Durante la segunda guerra mundial, los soldados de los Aliados ocuparon el Irán y lo utilizaron como apeadero para transportar suministros desde el golfo Pérsico hasta la Unión Soviética. Aquél fue el primer contacto del Irán con los americanos. “Llegaron a nuestro país con cierta inocencia”, dijo el respetado historiador iraní Kaveh Bayat, “y sin la menor pretensión colonizadora”.
El tren de suministros de los americanos pasaba periódicamente por la ancestral aldea de mi padre, Arak, entonces un pintoresco oasis de huertos verdes y frutales. “Siempre que oíamos acercarse el tren”, me contó en cierta ocasión mi padre, “todos los chicos de la aldea corríamos con la mayor rapidez que podíamos por el manzanal para saludar a los americanos de paso. Ellos sonreían y nos saludaban y nos arrojaban cualesquiera regalos que tuviesen: naipes, goma de mascar, caramelos lifesaver... Para nosotros eran como héroes de otro mundo”.
ˇCuánto ha cambiado la situación desde entonces! La revolución de 1979 en el Irán acabó con el régimen no democrático y proamericano del Sha y lo substituyó por el régimen no democrático y antiamericano de los clérigos. Las relaciones entre los Estados Unidos y el Irán han sido oficialmente inexistentes desde que un grupo de estudiantes radicales irrumpieron en la Embajada de los Estados Unidos en Teherán –y esta semana se cumplen 25 ańos de aquello- y tomaron sesenta y seis rehenes americanos, a los que retuvieron durante 444 días. Hace sesenta ańos, Arak era una humilde aldea conocida de las tropas estadounidenses por sus uvas; hoy los funcionarios del Pentágono tienen puesta la mira en ella, como ciudad industrial que es esencial para el preocupante programa nuclear del Irán.
Y, sin embargo, pocos países tienen una relación más paradójica que los Estados Unidos y el Irán. Mientras que el régimen iraní sigue siendo beligerantemente antiamericano, el pueblo iraní es abiertamente proamericano. Mientras que los gobiernos de Teherán y Washington parecen ser archirrivales estratégicos, “pocas naciones hay en el mundo”, según el ex Secretario de Estado Henry Kissinger, “con las que los Estados Unidos tengan menos motivos para pelearse o más intereses compatibles que el Irán”.
De hecho, es probable que el Irán se haya beneficiado más que ningún otro país de los cambios de régimen provocados por los Estados Unidos en el Afganistán y el Iraq, pues tanto los talibanes como Sadam Husein eran enemigos jurados del país.
Pero ninguna de las dos partes aprovechó la oportunidad para construir a partir de ese terreno común y hoy las relaciones EE.UU-Irán son tan antagónicas como lo han sido durante ańos. Para los Estados Unidos, las ambiciones nucleares del Irán, su oposición a Israel y su apoyo a grupos extremistas han llegado a ser cada vez más intolerables en el marco de la guerra contra el terror.
La larga oposición del Irán a las relaciones con los Estados Unidos es algo más compleja. Desde luego, muchas de las minorías gobernantes del Irán se formaron políticamente durante las agitaciones antiimperialistas y anticolonialistas de los decenios de 1960 y 1970 y siguen profesando esa visión del mundo. Aunque su celo revolucionario puede haber menguado con el paso de los ańos, siguen compartiendo en general el punto de vista del ayatolá Jomeini, que equiparó la relación entre el Irán y los Estados Unidos con la existente “entre una oveja y un lobo”.
Sin embargo, la rigidez ideológica no explica el antiamericanismo, con frecuencia gratuito, del Irán. Para la minoría política y militar dirigente del Irán, cualquier aumento de la liberalización resultante de una apertura de relaciones con los Estados Unidos representa una amenaza para sus intereses. Desde su perspectiva, el Irán es ahora una fiesta privada –su fiesta- y cuantos menos participantes tenga más alegre será. En vista del empantanamiento de los Estados Unidos en el Iraq y los precios del petróleo, más altos que nunca, los partidarios de la línea dura del régimen ven pocas razones para una avenencia en este momento.
Por otra parte, algunos iraníes influyentes -encabezados por el ex presidente Hashemi Rafsanjani- reconocen que las relaciones con los Estados Unidos son inevitables, dada la necesidad que tiene el Irán de reintegrarse en la comunidad internacional y afrontar sus deficiencias económicas. Además, la población iraní es abrumadoramente partidaria de un acercamiento.
Como escribió Afshin Molavi en su incisivo documental Peregrinajes persas, los jóvenes iraníes de hoy no son idealistas revolucionarios, como los de hace tres decenios. Al contrario, tienen reivindicaciones concretas, como, por ejemplo, puestos de trabajo y libertad política y social. Están deseosos de entrar en la comunidad mundial y liberarse de una reputación internacional empańada.
Los intelectuales iraníes de hoy han experimentando un proceso de maduración similar, al desechar los ideales políticos “utopistas” y “nativistas” de sus predecesores. Refiriéndose a la obra de 1962 Gharbzadegi (“Oestoxicación”) de Jalal Al-e Ahmad, que llegó a ser uno de los manifiestos de la revolución de 1979, un intelectual secular de Teherán me comentó lo siguiente: “Ya nadie lee a Al-e Ahmad. Al contrario, estamos deseosos de un intercambio con Occidente. Si puede brindarnos más oportunidades económicas, además de libertades sociales y políticas, con gusto nos ‘oestoxicaremos’”.
Aun así, pese a la reivindicación popular en el Irán y a los intereses estratégicos comunes, podrían pasar ańos antes de que los Estados Unidos y el Irán se sienten a hacer las paces. Después de 25 ańos de alejamiento, la reconciliación no se logrará inmediatamente. Cuando así sea, existen razones poderosas para pensar que los iraníes acogerán a sus amigos perdidos durante tanto tiempo con la misma simpatía y euforia que hace sesenta ańos en Arak.


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