WEEKLY SERIES

THOUGHT LEADERS

GLOBAL PERSPECTIVES

INTERNATIONAL INSIGHT

MIND AND MATTER

SPECIAL SERIES

PROJECT SYNDICATE

Robert Skidelsky

Abrazando al imperio

Ian Buruma

English Spanish Russian French German Czech Chinese Arabic
2007-06-21

Bernard Kouchner, el nuevo ministro de Relaciones Exteriores de Francia, tiene una extensa y distinguida trayectoria como defensor de la intervención en países donde se abusa de los derechos humanos. Como co-fundador de Médicos Sin Fronteras, declaró que "estamos estableciendo el derecho moral a interferir en el país de otros". El asesinato masivo de los ciudadanos iraquíes por parte de Saddam Hussein es la razón por la que apoyó la guerra en Irak. Siempre habría que ser cuidadoso cuando se atribuyen motivos a las opiniones de los demás. Pero el propio Kouchner dijo en repetidas ocasiones que el asesinato de sus abuelos judíos rusos en Auschwitz inspiró su intervencionismo humanitario.

Uno puede o no estar de acuerdo con las políticas de Kouchner, pero sus motivos son ciertamente impecables. El hecho de que a muchos intelectuales judíos prominentes en Europa y Estados Unidos -muchas veces, al igual que Kouchner, con un pasado izquierdista- les simpatice la idea de usar la fuerza armada norteamericana para impulsar la causa de los derechos humanos y la democracia en el mundo puede tener el mismo origen. Cualquier fuerza es justificable si se trata de evitar otra Shoah, y quienes eludan su obligación de respaldar una fuerza de este tipo no son considerados mejores que los que colaboran con el mal.

Si estuviéramos menos perseguidos por los recuerdos del apaciguamiento del régimen nazi, y del genocidio subsiguiente, a la gente tal vez no le preocuparían tanto los derechos humanos como le preocupan hoy. Y de ninguna manera todos aquellos que trabajan para proteger los derechos de los demás invocan los horrores del Tercer Reich para justificar la intervención armada anglo-norteamericana.

Pero el término "islamofascismo" no se acuñó por nada. Nos invita a ver una gran parte del mundo islámico como una extensión natural del nazismo. A Saddam Hussein, que difícilmente era un islamista, y al presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, que sí lo es, se los suele describir como sucesores naturales de Adolf Hitler. Y la debilidad europea, para no mencionar la "traición" de sus escribas liberales que preparan el camino para una conquista islámica de Europa ("Eurabia"), es vista como un eco fantasmal del apaciguamiento de la amenaza nazi.

El islamismo revolucionario es, sin duda, peligroso y sangriento. Sin embargo, las analogías con el Tercer Reich, si bien son altamente efectivas como una manera de denunciar a la gente con cuyas opiniones no estamos de acuerdo, suelen ser falsas. Ningún ejército islamista está por ingresar en Europa -de hecho, la mayoría de las víctimas del islamismo revolucionario viven en Oriente Medio, no en Europa- y Ahmadinejad, más allá de su retórica desagradable, no tiene ni una fracción del poder de Hitler.

La negativa de muchos musulmanes a integrarse a las sociedades occidentales, así como los altos niveles de desempleo y el acceso inmediato a la propaganda revolucionaria, fácilmente pueden estallar en actos de violencia. Pero la perspectiva de una Europa "islamizada" también es remota. No estamos viviendo una repetición de 1938.

¿Por qué, entonces, tanto temor sobre el apaciguamiento europeo, especialmente entre los neoconservadores? ¿Por qué la ecuación fácil del islamismo con el nacismo? Suele mencionarse a Israel como causa. Pero Israel puede significar diferentes cosas para diferente gente. Para ciertos cristianos evangélicos, es el sitio sagrado de la Segunda Llegada del Mesías. Para muchos judíos, es el único Estado que siempre ofrecerá refugio. Para los ideólogos neoconservadores, es el oasis democrático en un desierto de tiranías.

Defender a Israel de sus enemigos islámicos, por cierto, puede ser un factor en el alarmismo existencial que subyace a la actual "guerra contra el terrorismo". Un Irán armado nuclearmente ciertamente haría sentir más vulnerable a Israel. Pero quizá se lo sobreestime como explicación. Kouchner no defendió la intervención occidental en Bosnia o Kosovo por Israel. Si la preocupación por Israel tuvo algo que ver en la defensa que hizo Paul Wolfowitz de la guerra en Irak, probablemente fuera menor. Ambos estaban motivados por preocupaciones comunes por los derechos humanos y la democracia, así como, tal vez, por consideracioens geopolíticas.

Aún así, la retórica islamista, adoptada por Ahmadinejad entre otros, está deliberadamente destinada a agitar los recuerdos de la Shoah. Así que tal vez el miedo existencial de algunos intelectuales occidentales sea más fácil de explicar que su asombrosa y por momentos aduladora confianza en que el gobierno norteamericano salve al mundo por la fuerza.

La explicación de esta misteriosa confianza tal vez resida en otra parte. Muchos neoconservadores europeos tuvieron un pasado izquierdista, en el que creer en la revolución desde arriba era un lugar común: "democracias del pueblo" ayer, "democracias liberales" hoy. Entre los judíos y otras minorías, tal vez incida otro recuerdo histórico: la protección del Estado imperial. Los judíos austríacos y húngaros fueron los súbditos más leales del emperador austro-húngaro, porque los protegía del nacionalismo violento de las poblaciones mayoritarias. Los judíos polacos y rusos, al menos al inicio de la era comunista, solían ser súbditos leales del Estado comunista, porque prometía (resultó ser que falsamente) protegerlos de la violencia de los nacionalistas antisemitas.

Si fuera realmente cierto que la existencia fundamental de nuestro mundo occidental democrático estuviera a punto de ser destruida por una revolución islamista, sólo tendría sentido buscar protección en la fuerza plena del imperio informal norteamericano. Pero si uno ve nuestros problemas actuales en términos menos apocalípticos, entonces surge otro tipo de traición de los intelectuales: la aclamación ciega de una potencia militar muchas veces tonta, embarcada en guerras innecesarias que cuestan más vidas de las que pretendían salvar.

La reimpresión de material de este sitio Web sin el consentimiento por escrito de Project Syndicate es una violación de las leyes internacionales de derechos de autor. Para obtener autorización, póngase en contacto con distribution@project-syndicate.org.
English Spanish Russian French German Czech Chinese Arabic

You must be logged in to post or reply to a comment.
Please log in or sign up for a free account.



AUTHOR INFO

Ian Buruma    Ian Buruma
Ian Buruma is Professor of Democracy and Human Rights at Bard College. His latest book, Taming the Gods: Religion and Democracy on Three Continents, has just been published by Princeton University Press.