Un cuestionario para los amantes de la historia. Hace veinte años -el 4 de junio de 1989- tres episodios marcaron un año fatídico. ¿Cuál de ellos usted recuerda más vívidamente y cuál fue el que cambió más el mundo?
a) El desenlace sangriento de las protestas de la Plaza Tiananmen.
b) La muerte del clérigo revolucionario de Irán, el ayatollah Ruhollah Khomeini.
c) Las elecciones polacas.
Son pocos los que optarían por la respuesta c). La victoria del famoso movimiento sindical de la oposición, Solidaridad, en la primera elección libre de Europa del este desde 1946 se vio eclipsado por las medidas violentas que se tomaron en Beijing y la muerte tumultuosa de Khomeini. Sin embargo, ningún acontecimiento por sí solo hizo más para derribar al comunismo en Europa -y por lo tanto reformular el orden internacional de posguerra.
En los próximos meses se verán todo tipo de conmemoraciones del fin del comunismo, especialmente de la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989. Para muchos, fue un momento glorioso, emblemático de la victoria de Occidente en la Guerra Fría, y que pareció surgir de la nada. Pero si uno analizaba la desintegración del Bloque del Este en el terreno, sabía que el proceso era mucho más extenso y más complejo de lo que la mayoría de la gente cree.
La elección polaca fue un punto de no retorno, el momento en que las fuerzas para el cambio se volvieron irreversibles. Cobraron ímpetu después de un verano de huelgas, cuando el jefe comunista de Polonia, el general Wojciech Jaruzelski, concluyó que los problemas económicos del país eran demasiado sombríos como para enfrentarlos solo. ¿Por qué no conseguir la ayuda de la oposición de Polonia, razonó, si no para solucionar los problemas, al menos para compartir la culpa por ellos?
Y así, después de seis meses de negociación, se selló un acuerdo histórico. Polonia llevaría a cabo elecciones parlamentarias libres y justas, y Solidaridad competiría. Nunca se le ocurrió a los comunistas gobernantes (ni a Solidaridad) que podían llegar a perder. Nunca en sus sueños más descabellados imaginaron que los barrerían del poder. Sin embargo, eso es lo que sucedió.
En retrospectiva, es sorprendente que haya habido alguna duda. La campaña de Solidaridad fue un descaro total. Un afiche de campaña icónico capturaba el humor popular: una imagen de un Gary Cooper armado como el sheriff del clásico del oeste A la hora señalada . El 4 de junio fue el día del ajuste de cuentas en Dodge City East. En esa soleada mañana de domingo, cuando la primavera se convertía en verano, los votantes no perdieron tiempo en despachar a los comunistas de Polonia al matadero.
En su día de agonía, los comunistas de Polonia pergeñaron una última perversidad, un acto final e involuntario de extrema autohumillación. Diseñaron un sistema electoral por el cual los polacos no votarían por candidatos de su elección, sino que tacharían los que no querían -o sea, todos y cada uno los comunistas.
Adonde uno mirara, la gente extirpaba a los odiados autócratas. Por fin, se estaba produciendo el tan esperado alzamiento popular de Polonia, la venganza por diciembre de 1980, cuando Jaruzelski declaró la ley marcial, proscribió a Solidaridad y puso a sus líderes en la cárcel. ¡La revolución por la tachadura! La lapicera, finalmente más poderosa que la espada, se convirtió en un arma de retribución gloriosa, empuñada con estilo. Algunos votantes tachaban sus boletas con manchones, decapitando al antiguo régimen con trazos agitados. Otros saboreaban el momento, quizá dando pitadas a un cigarrillo mientras se regocijaban con esta o aquella tachadura. "Ah, sí, él encarceló a mi primo". ¡ Pfft ! "Ah, ese burócrata vividor, que llevaba una buena vida a expensas de nuestra penuria". ¡ Pfft ! ¡ Pfft !
Por el contrario, la campaña de los comunistas era todo menos invisible. En toda Varsovia, sólo un par de candidatos del gobierno se preocupaban por pegar afiches. La mayoría contaba con el monopolio mediático del partido para transmitir su mensaje, tal como era: "Vote a Lezek, un buen comunista".
A su favor, el régimen aceptó su pérdida inevitable con una gracia destacable. A las 3 p.m. del día siguiente a la votación, Jaruzelski reunió a los altos funcionarios del partido. "Nuestra derrota es total", les dijo. "Tendrá que encontrarse una solución política". Con eso se refería a nada de violencia ni falsear el recuento de votos. Los comunistas tendrían que convivir con el resultado.
Veinte años más tarde, sigo perplejo. Quienes cubríamos Europa del este sabíamos que Solidaridad ganaría. También sabíamos que su victoria pacífica sería una lección para el resto del bloque. Para los anticomunistas de todas partes, la elección polaca fue extraordinariamente alentadora. Gracias a Polonia, lo que apenas días antes había parecido imposible era, de repente, posible.
Hubo otras señales. En mayo, los reformistas húngaros empezaron a derribar el cerco a lo largo de su frontera con Austria -un agujero en la Cortina de Hierro-. En Moscú, Mijail Gorbachov hablaba de una "Casa Europea Común" y repudiaba la intervencionista Doctrina Brezhnev. Sin embargo, cuando cayó el Muro, expertos y líderes mundiales por igual fueron unánimes. "Nunca lo vimos venir", confesaron. La Guerra Fría había durado tanto que el cambio parecía inimaginable hasta que irrumpió la libertad


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