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Shlomo Ben-Ami

La nueva misión de Turquía

Shlomo Ben-Ami

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2009-03-03

TEL AVIV – Desde el establecimiento de Turquía como república, el país osciló entre el legado orientado a Occidente de su fundador, Kemal Ataturk, y su legado otomano oriental. Nunca resuelto, el profundo complejo de identidad de Turquía hoy está sacudiendo sus alianzas estratégicas y reformulando su papel regional y global. De hecho, la percepción cambiante que Turquía tiene de sí misma forjó su interés hasta ahora frustrado de servir como agente de paz entre Israel y sus enemigos árabes, Siria y Hamas.

El celo misionario del primer ministro Recep Tayyip Erdogan de reemplazar a Egipto como el mediador esencial de la región, y sus violentas diatribas contra el comportamiento de Israel en Gaza, a mucha gente le parece un intento por recuperar el papel de Turquía en los tiempos otomanos como el garantizador de la paz y la seguridad regional. Sus credenciales para este rol en Oriente Medio no son de ninguna manera desdeñables.

Turquía es una verdadera superpotencia regional, con uno de los ejércitos más grandes del mundo. Al mismo tiempo, es el único país musulmán que, si bien no está menos preocupado que Israel por las ambiciones nucleares iraníes, puede mantener excelentes relaciones económicas y políticas con Irán, más allá del fastidio norteamericano. Por supuesto, Siria también es aliado de Irán, pero ningún país en la región tiene la influencia sobre Irán que tiene Turquía. Y la llegada diplomática de Turquía en la región también se refleja en la reciente firma de un tratado de amistad con Arabia Saudita, al mismo tiempo que mantiene excelentes relaciones con Pakistán e Irak.

La insistencia de Europa en ignorar los intentos de Turquía de sumarse a la Unión Europea, el incremento del violento sentimiento popular anti-occidental tras la guerra de Irak y las relaciones tensas con Estados Unidos -debido, en parte, a la próxima Ley por el Genocidio Armenio- son factores importantes en el cambio de dirección de Turquía. Los esfuerzos civilizadores que la revolución de Ataturk aplicó hacia adentro y a favor de separarse del mundo árabe y musulmán hoy se están revisando. La Turquía del dominante Partido Justicia y Desarrollo de Erdogan (AKP, por su sigla en inglés) parece estar buscando una nueva misión civilizadora, con Oriente Medio y las ex repúblicas soviéticas como sus horizontes alternativos.

El difícil desafío para Turquía es asegurar su nuevo papel regional sin traicionar el legado democrático de Ataturk. La democracia y los valores seculares de Turquía han mejorado enormemente gracias al diálogo del país con Europa y sus vínculos norteamericanos. Turquía puede ser un modelo para los países de Oriente Medio si, al mismo tiempo que promueve sus intereses estratégicos y económicos regionales, resiste a la tentación autoritaria y sigue mostrando que Islam y democracia son perfectamente compatibles.

Para Israel, el mensaje que pregona hace tiempo es que su futuro en Oriente Medio no reside en alianzas estratégicas con las potencias no-árabes de la región, sino en reconciliarse con el mundo árabe. En los años 1960, el pesimismo fatalista de David Ben-Gurion sobre la posibilidad de llegar alguna vez a un acuerdo de paz con los países árabes lo llevaron a forjar una "Alianza de la Periferia" con los países no árabes en el círculo exterior de Oriente Medio -Irán, Etiopía y Turquía (también soñaba con que la comunidad maronita del Líbano formara parte de esa alianza).

Ninguno de estos países tenía alguna disputa particular con Israel y todos, en mayor o menor medida, tenían relaciones tensas con sus vecinos árabes. El mito del poder militar de Israel, sus recursos en cuestiones económicas y agrícolas y una percepción exagerada de su capacidad única para hacer lobby e influir en la política norteamericana hicieron que, en conjunto, la conexión israelí resultara especialmente atractiva para estos países.

La "Alianza de la Periferia" fue un intento creativo por escapar a las consecuencias del conflicto árabe-israelí. Reflejaba el anhelo del estado israelí de liberar sus energías creativas en cuestiones económicas y sociales, mientras le daba cabida a una política exterior independiente e imaginativa que no estuviera vinculada a las limitaciones paralizadoras del conflicto árabe-israelí, ni condicionada por ellas.

Pero la seguridad que este proyecto supuestamente iba a producir, en realidad, nunca se logró; la centralidad del conflicto árabe-israelí no se pudo atenuar. La capacidad de los árabes de seguir ejerciendo presión sobre Israel y de mantener a la opinión pública mundial concentrada en la situación de los palestinos hizo que el intento por parte de Israel de evitar las consecuencias del conflicto, ya fuera a través de guerras periódicas o forjando alianzas regionales alternativas, resultara un ejercicio inútil.

La revolución islámica en Irán, los cambios en Etiopía después del fin del régimen de Haile Selassie, el colapso del Líbano maronita y la toma del poder por parte de Hezbollah en ese país dejaron a Turquía como el último miembro restante de la Alianza de la Periferia de Israel. El poderoso establishment militar de Turquía tal vez quiera mantener relaciones estrechas con Israel, pero el cambio ampliamente popular en las prioridades de política exterior de Turquía, y los serios dilemas de identidad que enfrenta la nación, envían un mensaje inequívoco de que la alianza ya no puede servir como una alternativa para la paz con el mundo árabe. De ahora en adelante, sólo puede ser complementaria de esa paz.

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AUTHOR INFO

Shlomo Ben-Ami, a former Israeli foreign minister who now serves as the vice-president of the Toledo International Centre for Peace, is the author of Scars of War, Wounds of Peace: The Israeli-Arab Tragedy.