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Romper el tabú de la democracia

A menudo recibo invitaciones de autoridades religiosas de los países del Golfo y de Arabia Saudita para asistir a reuniones realizadas para urgir a la gente a seguir la fe y la ley islámicas, al tiempo que evitan cualquier debate relacionado con política o los derechos humanos. Mis anfitriones insisten en que los derechos políticos son responsabilidad de los regímenes gobernantes y que éstos obedecen las enseñanzas del Corán.

Sin embargo, hace poco me llegó una invitación del Centro Faisal de Investigación y Estudios Islámicos, en que me pedía que hablara sobre democracia, o "buen gobierno", como la llaman los participantes. Hasta no hace mucho este tema era tabú en Arabia Saudita, donde el régimen no permite margen alguno de debate político y ordena a su pueblo que escuche, obedezca y deje los asuntos del gobierno en manos de sus gobernantes.

Era obvio que el objetivo de los organizadores de la conferencia era revivir el discurso religioso y político con el fin de encontrar un terreno medio entre la fe islámica y la democracia. Yo argumenté que, como muchos académicos islámicos han reconocido, la jurisprudencia islámica es compatible con los valores democráticos. Todos los países que han escogido la democracia se han acercado más al logro de los ideales de igualdad y justicia social del Islam.

La democracia se ve afectada negativamente en el mundo islámico debido al escepticismo hacia todo lo que venga de Occidente, especialmente de los Estados Unidos. En consecuencia, algunos líderes ven las iniciativas de democratización como una nueva forma de colonialismo o imperialismo solapados.

Sin embargo, la reluctancia de la región a abrazar la democracia va más allá del mero temor a una hegemonía de Occidente. Hay una profunda disputa filosófica acerca de la naturaleza de la democracia. Algunos pensadores islámicos señalan una inevitable contradicción entre los valores islámicos y los democráticos. Argumentan que el Islam exige el sometimiento a la voluntad de Dios, mientras que la democracia implica el sometimiento a la voluntad del pueblo. Esta noción es clara en los escritos de Said Kotb, que vio a los parlamentos como instituciones que impiden que los pueblos se sometan a la voluntad divina.

No obstante, los planteos de Kotb se contradicen con las prácticas establecidas del Profeta Mahoma, que creó el primer estado real en la Península Arábica al declarar la constitución de Medina, que estipulaba: "Mahoma y los judíos de Bani-Aof [que eran ciudadanos de Medina en ese entonces] son una nación”. Por tanto, las relaciones sociales se debían basar en la igualdad y la justicia, no en creencias religiosas.

De hecho, el pacto político más importante del Profeta Mahoma, el Acuerdo Hodibiah entre su nación en ascenso y los líderes de Quraish (la tribu dominante en La Meca en esa época) señalaba claramente que "cada uno es libre de unirse a la liga de Mahoma o a la liga de Quraish". Varias tribus no musulmanas, como los cristianos de Nagram, los judíos de Fadk y los paganos de Khoza’a se unieron a la liga de Mahoma y pasaron a formar parte del estado islámico. Todas las tribus musulmanas y no musulmanas tenían idénticos derechos y libertades y eran protegidas por el estado. Lo que es más importante, más adelante se abrió La Meca para proteger al pueblo pagano de Khoza'a de los ataques de Quraish.

De modo que no era la intención de Mahoma construir un estado teocrático o religioso al mando de los mulás. Lo que hacía era crear un estado civil democrático donde la gente tenía iguales derechos y obligaciones.

Creo que conciliar una verdadera comprensión del Islam con el ideal de democracia llevará a un entendimiento pleno de la riqueza del experimento islámico. También podría aportar gran vitalidad al experimento democrático, acercándolo a la vida cotidiana de los musulmanes comunes y corrientes. Sin embargo, la opinión pública musulmana debe entender primero la importancia de la reforma democrática, lo que sólo es posible si se comprende con claridad el mensaje del Profeta, que promete soluciones genuinas para cada momento y lugar.

Si bien la creación de centros de estudios para debatir el concepto de una democracia islámica refleja la evolución natural del pensamiento islámico, esto no ocurrirá sin adversarios. De hecho, durante una de las sesiones a las que asistí, el Jeque Ahmad Rageh de la Universidad Al-Imam respondió airadamente al investigador tunecino Salah Edeen Al-Jorashi: “¿Cómo espera usted que aceptemos la libertad de credo en el Islam? Se trata de algo que existe sólo en sus sueños. Creemos en una religión que no transa en lo que es correcto ni duda en su credo. Creemos en una religión que nos ordena matar a los que se convierten a otra fe. No hay espacio en nuestra nación para los malevolentes ni los renegados.”

Me resulta difícil comprender cómo el Jeque Rageh puede olvidar (o pasar por alto) los claros versos del Corán en los que se nos ordena exactamente lo opuesto:

“Que no se fuerce a nadie en cuestión de religión”;

“No eres el que ha de manejar sus asuntos”;

“No te hemos enviado para disponer de sus asuntos en lugar de ellos”; y

“Di, ‘La verdad viene de tu Señor’ y deja creerlo a quien quiera y rechazarlo a quien quiera.”

Hay muchos otros versos en el Corán que portan un mensaje de tolerancia y libertad. La mina de la jurisprudencia islámica es muy rica, pero el problema es la manera en que se usan los tesoros. Como los antiguos árabes solían decir: "Lo que un hombre decida es parte de su mente". La lucha en el mundo islámico actual es una lucha por una parte de la mente musulmana.

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