BERKELEY – Nunca hubo un cuestionamiento sobre el propósito final de la Iniciativa de Chiang Mai (CMI, tal su sigla en inglés), el sistema de respaldos financieros asiáticos creado en 2000 en esa ciudad tailandesa. Ese objetivo, por supuesto, es crear un Fondo Monetario Asiático; es decir, una alternativa regional para el Fondo Monetario Internacional, cuyos oficios durante la crisis financiera de 1997-98 no se han ni olvidado ni perdonado.
Hasta el momento, sin embargo, la CMI debería estar funcionando pero no lo está. Sus créditos y canjes nunca se han activado. La angustia posterior al colapso de Lehman Brothers habría sido una ocasión obvia. No obstante, y de forma reveladora, el Banco de Corea, el banco central más afectado, negoció un canje de moneda extranjera de 30.000 millones de dólares con la Reserva Federal de Estados Unidos, no con sus socios del ASEAN+3.
Hoy, nos dicen, el ASEAN+3 ha logrado otro gran hito, la llamada Multilateralización de la Iniciativa de Chiang Mai (CMIM, según su sigla en inglés), destinada a convertir sus canjes y créditos bilaterales en un pool de reservas regionales. El objetivo se fijó en 2005, y el mes pasado los ministros de finanzas del ASEAN+3 ultimaron los detalles. Definieron la proporción de aportes a un pool de 120.000 millones de dólares, fijaron las facultades de endeudamiento y asignaron los porcentajes de votos.
El acuerdo sobre los aportes es significativo, se dice, porque China y Japón contribuirán el 32% cada uno. En acuerdos regionales anteriores, como las suscripciones de capital al Banco de Desarrollo de Asia, China siempre había sido tratada como una potencia de segunda clase y se le pedía que aportara menos. De hecho, China había eludido la propuesta de Japón de 1997 de crear un Fondo Monetario Asiático precisamente porque tenía miedo de asumir un papel subordinado. Que China ahora sea reconocida como un par significa que no se interpondrá en el camino a una futura cooperación.
También importante, nos dicen, es el acuerdo para tomar decisiones por simple mayoría, según lo cual los votos de los países serían aproximadamente proporcionales a sus aportes. Esto implica que ningún país por sí solo puede bloquear una acción, a diferencia de la junta ejecutiva del FMI, que toma decisiones por consenso, dándole a los países grandes como Estados Unidos poder de veto de facto .
Ahora bien, ¿estas nuevas reglas realmente importan? Desembolsar más del 20% de los créditos disponibles a un país todavía requiere que éste primero llegue a un acuerdo con el FMI, y el 20% del derecho de endeudamiento de un país, en rigor de verdad, es menos de lo que aporta al pool. Esto parecería anular el propósito mismo del acuerdo, que es liberar a Asia del FMI. Si bien existe un plan para aumentar y luego eliminar el umbral del 20%, se postergó para alguna fecha futura no especificada.
La razón de la contradicción es clara. Los países que ponen dinero contante y sonante quieren resguardos de que sus recursos no serán utilizados de manera frívola, y quieren saber que se los devolverán.
Pero a los vecinos regionales les resulta difícil criticar las políticas del otro y exigir correcciones de curso. Las sensibilidades políticas son especialmente altas en Asia. Incluso en Europa, con su larga historia de cooperación, la vigilancia y la condicionalidad son delegadas al FMI. De forma reveladora, el Fondo, no la Unión Europea, ha tomado la delantera a la hora de negociar paquetes de asistencia de emergencia para Hungría y Latvia.
Desvincular a la CMIM del FMI requerirá que los países asiáticos emprendan revisiones implacables de las políticas de unos y otros y exijan difíciles ajustes de políticas. Aquí el ASEAN+3 respalda sus palabras con acciones. Su acuerdo de mayo incluyó un compromiso para establecer una unidad de vigilancia regional.
Pero no existe ningún acuerdo respecto de dónde situarla o con qué personal dotarla. Podría situársela dentro de la Secretaría de la ASEAN en Yakarta. Podría ubicársela dentro del Banco de Desarrollo de Asia en Manila. Se la podría entregar al país "neutral" del norte de Asia, Corea. El resultado importa -razón por la cual los gobiernos están peleando sobre este tema-. Recuerden cómo la decisión desafortunada de situar al FMI en Washington, DC mejoró la influencia del Tesoro norteamericano justo en la misma calle.
Estos dilemas se pueden evitar si se otorgan las responsabilidades de vigilancia y el poder real para desembolsar fondos a un organismo independiente aislado de la política nacional. Sus miembros, con independencia estatutaria y períodos prolongados en funciones, podrían funcionar como el comité de política monetaria de un banco central. Podrían emitir un Informe de Estabilidad Financiera que indique sin rodeos las políticas débiles y las vulnerabilidades financieras. Y podrían exigir ajustes de políticas como una condición para el desembolso de fondos. Entonces ahí se le podría mostrar la puerta al FMI.
Este esquema no resolvería todos los problemas de Asia. Pero al menos evitaría un peligro, la urgencia de acumular cada vez más reservas. La volatilidad reciente refuerza esta tentación. Si los países asiáticos sucumben, regresarán los desequilibrios globales y todos los problemas asociados con ellos. Colocar las reservas regionales en un fondo común como una manera de que den más de sí es una alternativa mejor. Pero hacer que esta visión se vuelva una realidad requiere pensar de manera más audaz.


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