Wednesday, July 30, 2014
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La llamada de Breivik a las armas

NUEVA YORK – Supongamos por un momento que Geert Wilders, el político holandés que está convencido de que Europa está “en las fases finales de la islamización”, tiene razón: Anders Breivik, el asesino en masa noruego, está loco. Wilders dijo en Twitter: “Que un psicópata haya abusado de la lucha contra la islamización es repugnante y una bofetada en la cara del movimiento antiislam mundial”.

Esa suposición no es tan inverosímil. Asesinar a más de sesenta jóvenes inocentes en un campamento estival con un fusil de asalto, después de haber hecho estallar con una bomba una sección del centro de Oslo, es, por decirlo suavemente, moralmente excéntrico: algo que a la mayoría de las personas mentalmente sanas nunca se les ocurriría hacer.

Lo mismo es aplicable, naturalmente, a un grupo de jóvenes que deciden suicidarse y asesinar en masa estrellando aviones comerciales en grandes edificios públicos de Nueva York y Washington, pero ni Breivik ni los terroristas del 11 de septiembre de 2011 mataron sin motivo, al modo de algunos nihilistas americanos que disparan contra personas inocentes. Los islamistas no consideran sus actos de asesinatos en masa y al azar reclamos publicitarios personales, sino una táctica en una guerra santa contra el decadente y pecador Occidente.

Breivik es, a su juicio, un guerrero del otro bando. Su fin era el de proteger a Occidente de la islamización. Sus enemigos no son sólo musulmanes, sino también las minorías progresistas occidentales y sus hijos, que estaban destruyendo Europa desde dentro mediante el “multiculturalismo” y el “marxismo cultural”.

En realidad, lo que Breivik escribió en su inconexo manifiesto, titulado Declaración Europea de Independencia, es más o menos lo que los populistas, como Geert Wilders, han estado diciendo. Naturalmente, había muchas cosas más en el manifiesto –fantasías sobre el resurgimiento de los caballeros templarios medievales, por ejemplo– que indica una personalidad más desquiciada y Wilders se apresuró a distanciarse de los métodos violentos de Breivik. De hecho, sólo un político derechista europeo, Francesco Speroni, de la Liga Norte italiana, que forma parte del gobierno de Berlusconi, estuvo dispuesto a defender a Breivik. Speroni afirmó que las ideas de este último “van encaminadas a la defensa de la civilización occidental”.

Así, pues, ¿hasta qué punto debemos aceptar las razones ideológicas que los asesinos como Breivik y los terroristas del 11 de septiembre invocan para justificar sus asesinatos?

Hace unos años, el escritor alemán Hans Magnus Erzensberger escribió un ensayo fascinante sobre el “perdedor radical”. Los perdedores radicales suelen ser jóvenes tan enfurecidos por su falta de autoestima social, económica y sexual y la indiferencia del mundo a su alrededor, que anhelan un acto suicida de destrucción en masa.

Cualquier cosa puede desencadenar semejante acto: el rechazo por parte de una muchacha, la despedida de un trabajo, el suspenso en un examen. Y a veces los asesinos buscan justificaciones ideológicas: crear el islam puro, luchar por el comunismo o el fascismo o salvar a Occidente. Los ideales particulares pueden carecer de importancia: simplemente los disponibles gracias a la moda o a otras circunstancias históricas. Una vez que un perdedor radical tiene ganas de matar, cualquier razón puede valer.

Puede ser, pero, ¿significa eso que no existe la menor vinculación entre las opiniones declaradas de los clérigos o los políticos radicales y los actos cometidos en nombre de ellas? Pese a haberse señalado a Wilders, simplemente porque Breivik profesara admiración por él no se deben utilizar los actos de un asesino trastornado –advierten otros– para desacreditar lo que representa. Al fin y al cabo, nada irracional o asesino hay en la afirmación de que el multiculturalismo es un ideal errado o de que el islam choca con las modernas concepciones europeas de la igualdad de los sexos y los derechos de los homosexuales o de que la inmigración en masa causará graves conflictos sociales.

En el decenio de 1990, empezaron a hacer esas afirmaciones conservadores respetables e incluso socialdemócratas. Reaccionaban contra una clase dirigente progresista bastante petulante y que tenía tendencia a desechar toda idea crítica sobre la inmigración o los credos y traiciones no occidentales como racismo e intolerancia.

Pero, si bien no había nada intrínsecamente negativo en hablar de las consecuencias sociales de la inmigración en gran escala procedente de los países musulmanes, algunos populistas en Holanda, Dinamarca, Francia, Alemania, Bélgica, Gran Bretaña y otros países, fueron mucho más lejos. A Wilders, en particular, le gusta hablar en términos apocalípticos de que “las luces se van apagando en Europa” y de “la pura y simple supervivencia de Occidente”. Y el problema no es una variedad particular de islam revolucionario violento, sino el propio islam: “Si se quiere comparar el islam con algo, comparéselo con el comunismo o el nacionalsocialismo: una ideología totalitaria”.

Ése es el lenguaje de la guerra existencial, la clase más peligrosa. De hecho, se está resucitando la terminología de la segunda guerra mundial. Quienes se oponen a la hostilidad radical para con todas las formas de islam son “apaciguadores” o colabores del “islamofascismo”. Para algunos, el 11 de septiembre de 2001 fue análogo a lo sucedido en 1938 o incluso en 1940. Está en juego la propia supervivencia de la civilización occidental. ¿De verdad es tan sorprendente que algunas personas lleguen a confundir esa retórica con una llamada a las armas?

Desde luego, ni Geert Wilders ni siquiera los titulares de bitácoras electrónicas y rabiosamente antiislámicas de los Estados Unidos, como Scott Spender y Pamela Geller (citados, los dos, por extenso en el manifiesto de Breivik), han hecho llamamiento alguno en pro de la violencia física, pero sus escritos y declaraciones han sido suficientemente histéricos y cargados de odio para incitar a una persona con la mente trastornada. De hecho, la interpretación por parte de Breivik de sus palabras es, de forma extraña, más racional que la idea de que se pueda reñir sólo con palabras una guerra en pro de nuestra propia supervivencia.

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