Saturday, August 2, 2014
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Culpen a los economistas, no a la economía

CAMBRIDGE – Mientras la economía mundial se tambalea al borde de un precipicio, los críticos de la profesión económica plantean interrogantes sobre su complicidad en la crisis actual. Y con razón: los economistas tienen mucho que responder.

Fueron los economistas los que legitimaron y popularizaron la visión de que las finanzas sin restricciones eran una bendición para la sociedad. Sus opiniones eran prácticamente unánimes a la hora de hablar de los "peligros de una excesiva regulación gubernamental". Su experticia técnica -o lo que parecía experticia técnica en ese momento- les ofreció una posición privilegiada como formadores de opinión, así como también acceso a los corrillos del poder.

Fueron pocos (con excepción de Nouriel Roubini y Robert Shiller, entre otros) los que hicieron sonar campanas de alarma sobre la crisis en ciernes. Peor aún quizá, la profesión no ofreció una guía útil en materia de cómo sacar a la economía mundial de su caos actual. Respecto del estímulo fiscal keynesiano, las opiniones de los economistas varían entre "absolutamente esencial" e "ineficaz y perjudicial".

Sobre la re-regulación de las finanzas, existen muchas buenas ideas, pero escasa convergencia. Desde un consenso casi total sobre las virtudes de un modelo del mundo centrado en las finanzas, la profesión económica pasó a una falta casi absoluta de consenso sobre lo que se debería hacer.

¿Será que la economía necesita una reorganización considerable? ¿Deberíamos quemar los libros de texto que tenemos y reescribirlos desde el vamos?

En realidad, no. Sin recurrir al instrumental del economista, ni siquiera podemos empezar a encontrarle sentido a la crisis actual.

¿Por qué, por ejemplo, la decisión de China de acumular reservas extranjeras hizo que un prestador hipotecario en Ohio asumiera demasiados riesgos? Si su respuesta no apela a elementos del conductismo económico, la teoría de la agencia, la economía de la información y la economía internacional, entre otros, probablemente resulte seriamente incompleta.

La falla no reside en la economía, sino en los economistas. El problema es que los economistas (y quienes los escuchan) se volvieron demasiado confiados en sus modelos preferidos del momento: los mercados son eficientes, la innovación financiera transfiere el riesgo a aquellos mejor capacitados para soportarlo, la autorregulación es lo que mejor funciona y la intervención del gobierno es ineficaz y nociva.

Se olvidaron de que había otros muchos modelos que condujeron a direcciones radicalmente diferentes. La desmesura crea puntos ciegos. Si hay algo que debe enmendarse es la sociología de la profesión. Los libros de texto -al menos los utilizados en los cursos avanzados- están bien.

Los no economistas tienden a pensar en la economía como una disciplina que idolatra a los mercados y a un concepto estrecho de eficiencia (en la asignación). Si el único curso de economía que usted toma es el típico ensayo introductorio, o si usted es un periodista que le pide a un economista una opinión rápida sobre una cuestión de política, eso es, de hecho, lo que encontrará. Pero tome algunos cursos más de economía o pase algún tiempo en seminarios avanzados y obtendrá un paisaje diferente.

Los economistas laborales se concentran no sólo en cómo los sindicatos pueden distorsionar los mercados, sino también en cómo, bajo ciertas circunstancias, pueden mejorar la productividad. Los economistas comerciales estudian las implicancias de la globalización en la desigualdad al interior de los países y entre países. Los teóricos de las finanzas escribieron resmas sobre las consecuencias del fracaso de la hipótesis de los "mercados eficientes". Los macroeconomistas de la economía abierta examinan las inestabilidades de las finanzas internacionales. La capacitación avanzada en economía requiere aprender en detalle sobre los fracasos del mercado, y sobre las miles de maneras en las que los gobiernos pueden ayudar a que los mercados funcionen mejor.

La macroeconomía puede ser el único campo aplicado dentro de la economía en el que cuanto mayor la capacitación, mayor la distancia entre el especialista y el mundo real, debido a que se basa en modelos profundamente irreales que sacrifican la relevancia a manos del rigor técnico. Tristemente, en vistas de las necesidades de hoy, los macroeconomistas hicieron escasos progresos en materia de políticas desde que John Maynard Keynes explicó cómo las economías podían atascarse en el desempleo debido a una demanda agregada deficiente. Algunos, como Brad DeLong y Paul Krugman, dirían que, en realidad, el campo retrocedió.

La economía es, en rigor de verdad, un equipo de instrumentos con múltiples modelos -cada uno, una representación diferente y estilizada de algún aspecto de la realidad-. Las capacidades de alguien como economista dependen de la capacidad para elegir y escoger el modelo correcto para la situación.

La riqueza de la economía no se reflejó en el debate público porque los economistas se tomaron demasiadas licencias. En lugar de presentar menús de opciones y enumerar las ventajas y las desventajas relevantes -justamente de lo que se trata la economía-, los economistas muchas veces transmitieron sus propias preferencias sociales y políticas. En lugar de ser analistas, fueron ideólogos, y favorecieron un conjunto de acuerdos sociales sobre otros.

Es más, los economistas se han mostrado reticentes a compartir sus dudas intelectuales con el público, por miedo a "conceder poderes a los bárbaros". Ningún economista puede estar plenamente seguro de que su modelo preferido es el correcto. Pero cuando él y otros lo defienden dejando afuera cualquier alternativa, terminan comunicando un grado excesivamente exagerado de confianza sobre qué curso de acción es necesario.

Paradójicamente, entonces, el desorden actual dentro de la profesión tal vez sea un mejor reflejo del verdadero valor agregado de la profesión que su engañoso consenso previo. La economía puede, en el mejor de los casos, aclarar las opciones para quienes toman decisiones; no puede elegir por ellos.

Cuando los economistas no se ponen de acuerdo, el mundo queda expuesto a diferencias legítimas de opinión sobre cómo opera la economía. Es justamente cuando coinciden demasiado cuando el público debería tener cuidado.

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