más potencialmente desestabilizadoras que en China.

Se debe a que el monopolio del poder por parte del Partido Comunista chino sólo puede estar justificado por un rápido y continuo crecimiento económico, sin el cual los trabajadores y los campesinos perderán sus puestos de trabajo y las clases medias urbanas la posibilidad de aumentar su prosperidad. El auge económico es la única fuente de legitimidad que le ha quedado al Estado unipartidista. Pocas personas, aun miembros del Partido, siguen creyendo en el marxismo-leninismo, por no hablar del maoísmo, y el descontento general con la corrupción oficial y la opresión política quedó ampliamente demostrado en todas las regiones de China en 1989.

No sólo mediante la fuerza bruta logró el gobierno comunista mantenerse en el poder después de los sucesos de Tiananmen. Se aceptó una apariencia de legitimidad política, en particular entre la clase media instruida, con la promesa de una mayor riqueza. Mientras las personas tenían la sensación de estar haciéndose más ricas, se podían aplazar las peticiones de más libertad de expresión, mejor protección de los derechos humanos y del derecho al voto.

Pero, si ese arreglo se desploma y no se puede dar por sentada una prosperidad material cada vez mayor, pueden ocurrir muchas cosas... y pocas de ellas agradables. Las zonas rurales y las ciudades industriales podrían estallar con disturbios en masa. Si bien el gobierno podría aplastarlos con la fuerza, la pérdida de confianza entre la clase media sería más grave. El nacionalismo militante, en parte alentado por unos gobernantes nerviosos, podría ser una consecuencia. Otra podría ser la de los intentos por parte del ejército de contener los desórdenes sociales tomando el poder del gobierno.

Si no hubiera opciones substitutivas de un autoritarismo unipartidista, un gobierno militar o un caos a escala de toda la nación, el futuro de China sería en verdad desolador, pero existe una opción: la que se ha expuesto elocuente y convincentemente en la Carta 08. Si China logra algún día seguir el ejemplo de Corea del Sur, Japón y Taiwán y sumarse a la “corriente principal de las naciones civilizadas” estableciendo una democracia liberal, el 10 de diciembre de 2008 pasará a la Historia como una de las fechas fundamentales de su concepción.

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