WEEKLY SERIES

INTERNATIONAL ECONOMICS

STRATEGIC SPOTLIGHT

GLOBAL FINANCE

ECONOMICS OF DEVELOPMENT

ECONOMIC AND REGULATORY POLICY

ECONOMIC HISTORY

ECONOMIC PERSPECTIVES

PUBLIC INTELLECTUALS

GLOBAL OUTLOOK

REGIONAL EYE

SPECIAL SERIES

PROJECT SYNDICATE

Crossing Cultures

Miedo y aversión en Europa

English Spanish Russian French German Czech Chinese Arabic

2008-10-07

Dos partidos de extrema derecha, el Partido por la Libertad austriaco y el Movimiento por el Futuro de Austria, obtuvieron el 29% de los votos en las últimas elecciones generales austriacas, el doble de su total en las de 2006. Ambos partidos comparten las mismas actitudes hacia los inmigrantes, especialmente musulmanes, y la Unión Europea: una mezcla de temor y aversión. Puesto que los líderes de estos partidos, Heinz-Christian Strache y Jörg Haider, se aborrecen mutuamente, hay pocas probabilidades de que una coalición de extrema derecha llegue al poder. Sin embargo, esta es la tierra natal de Adolf Hitler, donde una vez se obligó a los judíos a limpiar las calles de Viena con cepillos de dientes antes de ser deportados y asesinados, así es que el resultado es inquietante. Pero, ¿cuán inquietante?

Ese 29% es cerca de un 15% más de lo que obtienen los partidos populistas de derechas en muy buenos años (para ellos) en otros países europeos. Strache, líder del Partido por la Libertad, quiere que el gobierno cree un nuevo ministerio para gestionar la deportación de los inmigrantes. Se denigra abiertamente a los musulmanes. Haider una vez alabó las prácticas laborales del Tercer Reich. Inevitablemente, los nuevos derechistas traen a la memoria brigadas de asalto y leyes racistas.

Aún así, es un error ver el ascenso de la derecha austriaca como un resurgimiento del nazismo. Ninguno de los partidos hace apología de la violencia, incluso si parte de su retórica podría inspirarla. Los votantes de la extrema derecha pueden estar motivados menos por la ideología que por las ansiedades y resentimientos que existen en muchos países europeos, incluidos algunos sin tradición nazi, como Holanda y Dinamarca.

En Dinamarca, el Partido Popular Danés, de derecha dura y con 25 bancas en el parlamento, es el tercer mayor partido del país. Los populistas holandeses, como Rita Verdonk o Geert Wilders, que manifiesta un temor paranoico a la “islamización”, están sometiendo a las elites políticas tradicionales –una combinación de liberales, socialdemócratas y democratacristianos- a una gran presión.

Precisamente ese es el punto. El mayor resentimiento entre los votantes de derechas en los países europeos está dirigido a las elites políticas, que, en opinión de muchos, han gobernado demasiado tiempo en  cómodas coaliciones que existen principalmente para proteger intereses creados.

En Austria, hasta los liberales admiten que una inacabable serie de gobiernos socialdemócratas y democratacristianos ha taponado las arterias del sistema político, haciendo que para los partidos más pequeños sea difícil penetrar lo que se ve como un bastión de privilegios. Lo mismo ocurre en Holanda, que ha sido gobernada por décadas por los mismos partidos de centro, encabezados por figuras benevolentes pero más bien paternalistas, cuyas visiones sobre el "multiculturalismo", la "tolerancia" y "Europa" hasta hace poco rara vez eran cuestionadas.

Las expresiones de nacionalismo en las democracias europeas de posguerra siempre fueron toleradas en los estadios de fútbol, no en la vida pública. Se solía denunciar el escepticismo acerca de la unidad europea como fanatismo, o incluso como una forma de racismo. El apego al sentimiento nacional se socavaba aún más por el hábito de los gobiernos de culpar por las políticas impopulares a los burócratas de la Unión Europea, a quienes se ve cada vez más como otro montón de elitistas privilegiados, autocomplacientes e irresponsables.

Esto está relacionado con el resentimiento hacia los inmigrantes. Cuando los hijos de los trabajadores manuales traídos desde países como Turquía o Marruecos en los años 60 comenzaron a formar grandes minorías musulmanas en las ciudades europeas, aumentaron las tensiones en los vecindarios de clase trabajadora. Las quejas acerca de la delincuencia o costumbres foráneas a menudo eran descartadas por las elites liberales como "racismo". La gente sencillamente tenía que aprender a ser tolerante.

Nada de esto era necesariamente erróneo. La tolerancia, la unidad europea, la desconfianza hacia el nacionalismo y la vigilancia contra el racismo son metas encomiables. Sin embargo, promoverlas sin debate, por no decir crítica, terminó siendo contraproducente. Cuando los holandeses, los franceses y los irlandeses votaron contra la constitución europea, estaban expresando falta de confianza en sus elites políticas. Y los populistas que prometen restablecer la soberanía nacional al rechazar a "Europa", combatir la "islamización" y expulsar a los inmigrantes son expresión de esta desconfianza.

La retórica de la xenofobia y el chauvinismo es desagradable y, en un país con el pasado de Austria, incluso alarmante. Sin embargo, el nuevo populismo no es todavía no democrático, ni incluso antidemocrático. La frase que más se escucha en Austria entre los votantes de los partidos de derechas es “aire fresco”. La gente dice que votó por Haider y Strache para romper el dominio de los partidos gobernantes.

No es una motivación ilegítima. Si la gente siente ansiedad acerca de sus identidades nacionales, la soberanía de sus gobiernos, la conformación demográfica y social de sus sociedades, esos temores tienen en la política el mejor espacio de expresión. En tanto la gente exprese sus inquietudes, no importa lo poco placenteras que puedan sonar a los oídos liberales, mediante las urnas y no a través la violencia, la democracia no se verá amenazada seriamente.

Ir contra la elite política es, por supuesto, la esencia del populismo en cualquier lugar. Los candidatos presidenciales estadounidenses fingen querer combatir a "Washington", incluso cuando son hijos de ex presidentes. El verdadero daño ocurre cuando el pueblo pierde confianza, no sólo en las elites sino en el sistema político mismo.

Eso no ha ocurrido aún en Europa, ni siquiera en Austria. No hay necesidad de que los partidos liberales tradicionales, en un arranque de pánico, enfrenten a la derecha avivando los mismos resentimientos. Sin embargo, es necesario tomarlos en serio en los debates políticos. De esa manera, se podrá poner freno a los peligros de las antipatías populares. En lugar de dañar la democracia, el ascenso de la derecha, al desafiar la corrupción de los intereses creados, puede terminar fortaleciéndola.

Ian Buruma es profesor de Derechos humanos del Bard College. Su libro más reciente es Murder in Amsterdam: The Death of Theo van Gogh and the Limits of Tolerance.

You might also like to read more from or return to our home page.

La reimpresión de material de este sitio Web sin el consentimiento por escrito de Project Syndicate es una violación de las leyes internacionales de derechos de autor. Para obtener autorización, póngase en contacto con distribution@project-syndicate.org.
English Spanish Russian French German Czech Chinese Arabic

You must be logged in to post or reply to a comment.
Please log in or sign up for a free account.


alex50ferro 11:46 17 Oct 08

Oh what a wonderful world. !!!!!!!!!