Las relaciones de Estados Unidos con China tienen la molesta tendencia de oscilar entre la aceptación y el rechazo, y esa ambivalencia maníaca está ahora abiertamente a la vista ya que el implacable aumento del poder económico de China ha llegado a lo inevitable: las compañías chinas están empezando a comprar las empresas estadounidenses.
Los Estados Unidos tuvieron su primera sorpresa -seguida por quejas del Congreso estadounidense- cuando la compañía de computación Lenovo Group compró la división de computadoras personales de IBM. No importa que para el año 2000 China hubiese invertido menos de 400 millones de dólares en Estados Unidos, mientras que Gran Bretaña había invertido más de 230 mil millones de dólares y Japón 159 mil millones de dólares. IBM es una de las empresas ícono de Estados Unidos y muchos políticos estadounidenses se quedaron desconcertados con la incursión económica de China.
Esa reacción casi automática hizo recordar los años 1980 cuando Estados Unidos despertó para darse cuenta que empresas japonesas como Sony compraban Columbia Pictures; Mitsubishi adquiría el Centro Rockefeller; y aún el famoso campo de golf Pebble Beach situado en la costa de California era arrebatado por los inversionistas japoneses. "La gente temía que las Rockettes tuvieran que vestir Kimonos", escribió Susan Tolchin de la Universidad George Mason, autora de "Comprar Estados Unidos". Lo siguiente fue el anuncio de que la empresa china de electrodomésticos Hai'er con sede en Qingdao estaba interesada en adquirir Maytag, otro ícono de las marcas estadounidenses.
En este contexto, la oferta reciente de la China National Offshore Oil Co., controlada por el Estado y tercera productora de petróleo en China, de comprar por 18.5 mil millones de dólares la empresa productora de petróleo estadounidense Unocal -superando la oferta de 16.5 mil millones de dólares que hiciera la estadounidense Chevron- fue sólo el más fuerte de los avisos. Además, la noticia llegó justo después de las negociaciones de China sobre petróleo con Irán y otros miembros de oficio del "imperio del mal" como Sudán, Venezuela y Myanmar (Birmania). Casi se podía escuchar el rechinido colectivo de dientes en Estados Unidos, especialmente en el Congreso.
Sólo Japón supera a China en sus participaciones de bonos del tesoro estadounidense. Pero parece que los estadounidenses no están sicológicamente preparados para los esfuerzos de China de utilizar parte de sus enormes reservas de dólares para convertirse en accionista global en Estados Unidos.
Es difícil juzgar si es el simbolismo de esos negocios, las preocupaciones de seguridad nacional o el lento reconocimiento de que la posición de asumida preeminencia económica de Estados Unidos está siendo desafiada lo que más molesta a los estadounidenses. Cualquiera que sea el caso, los chinos conocen bien los sentimientos de indignación mezclados con impotencia que tienen los estadounidenses.
Pero lo que hace de esta serie simbólica de incursiones chinas en el corazón económico estadounidense un asunto especialmente volátil en este momento es la discusión en el Senado estadounidense de los aranceles proteccionistas en contra de las importaciones chinas, junto con la evaluación que pronto dará a conocer el Departamento de Defensa estadounidense y que se dice describirá a China como una potencial potencia adversaria. Entre otras cosas, se dice que la evaluación del Pentágono critica a los líderes chinos por expandir sus fuerzas armadas en ausencia de una amenaza externa discernible y por otras "incertidumbres conocidas como la falta de transparencia sobre el tamaño real del presupuesto militar de China. Se dice que los funcionarios del Pentágono están editando el informe con la intención de suavizar cualquier apariencia de parcialidad contra de los chinos porque reconocen que este llega en un momento sensible en las relaciones sino-estadounidenses.
Dada la combinación de factores que ahora se conjuntan para obstaculizar las relaciones bilaterales, es útil recordar que la responsabilidad de una superpotencia como Estados Unidos no es simplemente reaccionar frente al mundo visceralmente o de una manera interesada sino dirigir con madurez y moderación.
Es cierto que China sigue siendo un Estado marxista-leninista y podría ser abiertamente más hostil especialmente en conflictos como los que tienen que ver con el futuro de Taiwán. Pero el escenario más esperanzador es que China, a través de una evolución lenta, continuará desechando su sentimiento histórico de víctima y su vieja ideología de revolución para surgir como un actor global más seguro, democrático y constructivo.
Este resultado difícilmente es ya un hecho. Para que se pueda lograr, los funcionarios estadounidenses deben abstenerse de exacerbar los viejos miedos que ven a China como una amenaza. A China se le debe de impulsar y permitir participar de acuerdo con las reglas globales, aun cuando el simbolismo de su progreso puede ser doloroso de tolerar.
Hasta hoy, la administración Bush no ha hecho mal su política de "amor duro" hacia China. Pero, tal como la oferta de 2.5 mil millones de dólares del Bank of America para tener participación en el China Contruction Bank no da lugar a objeciones por parte de los políticos estadounidenses, se le debe permitir a China invertir libremente en el extranjero. Las condiciones deben ser parejas para todos.


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