The World in Words
De Solidaridad a la libertad
Zbigniew Bujak
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Aunque el surgimiento, hace 25 años, de Solidaridad, el primer movimiento cívico independiente en el antiguo imperio soviético, tuvo enormes consecuencias políticas, Solidaridad no fue, fundamentalmente, un movimiento político ni un sindicato.
Antes que nada, Solidaridad fue un grito de dignidad. Sencillamente, se nos había acabado la capacidad de aguante ante los omnipresentes y todopoderosos apparatchiks comunistas que imponían su voluntad en nuestros lugares de trabajo, barrios e incluso lugares de descanso. Los escritores, los periodistas y los artistas ya no podían soportar más una censura y una supervisión ineptas. También en las fábricas los burócratas del Partido querían conocerlo y decidirlo todo.
Toda iniciativa cívica, toda actividad de cualquier tipo estaba sujeta a la evaluación y el control ideológicos. Quienes sentían la tentación de desobedecer podían estar seguros de que la policía secreta “se encargaría” de ellos.
El invierno pasado, vi un grito similar en pro de la dignidad en Ucrania. Aquellos centenares de miles de personas que acamparon durante semanas en las heladas calles de Kiev lo hicieron porque exigían respeto de su dignidad. Las experiencias polaca y ucraniana me han convencido de que el deseo de vivir con dignidad es el motor más potente de la acción humana, un motor capaz de superar incluso el mayor miedo.
Pero el deseo de dignidad no es suficiente para lograrla. Se necesita también algo más.
En segundo lugar, Solidaridad fue un movimiento social, es decir, que Solidaridad –ostensiblemente, un sindicato– pasó a ser un abrigo para personas de todos los grupos y clases sociales en Polonia: trabajadores e intelectuales, técnicos y artistas, médicos y pacientes. Unos debatían apasionadamente la reforma económica, otros hablaban del desarrollo de la cultura, mientras que otros más hacían planes para reformar la educación y las estructuras científicas o velar por la defensa del medio ambiente. Solidaridad creó un espacio público para todos aquellos debates, al tiempo que nos protegía a todos contra el aparato del Partido.
Pero Solidaridad fue también algo más. Fue una versión polaca de la antigua ágora griega, un lugar de reunión de todos los ciudadanos, un lugar de conversación en libertad sobre nuestro futuro comunal e individual, sobre toda clase de problemas y sus soluciones. Todavía no teníamos un Estado libre, pero ya teníamos algo más importante que eso: una sociedad civil libre, dedicada a examinar la condición común de sus miembros.
La sociedad abarcada por Solidaridad contaba con diez millones de miembros; de hecho, diez millones de ciudadanos reales, pero incluso eso no fue suficiente para lograr la victoria final sobre el aparato del Partido y de la policía del Estado.
En tercer lugar, Solidaridad fue una institución; de hecho, una institución excepcional, dadas las condiciones en las que vivíamos, y a su forma institucional especial es a la que debemos nuestra victoria final. Entre la estructura organizativa de Solidaridad y las organizaciones oficiales del Partido y del Estado había lo que podríamos llamar un “abismo entre civilizaciones”. Contra las estructuras autoritarias y jerárquicas del régimen, elevamos una institución descentralizada, un enorme organismo que se esforzaba por lograr el consenso sobre sus fines y los métodos de acción. Era una institución comprometida con el respeto de la integridad de todos los individuos y todas las demás instituciones.
Puede no ser algo extraordinario en antiguas comunidades democráticas, pero en nuestro medio autoritario, era sorprendentemente nuevo y sólo semejante estructura institucional nueva podía responder a aquel profundo grito en pro de la dignidad.
Entonces, ¿qué queda hoy de todo aquello?
Desde luego, Solidaridad logró un éxito político asombroso. Polonia es un país libre, miembro de la OTAN y de la UE, mientras que la Unión Soviética ya no existe.
Pero la historia reciente no ha tratado bien a los vencedores. Los dirigentes de las revoluciones democráticas en la Europa oriental se apagaron rápidamente en la nueva situación. Las elecciones democráticas propiciaron la aparición de políticos nuevos y más expertos, en muchos casos de entre los que formaban parte del antiguo régimen.
Más sorprendente aún resulta que nuestras esperanzas de un nuevo orden social se estrellaran también contra las rocas de las nuevas reglas del juego. Cierto es que las instituciones democráticas de Polonia, pese a sus deficiencias, funcionan bastante bien. El crecimiento económico ha sido impresionante y la vida está mejorando sin lugar a dudas.
Pero el dinamismo de la sociedad civil, la sensación de un propósito común, las manifestaciones universales de solidaridad social que nuestra unión representó en su momento son, todas ellas, cosas que han desaparecido en gran medida. La propia unión es la sombra de su antiguo ser, un movimiento partidista y en su mayoría derechista de trabajadores sacudidos por la nueva realidad económica.
Lo más notable es que el carácter unificador de Solidaridad cedió el paso a las divisiones sociales y, entre muchos de los ciudadanos de Polonia, a una gran dosis de alejamiento de la política y los compromisos cívicos.
¿Es eso lo que significa la normalidad? ¿Ceden siempre el paso los tiempos embriagadores de lucha a un sabor, algo deprimente, a victoria? ¿Soy yo un simple veterano que recuerda con nostalgia los pasado tiempos de lucha?
Tal vez, pero no soy un nostálgico. Sé que hemos avanzado mucho y no quiero volver atrás, pero, ¿de verdad era inevitable que tanta solidaridad escapara de nuestra Solidaridad?
Zbigniew Bujak, antiguo dirigente de Solidaridad en la región de Mazowsze (Polonia central, incluida Varsovia) y héroe de la resistencia clandestina durante el período de ley marcial en el decenio de 1980, fue diputado al Parlamento polaco de 1989 a 1997.
Copyright: Project Syndicate, 2005.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por Carlos Manzano.
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