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Ian Buruma

Democracia dañada

Ian Buruma

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2009-07-07

Nueva York – Incluso antes de que el Líder Supremo, Ayatolá Alí Jamenei, decidiera echar por la borda la poca legitimidad que le quedaba a la "democracia administrada" de Irán, ya era de hecho un sistema bastante peculiar. Aunque los ciudadanos iraníes tenían derecho a elegir a su presidente, los candidatos debían ser autorizados por el Consejo de Guardianes, la mitad de cuyos miembros habían sido designados por un Líder Supremo a quien nadie había elegido.

Los únicos candidatos a los que se les permitía competir eran hombres con impecables antecedentes religiosos, leales a un régimen cuyas decisiones más importantes son tomadas por clérigos no electos. Mir-Hossein Musaví, escogido por el difunto Ayatolá Jomeini para ser primer ministro en 1981, era una figura con estas características.

Musaví se presentó como un reformista que prometía esforzarse por lograr una mayor libertad de prensa, más derechos para las mujeres y menos restricciones en la vida privada de los iraníes. También dio señales de una mayor flexibilidad en las negociaciones con Estados Unidos.

Sin embargo, la derrota de Musaví por parte del partidario de la línea dura Mahmoud Ahmadinejad, en lo que parece haber sido un proceso electoral fraudulento, fue saludada con alivio por algunos neoconservadores estadounidenses. Un destacado comentarista, Max Boot, manifestó "un pequeño nivel de satisfacción por el resultado de las elecciones iraníes", porque a Obama ahora le resultará más difícil interponerse en el camino de un ataque israelí a las instalaciones nucleares iraníes. Puesto que Irán es el enemigo (¿recordáis el “Eje del Mal” de George W. Bush?), es mejor tener que vérselas con un presidente que habla y actúa como un matón loco que con una figura de tono razonable que promete reformas.

Esto puede parecer el epítome del cinismo, y por supuesto lo es. Nos recuerda la cercanía de espíritu que existe entre los neoconservadores extremos y los ideólogos comunistas. Llegar a acuerdos es un anatema para las mentes radicales. Algunos musulmanes de izquierda radical, obsesionados con su oposición al "imperialismo" occidental, saludaron la derrota de Musaví, ya que, en palabras de uno de estos activistas, "la resistencia antisionista no se puede permitir una revolución de terciopelo pro-estadounidense."

Los comunistas siempre tuvieron la tendencia a despreciar las diferencias entre los candidatos de las democracias liberales (por no mencionar las "administradas"). Eran sólo caras diferentes del mismo sistema podrido. De hecho, los socialdemócratas se consideraban más peligrosos que los conservadores de línea dura, porque su discurso moderado de izquierdas sólo servía para posponer la revolución. Este tipo de pensamiento ayudó a los nazis a destruir la democracia alemana en los años 30.

La reacción de Boot y otros similares, apunta a un genuino dilema que siempre ocurre en los sistemas totalitarios que utilizan cierta semblanza de democracia para apuntalar su legitimidad. ¿Qué han de hacer los candidatos de oposición cuando se les pide participar de elecciones que saben que no pueden ganar, o que, incluso si las pudieran ganar, les darían apenas un mínimo de autoridad? Si aceptan, ayudan a legitimizar un sistema en el que no creen realmente. Si se niegan, pierden toda influencia.

Para cada una de estas opciones hay argumentos válidos. Cualquier oportunidad de que los pueblos manifiesten sus opiniones, incluso en elecciones fraudulentas, es algo positivo. Y, puesto que la democracia trata de instituciones tanto como de candidatos individuales, también es bueno que los ciudadanos ejerciten su derecho a votar. Entonces, cuando el cambio real ocurre, nadie puede aducir que el pueblo “no estaba listo". Aún así, si votar da dignidad a los ciudadanos, la participación en un fraude no deja de ser humillante.

No existe una sola vara para indicar cómo conducirse en estas circunstancias imposibles, por lo que la gente debe juzgar cada elección según sus méritos. Puesto que un 85% de los votantes iraníes decidió que valía la pena participar en las últimas elecciones, su decisión debe ser respetada. Aunque sus opciones eran limitadas, muchos de ellos tenían suficiente confianza en que el candidato reformista no sólo saldría electo, sino que además haría sus vidas un poco más tolerables. Esta es también la razón de que un 70% haya votado por Mohammed Jatamí, el presidente reformista, en 1997.

También Jatamí tenía buenas ideas acerca de la libertad de prensa, los derechos individuales y reformas democráticas, que  fueron combatidas principalmente por los clérigos que poseían el poder final. Probablemente no ayudó mucho el que Bush lo haya abandonado a su suerte. Como los neocons de hoy, los asesores de asuntos internacionales de Bush no veían diferencias entre reformistas y partidarios de la línea dura, lo que socavó aún más la autoridad de Jatamí.

Muchos iraníes veían en Musaví una segunda oportunidad. Lamentablemente, Jamenei también lo pensaba así, y se aseguró de que Ahmadinejad se mantuviera en la presidencia. Fue un terrible golpe para todos los iraníes que ansían la dignidad de la política democrática. Sin embargo, esto no significa que por intentarlo hayan estado equivocados o puesto en evidencia su ingenuidad.

La campaña de Musaví, y sus consecuencias, mostraron claramente que quienes manifiestan no ver diferencia alguna entre los candidatos, excepto en estilo y presentación, se equivocaban: incluso con fraude en las elecciones, las voces de oposición al autoritarismo clerical se hicieron escuchar. La callada dignidad de las protestas subsiguientes hizo más por la reputación de Irán en el mundo que cualquier manojo de declaraciones beligerantes de un presidente populista.

Es posible que haya habido una consecuencia más importante. Las elecciones, el fraude y la violenta represión de las protestas revelaron, y claramente profundizaron, importantes grietas dentro del régimen. Esta es la mejor razón de que, en la mayoría de los casos, sea mejor participar en las elecciones, incluso en circunstancias poco auspiciosas. Exponen las resquebrajaduras en el muro del poder dictatorial. Ahmadinejad ganó las elecciones, pero el régimen resultó debilitado. Puede que el terror prolongue la agonía, pero a fin de cuentas todo régimen sin legitimidad está condenado de antemano.

Persistir en la creencia de que reformistas y partidarios de la línea dura son nada más que máscaras del mismo enemigo, y regocijarse por la victoria de éstos últimos, no es sólo cínico, sino que es un insulto adicional a un pueblo que ya ha sufrido suficientes humillaciones.

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AUTHOR INFO

Ian Buruma    Ian Buruma
Ian Buruma is Professor of Democracy and Human Rights at Bard College. His latest book, Taming the Gods: Religion and Democracy on Three Continents, has just been published by Princeton University Press.