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El nuevo presidente de Chile, el General Pinochet y la derecha política

Luego de una reñida contienda electoral, Chile tiene un nuevo presidente. El domingo, Ricardo Lagos, el lider socialista, derrotó a su contendiente conservador, Joaquín Lavín, por 190.000 votos, el margen más pequeño registrado en una elección presidencial desde el retorno de Chile a la democracia.

En las cinco semanas que antecedieron a la segunda vuelta, Lagos llevó adelante una campaña extraordinariamente efectiva. Impresionado por el éxito de Lavín en la primera vuelta, Lagos se vio obligado a repensar su estrategia. Un discurso más bien intelectual fue sustituído por exhortaciones sencillas y directas al electorado y, rodéandose de un grupo de tecnócratas jóvenes, imprimió a la campaña una necesaria modernidad. Los nuevos integrantes de su equipo se apresuraron a distanciarse de algunos de los elementos más polémicos y controvertidos del programa, como la propuesta legislación que otorgaría un poder considerablemente mayor a los sindicatos, comprometiendo la capacidad del país para competir internacionalmente, al tiempo que reducía su potencial de crecimiento.

Lo sorprendente no es el triunfo de Lagos -después de todo, siempre fue el favorito- sino que Lavín haya podido llegar a plantearle tamaño desafío. Por primera vez desde los años treinta, la derecha chilena surgió como opción política seria. Lavín obtuvo un extraordinario 48,7% de los votos presentándose en la campaña como un político eficiente, preocupado por la solución de los problemas, sin influencias ideológicas y apartado de las querellas políticas menores del pasado. Gradualmente, su campaña fue captando la atención de un número creciente de chilenos, especialmente de las mujeres y los jóvenes.

Si los partidos políticos de la derecha chilena quieren capitalizar la popularidad generada por Lavin, tienen que demostrar que han dejado atrás su acendrada ideología conservadora en favor de un enfoque pragmático, moderno, orientado a resolver problemas concretos. Si la derecha no convence al electorado de que este nuevo rumbo es genuino, muy probablemente retorne al tradicional 30% de los sufragios. Pero si demuestra que hace suya la nueva forma de hacer política que aplicó Lavín, podría lograr avances importantes en las elecciones municipales y parlamentarias venideras, e inclusive podría salir vencedora en las elecciones presidenciales del 2006.

Una prueba clave de si realmente la derecha chilena cambió podría plantearse ya la semana próxima. En el curso de su campaña, Lavín reiteró que, independientemente de su edad y de su salud, el General Pinochet debía enfrentar un juicio en Chile por presuntas violaciones de los derechos humanos. Si, como muchos temen, el Reino Unido libera al General en los próximos días, los políticos de la centroderecha chilena deben exigir públicamente que Pinochet sea llevado ante la justicia de su propio país. La derecha debería ir aun más lejos y reclamar que el General Pinochet renuncie a su banca de senador vitalicio y a la inmunidad consiguiente. Ello no sólo retiraría a Pinochet de la vida política chilena, sino que permitiría, además, una mucho mayor celeridad de la justicia y, en definitiva, que Chile encare su traumático pasado.

Lo que hizo de Lavín un candidato de centroderecha diferente fue que propuso numerosas iniciativas que apuntan a modernizar las instituciones políticas y sociales chilenas. Sugirió, por ejemplo, poner término a los senadores-designados, un legado antidemocrático del régimen militar, y eliminar el servicio militar obligatorio. Muchos dudaron de su sinceridad y de la de los partidos políticos que lo apoyaron, calificando sus propuestas de trucos de marketing. La derecha chilena puede demostrar que los escépticos estaban equivocados si en los próximos meses apoya -o, mejor aún, propone - leyes de acuerdo con estos lineamientos. El propio Lavin debería tomar la iniciativa y elaborar en conjunto con Lagos una serie de propuestas legislativas - incluidas algunas que requieren una reforma constitucional - que contaron con el acuerdo de ambos candidatos durante la campaña y que revitalizarían al sistema democrático chileno.

A su vez, Lagos debería evitar los enfoques nostálgicos y trillados que dominaron la primera parte de su campaña y emprender con vigor la modernización económica que su nuevo equipo de jóvenes asesores desea impulsar. De ser así, Chile empezaría el siglo XXI con grandes perspectivas y podría transformarse en un modelo de país en el que florecieran la justicia, la democracia y las oportunidades económicas.

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