Latin America
Un nuevo acuerdo para el Nuevo Mundo
David Bonior and Carlos Heredia
Como antiguos diputados a los Congresos de nuestros países, creemos que ha llegado la hora de crear una Unión Parlamentaria Norteamericana para abordar las importantes y cada vez más numerosas cuestiones que los gobiernos nacionales de Norteamérica han dejado de lado. El pasado y el presente están marcados por el carácter especial de las relaciones entre los Estados Unidos, México y el Canadá. Un futuro más justo y próspero para los tres países requiere que demos un audaz paso adelante.
Pese a la insidiosa referencia del ministro de Defensa de los Estados Unidos, Donald Rumsfeld, a la ``vieja Europa'', los norteamericanos pueden aprender mucho de la Unión Europea y del Parlamento Europeo. En el decenio de 1950, la mayoría de los europeos consideraba quimérica la idea de una Unión con un único Parlamento. Hoy la UE elige su Parlamento, comparte una moneda única y administra un presupuesto en el que se hace hincapié en el aumento del nivel de vida en los países miembros menos desarrollados. Es probable que en un futuro inmediato la UE cuente con 450 millones de personas.
La población combinada de los Estados Unidos, de México y del Canadá asciende a unos 410 millones de personas y, sin embargo, Norteamérica no ha estado a la altura de Europa en la creación de las estructuras políticas necesarias para centrar la atención del hemisferio en los problemas de la inmigración, la seguridad transfronteriza, los derechos laborales y la degradación medioambiental y tampoco en la tarea de propiciar una forma más uniforme de abordar la intensa competencia económica procedente de Europa y Asia.
Al contrario, en el período posterior a la guerra del Iraq las relaciones entre los Estados Unidos y sus vecinos -el Canadá y México- están en su nivel más bajo en muchos años. Está claro que el empeño encaminado a intensificar la integración política y económica de Norteamérica será muy arduo.
En un futuro próximo, el Gobierno de los Estados Unidos se centrará en su seguridad interior, el Iraq, la aguda crisis económica interna y el período previo a la elección presidencial de 2004. El Gobierno del Canadá ha estado más dispuesto a abordar las cuestiones norteamericanas con carácter bilateral que en un marco trinacional; además, los canadienses están totalmente centrados en las consecuencias y las secuelas del síndrome respiratorio agudo y grave y la enfermedad de las vacas locas, además de la preparación para la formación de un nuevo gobierno el año que viene.
El Presidente de México, Vicente Fox, gobernará hasta 2006, pero su visión de una Asociación Norteamericana de Libre Comercio (ANLC) que comprendiera elementos de fusión política y social con sus vecinos norteamericanos quedó marginada por los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 y los recientes éxitos de sus rivales políticos en las urnas.
Aun así, la mayoría de los canadienses y los mexicanos consideran que la cooperación en Norteamérica avanzará independientemente de quién ocupe el cargo en Ottawa, Washington o Ciudad de México. El Canadá y México no sólo son los mayores interlocutores comerciales -primero y segundo, respectivamente- de los Estados Unidos, sino que, además, los tres países mantienen infinidad de relaciones -en materia de negocios, turismo y cultura- que no pasan por sus embajadas ni por sus gobiernos. Abundan los buenos sentimientos mutuos. Los ciudadanos de los Estados Unidos obtienen altos porcentajes de aprobación en el Canadá y en México: el 90 y el 70 por ciento, respectivamente.
Al proponer la creación de la Unión Interparlamentaria Norteamericana, prevemos un plan concreto de creación de un gran mercado fomentando una alianza entre las tres economías. En un solo decenio, la UE consiguió que Estados miembros más pobres y periféricos -Grecia, Portugal, España e Irlanda- pasaran del 50 por ciento al 90 por ciento de la renta media por habitante, con lo que se creó un mercado mayor para las empresas de los países septentrionales y más ricos y se contuvo la emigración procedente de la economías meridionales y más pobres. La UE invirtió más de 35.000 millones de dólares al año para garantizar el éxito de su integración en el Mercado Común.
Norteamérica ha pasado por alto en gran medida el significado del adjetivo ``común'' y ha preferido centrarse en el substantivo ``mercado'', con lo que los tres países dejaron de ver el carácter fundamental de la comunidad. No hemos entendido que, para que una Asociación Norteamericana de Libre Comercio (ANLC) logre realizar todas sus posibilidades, se debe crearla con los medios suficientes. Una estructura política regional mantendrá centrada la atención en cuestiones decisivas, pero difíciles, como, por ejemplo, la inmigración.
La concepción de la ANLC se basó en la hipótesis de que el aumento del comercio iría brindando beneficios progresivos a los tres países. Lamentablemente, esa ANLC, impulsada por las empresas, exacerbó las disparidades y asimetrías entre México y sus dos vecinos más ricos. Además, durante el período de existencia de la ANLC la renta y la riqueza se han concentrado aún más en los sectores selectos de las sociedades estadounidense y canadiense.
La inmigración ilustra el costo de la integración sin convergencia. La demanda de mano de obra mexicana barata por parte de los empleadores de los Estados Unidos y el desfase de diez a uno en los salarios entre los dos países impulsan todos los años a 350.000 mexicanos a arriesgar su vida en busca de puestos de trabajo mejor pagados al norte de la frontera. Sin mano de obra mexicana, gran parte del trabajo en los Estados Unidos quedaría, lisa y llanamente, sin hacer. Hay que abordar esa cuestión y no pasarla por alto ni criminalizarla. La Unión Parlamentaria Norteamericana sería el foro ideal en el que abordar ese asunto.
En la actualidad, la adopción de decisiones fundamentales corre en todas partes a cargo de un grupo de minorías selectas que se eligen mutuamente, a menudo en condiciones carentes de transparencia. La Unión Parlamentaria Norteamericana permitiría una participación mayor y más coherente en el examen de las cuestiones ahora pasadas por alto por los tres países. No se pueden dejar las cuestiones interamericanas a merced de los caprichos y la conveniencia de dirigentes individuales. Los ciudadanos de los Estados Unidos, del Canadá y de México se merecen algo mejor.
Copyright: Project Syndicate, agosto de 2003.
Traducido del ingles por Carlos Manzano.
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